lunes, 13 de octubre de 2008

YO NO SOY GAY

“Los Obispos no deben meterse en política”. Esta frase la he oído pronunciar a la derecha, a la izquierda y al centro, metidos ya en democracia. Era muy frecuente en tiempos de Franco, pero siempre cuando los Obispos decían algo que no le convenía oír al todogeneral. Porque durante cuarenta años apoyaron con la palabra y con los gestos su política y nunca les reprochó que lo hicieran. Pero bastaba una voz discordante (recuérdese, por ejemplo, Añoveros o Pablo VI) para que surgiese el anatema contra la injerencia en temas que no les pertenecía. Y yo me pregunto por qué en democracia se les niega el derecho a la opinión a unos ciudadanos a los que la Constitución no margina del quehacer común que es la política.

Otra historia es que los motivos de esa opinión sean tan reprobables como los del abogado o el ferretero de la esquina. Porque a mí me hubiera gustado ver a los Obispos convocando una manifestación contra la guerra de Irak, contra el hambre para exigir el 0,7% y paliar las miserias del tercer mundo. Me hubiera gustado verlos luchar contra el maltrato a las mujeres (me refiero al mal trato de los compañeros sentimentales, no al maltrato que da la propia jerarquía a la mujer), contra la opresión del trabajador, contra el desprecio al que someten a los pobres los banqueros que financian catedrales o las instituciones que ejercen la usura mientras depositan flores en las fiestas patronales. Ahí los quisiera yo ver. Pero se limitan a una condena moral en nombre de un Dios lejano y ajeno al dolor de la historia.

Y ahora resulta que convocan una manifestación contra la felicidad. El elemento diferenciador de lo humano es el amor. Cuando el amor prima sobre cualquier otra circunstancia se humaniza la situación. Y el amor tiende a la unión prolongada en el tiempo, tal vez hasta la eternidad. Y a esa plenitud, la ejerza quien la ejerza, se le llama convencionalmente matrimonio. Yo me enamoré de mi mujer haciéndole una entrevista periodística. Y la vecina de enfrente se enamoró de otra chica cuando entre las dos sacaron a un niño pequeño de un coche accidentado en la nacional VI. ¿Que la calidad de mi amor es superior a la de mis amigas? No soy tan soberbio para creérmelo.

A los homosexuales se les abría materialmente la cabeza a principios del siglo XX para poder cambiarles la desviación que sufrían. Cientos de miles fueron gaseados por los nazis en una guerra que de tan cercana nos pisa los talones. Y ahora que un gobierno les da un derecho que siempre debieron tener, van los Obispos y se oponen a la felicidad. ¿En nombre de quién? ¿De Dios? ¿O de una visión estrávica, emponzoñada, oscura? Para defender a la familia, dicen. Pues bien, yo les aseguro que no me he visto afectado negativamente nunca por el amor de nadie hacia nadie. Nos mutila el odio, el abandono, la falta de compromiso. A la historia la sustenta el amor. A la gran historia y a la pequeña aventura de las rosas.

Y apoyándose en el báculo va el Partido Popular. Luchando contra los propios militantes homosexuales del PP. Con tal de enfrentarse al gobierno tienen que unirse con quien sea y contra quien sea. Cuánto cinismo y cuánta hipocresía. También Aznar dijo que los Obispos no debían meterse en política. Pero eran otos tiempos.

España es un país machista. Pero sobre todo es un país macho. Lo saben los que sostienen la pancarta de esa manifestación. Y lo defienden. Que ustedes lo pasen bien. Ese día pienso reunirme con las estrellas para bebernos una copa de luz. Charlaremos del viento enamorado y de la luna casada para siempre. Seré feliz, aunque yo, se lo aseguro, no soy gay.





No hay comentarios: