sábado, 13 de agosto de 2011

EL PERDON TAMBIEN CADUCA

La libertad –decía Marcel- no es la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. La libertad –decía- es la elección exclusiva del bien. Es verdad que el ser humano puede optar por el mal. Pero sólo porque su libertad es limitada. Esta pobreza que nos atraviesa la sangre nos permite la hemoptisis mortal del desamor. Porque en el fondo el pecado es sólo y exclusivamente desamor. Las oscuras actuaciones humanas responden a enfrentamientos más o menos graves con normas legales humanas o dictadas por una supuesta divinidad. Yo no creo que Dios se tome tan poco en serio a sí mismo como para sentirse molesto por los malos pensamientos, deseos o acciones, referidos casi exclusivamente al sexo, como si los genitales fueran los sótanos de una tormenta y no fuente de ternura y escalofrío de entrega.

Lo de la Iglesia es otra cosa. La Jerarquía lleva el sexo entre los parietales. Es comprensible el robo (de ahí su amistad con los poderosos), es comprensible el tiro en la nuca (de ahí su compresión con los dictadores). Y podríamos seguir enumerando. Pero lo del sexo les provoca huracanes neuronales. Uno va sembrando pecados y Dios va lloviendo perdones. Pero nadie se acusa de no estar enamorado. Nadie se recrimina vulnerar las leyes de la naturaleza, de ese mundo que crece con nuestra vida, como domicilio donde se alberga la historia, como prójimo que culminará nuestra evolución. Nadie se siente pecador por su indiferencia frente al hambre, al paro, al desahucio, frente a la sed de los que no tienen agua, cultura, medicamentos, empuje vital para darle calor y vida a un hijo de seis años. Y se mueren a chorros, Africa es el sur de la muerte. Nos molesta su hambre suplicando pan por nuestras esquinas. Su olor por nuestras calles. Su miseria en los autobuses. Su acento dulce de poncho cálido. Son pobres. E inmigrantes además.

Nadie se acusa no de estar enamorado del hermano que viene, del que ha perdido el trabajo, del que ha perdido su techo, del que ha perdido su historia entre olas de espuma blanca, del que ha perdido a sus padres lejanos en lejanos países de Africa o América latina. Negros y sudacas son. Nos sentimos con derecho a despreciarlos. A robar vienen. A matar. A crear conflictos. Nos lo dice Albiol, Anglada, Intereconomía. Alicia Sánchez Camacho certifica que aquí no cabemos todos. Y del brazo de Xavier toman café con el Regitrador Rajoy.

Los Obispos callan. Hablan de perdón y le han puesto fecha: del 17 al 22 todos los sacerdotes podrán perdonar a quien hayan caído en ciertos pecados cuyo perdón está limitado a algunos clérigos de la curia episcopal. Porque la mujer no es dueña de su cuerpo. Porque la mujer –todos lo sabemos- no tiene derechos. A fregar los altares en todo caso. Porque la mujer es la que arrastra al pecado (sexual por supuesto) al varón. Porque tiene las manos sucias y no debe tocar las blancas espigas del altar.

Dios no irá por Castellana, Puerta del Sol, Plaza Mayor. Dios irá a contramano, buscando rumanos, sudacas y negros. Empeñado en la justicia que reparta pan caliente entre las bocas hambrientas, un trozo de esperanza para labios sin besos y agrietados, un poco de alegría para las manos juntas que construyen el viento como un juguete cósmico.

¿Alguien perdonará la indiferencia, el desprecio, el orgullo, el complejo de superioridad, el lujo obsceno, la riqueza injuriante?

El 22 caduca la fecha del perdón. Dios no va de blanco, escoltado en papamóvil. Sólo está preocupado por la vida del hermano.







jueves, 11 de agosto de 2011

SEÑORITO BOTAS ALTAS

Brillo de botas camperas. De Valverde del Camino. Limpiabotas calle Sierpes. Limpiabotas a los pies del señorito. No llega a un euro el trabajo. Un “ducados” de propina. Hacen falta muchas botas para juntar un cocido, una pringá con pan blanco y un plátano a repartir.

De Valverde del Camino. Botas con brillo en Sevilla. Hacia la Junta de Andalucía. Años de peregrino inútil. Tropezando en el propio barrizal. San Telmo inalcanzable. Y ladrando el despecho del orgullo. Arenas siempre de vuelta. A intentarlo de vuelta. Años así. Con un amor imposible.

Preguntaba yo hace poco si todo vale en política. A propósito de Mayor Oreja preguntaba. Zapatero tiene una sociedad montada con ETA para que el terrorismo lo mantenga en el poder. Los fines de ETA y del Presidente son coincidentes. Oreja, miserable. Y Mariano callado. Oreja siempre acierta en su visión de la política. Lo dice Esperanza Aguirre. Y Mariano, callado. Siempre callado. Por miedo. Por chantajeado. Siempre de espaldas a la palabra. ETA es una necesidad. ETA facilita puñales oxidados, mugrientos, para clavar en el costado del enemigo-no-adversario. Puñales infectados para una muerte rápida, sin antídoto posible. Zapatero creyó en la palabra, en su dinamismo, en su capacidad de conversión. Ingenuo, tal vez sólo ingenuo. Aznar también tuvo fe. Pero ahora se avergüenza de su propia nobleza. Le falta costumbre. Arrimó presos al calor de unos padres inocentes. Felipe se comprometió con la conversión de las pistolas. Pero las pistolas siempre añoran el calor de balas asesinas. Y Suárez, olvidado de sí mismo, de la historia. Amó la palabra. Pero le falló el eco desnucado contra los montes suicidas del odio.

Rubalcaba engrilletó a los pistoleros, a muchos pistoleros. Se fue diluyendo el miedo. Arrinconado el miedo. Esposado el miedo. Arrodillado el miedo. ETA contra la pared. La puso Rubalcaba. Fuerzas de seguridad muertas porque las balas siempre aciertan. Pero va ganando terreno la tranquilidad, el sosiego, la alegría. Esposas más confiadas, hijos más recubiertos de niñez antibalas.

Y en esto, Arenas. Brillo de botas camperas. De Valverde del Camino. Limpiabotas calle Sierpes. Borracho de despecho. Vomitando en las esquinas. El vómito no es política. Es repugnancia, desordenadas entrañas, disentería de mala digestión. Manchando el entusiasmo de una democracia abierta, ancha, con olor a pan caliente.

Para el presidente del PP en Andalucía, ETA tiene en estos momentos “lo que nunca soñó que podía tener” en relación a la representación de Bildu en las instituciones. El Partido socialista “nunca ha estado al cien por cien por la derrota del terrorismo, ni al cien por cien con el espíritu del pacto de lucha por la libertad y contra el terrorismo”. Arenas con marismas encharcando botal altas. Sin brillo posible. Porque la sombra oscurece. Porque pudren los juncos. Porque mancha el agua y las grietas agrietan las camperas. Cuajado Arenas, Javier, sin encontrar el camino al Palacio de San Telmo. Presidente de la Andalucía grande, trasformada, culta de Lorca, Alexandre. Andalucía cristiana y mora. Giralda y Guadalquivir. Limpia, pura como una virgen morena. Andalucía no quiere señoritos botas altas.

Rubalcaba no ha estado nunca cien por cien contra el terrorismo. Lo ha escupido Arenas contra la arena. Maestranza de colores. Torre del Oro testigo. Andalucía descalza, peregrina de sí misma. Elegante como un ramo de estrellas. Descalza. Sin botas altas. Sin camperas de Valverde. Descalza para no pisar la historia limpia, elegante y limpia de claveles señoritos.











martes, 9 de agosto de 2011

NORMALIDAD

Me preocupa esto de la normalidad. El 15-M es expulsado de la Puerta del Sol, y todo vuelve a la normalidad. Como si no fuera normal protestar en democracia. Los funcionarios protestan, los empleados del metro protestan, los enfermos con sanidad recortada protestan. Las manifestaciones de todos los “protestantes” son disueltas por la policía y todo vuelve a la normalidad.

Hemos hecho de la normalidad la paz de los cementerios que Franco nos permitía. El silencio, la quietud ciudadana, la instauración del mal llamado “orden público” son las coordenadas que encierran a una sociedad en una proclamación de que todo está bien, de la satisfacción en la que todos nos instalamos en un mundo de algodones blancos.

Cuando los pensionistas gritan que con cuatrocientos euros no llegan al fin de la vida, cuando los parados engrilletados por la angustia exigen un puesto de trabajo, cuando el transporte sube un cincuenta por ciento, cuando el consejero de sanidad cierra ambulatorios para que un infartado tenga más oportunidad de ahorrarse la angustia de vivir, se instala la anormalidad, se llama a los antidisturbios, se arrastra y golpea la dignidad humana, se impone el silencio y se restituye la normalidad.

Cuando Franco, la policía disparaba al aire. Siempre disparaba al aire y siempre moría un obrero. Lo certificaba la prensa y la pantalla en blanco y negro. Ahora el plasma sirve imágenes más plásticas. Duelen en el sillón del salón las patadas en la cabeza, la sangre de una muchacha con palomas bajo la blusa, las manos crucificadas por botas negras de uniformes azules capaces de besar unos labios cuando llega la noche. Eran repugnantes los grises. Era triste, muy triste, el entierro silenciado del obrero muerto. Es repugnante capacitar para pisotear, para apretar los cuellos hasta casi ahogar, para disfrutar rompiendo costillas, para golpear hasta que alguien se queda inmóvil sobre los adoquines. Amparado todo por una legislación concebida para devolver la normalidad las calles de una ciudad cualquiera.

¿Qué es la normalidad? Ningún ministro del interior de ningún gobierno sabría dar una definición de normalidad dentro de una democracia viva. Es fácil en una dictadura. No hay vida más allá de los límites de un dictador cualquiera. La sangre, la muerte, el silencio son coordenadas impuesta por las estrellas de muchas puntas. Uno soñó con una democracia limpia, ancha, sin montes que la circundaran, con la palabra creciendo como cosecha fecunda. Un desahucio es un regalo a la banca a costa de un matrimonio con en bebé de seis meses. Es el castigo a un trabajador a quien ya se le ha castigado con el paro y un INEM infecundo y estéril. Antidisturbios por si acaso se rebela la pena. Alguien pide más democracia. Antidisturbios por si a alguien se le ocurre exigir más libertad. Alguien pide trabajo. Antidisturbios por si se le ocurre apelar a la justicia. Alguien pide la palabra. Antidisturbios por si alguien pide dignidad.

Me preocupa esto de la normalidad, los métodos para implantarla, la dimensión lineal tan parecida a las dictaduras. Soñábamos en aquel tiempo. Hicimos una democracia azul, bella como un jarrón de ideales, hermosa como un ramo de vivencias. Se nos está agostando, sin olor a dignidad, sin aroma libertario, sin el brillo de las rosas mañaneras, sin el riesgo de una locura en cada esquina. Se nos ha puesto vieja, cansada con treinta y tantos años, acostumbrada, añeja de rutina. Nos están devolviendo a la normalidad, al silencio amortajado y boca arriba, a la paz de las manos cruzadas sobre el pecho.

Lo decía Miguel, dolor limpio de cárcel sucia y tuberculosa: “tanto penar para morirse uno”

lunes, 8 de agosto de 2011

DIOS, ENTUSIASTA DEL HOMBRE.

La Iglesia es un estado teocrático y absolutista, reliquia casi única en compañía de algunas dictaduras infames. La tendencia histórica ha sido el tránsito de las monarquías a las democracias. Pero la Jerarquía eclesiástica ha permanecido inmutable en sus esquemas. Su enseñanza parte de la base de que Dios lo ha decidido así y el hombre no debe rebelarse contra su voluntad.

Hay sin embargo una asimetría entre el evangelio y la realidad. Pedro está situado en la base y sobre esa piedra se edifica la Iglesia. Con el paso del tiempo, la estructura se ha invertido. El Papa es la cumbre y sometida a él figura entera la Iglesia. Pedro era la raíz que vivificaba a los hermanos y los confirmaba en la fe. El Papa es el jefe supremo que manda en los súbditos. Importante y vital cambio de concepción, con las consecuencias de convertir el cristianismo en cristiandad, con la pérdida de valores que conlleva y el intercambio de una vocación de servicio por la prepotencia que ostenta en la actualidad. El presente no se corresponde con las raíces y por tanto cabe preguntarse: ¿Es la Iglesia de hoy la que quiso Jesús?

Como estado teocrático, la Iglesia se ha dotado de un cuerpo legislativo que encorseta toda iniciativa que no tenga su origen en la autoridad competente. Y ese cuerpo legislativo –dice la jerarquía- está inspirado en la voluntad de Dios. La inferioridad de la mujer con referencia al varón, negándosele el acceso al sacerdocio por ejemplo, implica una discriminación insostenible con la visión gozosa que tiene Dios de la creación y con la universalidad transformadora del evangelio.

La Iglesia proclama que todo en su seno es gracia, donación por tanto, gratuidad por tanto, benevolencia por tanto. ¿Pero puede ser algo graciosamente dado y normativizado por ley de forma simultánea? ¿Si el celibato sacerdotal es un don, por qué al mismo tiempo debe imponerse por ley? ¿Si una comunidad cristiana es Iglesia, cómo su Obispo, el primus inter pares (primero entre iguales), es nombrado por la autoridad suprema y no es elegido entre los hermanos? ¿Por qué la virginidad es elogiada como una categoría superior al sexo si el dinamismo de la especie está ligado a la procreación y no a la abstención? El sexo, concebido como una concesión a la miseria humana, remite al hombre a una categoría innombrable. El sexo no es una actividad animal, sino que hombres y animales ejercen el sexo como vínculo de unidad con el mundo en su globalidad.

Cuando todo está legislado por una autoridad suprema e indiscutible, convertimos al hombre en un dato, simplemente un dato cerrado sobre sí mismo, hueco de grandeza, vacío de misterio. Lo decapitamos como intérprete de la creación, como hacedor de la historia, como matemática inmutable.

Esta actitud hermética de la Iglesia es la causa de la lejanía que la humanidad secularizada debe guardar con respecto a ella. El hombre es apertura, iniciativa, creación. Y debe alejarse de dictaduras existenciales que le cierran el camino hacia la plenitud de sí mismo. Dios no puede ser opción e imposición al mismo tiempo. No puede constituirse en el voto único, negando la decisión brotada de la creación humana. Mientras la Iglesia no comprenda y acepte su propia pobreza ontológica, se moverá en la soberbia y el orgullo de una acaparadora egoísta que suprime dictatorialmente la evolución de futuro al que la humanidad tiene derecho como consumación de sí misma.

Si la Iglesia se empeña en mostrarnos un Dios dictador, habrá que derrocarlo para alcanzar la horizontalidad de una fraternidad generadora de amor.

sábado, 6 de agosto de 2011

UN CARDENAL EN CRISIS

Antonio Cañizares es un príncipe de la Iglesia. La verticalidad jerárquica le coloca en un escalón inmediatamente inferior al Papa. Participa con él en la enseñanza de la verdad puesto que la posee en exclusividad, dominándola, administrándola, dispensándola a los fieles como poseedores de una vetusta cartilla de racionamiento. Nos viene entregada, generosamente donada desde las alturas de una talla principesca. De su voluntad orgullosa dependemos y de su generosidad nos nutrimos.

Un simple recorrido histórico demuestra el esfuerzo del hombre por alcanzar la verdad. La verdad de los cuerpos para hacerlos testigos del vigor saludable del amor. La verdad del acontecer humano que nos revela la evolución hacia la bondad última. La verdad filosófica que nos convierte en verdad a nosotros mismos ahondando en el misterio que somos.

La Iglesia se ha apropiado de toda la verdad y la ha implantado como principio y fin de la humanidad, de su historia, con una visión escatológica que sobrepasa la inmediatez de la vida. Y desde esa apropiación descaradamente usurpada, supera el esfuerzo humano que implica comprometerse con el mundo para dar contenido a la propia existencia.

Si los designios y verdades de la Iglesia coincidieran realmente con los designios y verdades de Dios, la bondad ontológica de Dios quedaría reducida a la miopía de una Jerarquía que no sobrepasa los intereses más rastreros, las acciones más reprobables y las aventuras más denigrantes. ¿Coincidirá con los designios de Dios asignar al dolor un contenido satisfactorio para la divinidad? ¿El ajusticiamiento de supuestos herejes responderá a la justicia divina? ¿La condena de los teólogos que viven empeñados en combatir la injusticia codo a codo con los oprimidos puede corresponderse con un desprecio de Dios hacia los más oprimidos? ¿La desigualdad obstinada entre hombre y mujer es decisión divina? ¿La deslegitimación de su dignidad hasta el punto de poner en duda que la mujer posea un alma es también visión nublada de Dios?

El mundo actual vive una crisis económica originada en los manoseados mercados. Esa crisis no es más que el producto de la especulación egoísta y canalla de unos pocos sobre la mayoría. A costa de que los pobres sean más pobres los ricos son más ricos. Cada seis minutos muere un niño en el cuerno de Africa. Hay pan para todos. Pero mientras unos no tienen ni migajas, otros hacen ostentación de un lujo obsceno. La justicia distributiva la han enterrado los poderosos. Se malgasta el dinero en guerras para matar a hermanos mientras se mata de hambre a otros para potenciar guerras fratricidas.

Antonio Cañizares tiene la cobardía de atribuir las monstruosidades con las que convivimos a un alejamiento de Dios. Elude denunciar la opresión, la injusticia, el egoísmo, la explotación. Hay políticos actuales, sin profesión alguna religiosa, que tienen claro que la raíz de estos males está en el interior ególatra de unos pocos. Pero el cardenal prefiere hacer hincapié en el alejamiento de la divinidad.

Antonio Cañizares es un cardenal en crisis. Está desorientado. ¿Todavía no se ha dado cuenta de que las rosas germinan cuando nadie las pisa?




miércoles, 3 de agosto de 2011

EL PAPA VA POR MADRID

La existencia está siempre al borde del sinsentido. Continuamente asomada a ese abismo, necesita justificaciones que la mantengan en pie. Estamos a gusto con nosotros mismos porque nos hemos inyectado un aplauso vital que nos conserva erguidos. Cuando esa erección decae, se hace apetecible la muerte y el vacío infinito.

En esta dualidad nos debatimos porque en ella, como médula, vivimos. Y nunca de verdad sabemos por cuál optamos, porque el ser y el no ser son fuerzas que desgajan la decisión de cada momento.

Así lo vivimos en lo personal y en lo colectivo. También una comunidad necesita de motivaciones que la mantengan. De lo contrario puede despeñarse, abandono abajo, hacia la propia nada.

La Iglesia ha hecho de su conciencia de permanencia hasta el final de los tiempos el eje horizontal e indiscutible de su ser. Nadie le puede señalar un término porque va contra su propia definición. Y esa conciencia, basada nada menos que en la indestructible palabra de su fundador, la convierte en presencia permanente de Dios en el mundo.

Pero la realidad es otra. Existir en el tiempo significa estar sometido a la fricción de las horas, de los días, de los años. El tiempo desgasta la hermosura de existir. Se va haciendo vejez la vida, deflación, incertidumbre en la apoyatura del vivir. Se echa el paso adelante con la inseguridad de encontrar tierra sólida y la duda de crear huella para el pie siguiente. Un día no encontraremos sustento sólido y nos despeñaremos, nada abajo, hasta otra nada de algodón seca y sombría.

Fátima, Lourdes, semana santa, Guadalupe, Luján, Vaticano. Solemne gregoriano, polifonías triunfantes, vigilias de luz y resurrección. Todo multitud. Y en esas multitudes una Iglesia que encuentra su razón. El número de reunidos da sentido a la vigencia de una lejanía inmensa que se cree cercana en momentos muy concretos. Aglomeraciones sin mensaje o con uno ajeno a la humanidad que trabaja, amasa pan en un andamio, muere de hambre en Somalia o se desangra en guerras. Mensaje que remite a otro mundo despreciando este tablado de vivencia humana y humanizante. La Iglesia vive de multitudes y con ellas se conforma. La sostiene la matemática numérica pura, aséptica, de laboratorio. Y ahí, en esa probeta, experimenta su grandeza, su dimensión de burbuja, su perdurabilidad como mensajera de un ayer sin mañana.

Acaparadora de la verdad única, en contradicción flagrante con la verdad conquistada entre angustias y alegrías por esa aventura que significa ser hombre, la Iglesia se coloca por encima del bien y del mal y por tanto ajena a la lucha diaria, al camino que se hace al andar, a las sombras despejadas a fuerza de músculo para encontrar un poco de luz que llevarse a los ojos. Dios no es el poseído, sino el buscado. Dios no es una consecución del hombre como pensaban los griegos, sino el que se encuentra con la humanidad en una encarnación gozosa y exultante. La Iglesia no es una luchadora, sino una falsa dispensadora de la riqueza que posee y que regala desde su postura dominante a quien implora la salud del hijo, la salida del INEM, la coincidencia con el gordo de Navidad a cambio de andar descalzo detrás de un nazareno, con cadenas tras la Macarena. Chantaje, sólo chantaje. Comercio cómplice de una Iglesia que se da por satisfecha con esa fe descafeinada ajena a un evangelio recio, comprometido y exigente.

Viene el Papa. Aplausos, autoridades de cuatro millones de parados, hambre mortal por el cuerno de Africa, familias desahuciadas mientras los presidentes bancarios besan un anillo de oro, viejos con trescientos euros para llegar a fin de vida. Multitudes y fe. Cincuenta millones de euros y fe. Banderas ,ilitares rindiendo honores y fe.

Estoy junto a una acera viendo pasar el tiempo. Sólo le pido a la vida un ramo de rosas laicas.

lunes, 1 de agosto de 2011

DEMOCRACIA Y LIBERTAD

Los gobiernos viven obsesionados con el orden. Las constituciones de los diversos países garantizan en teoría todo tipo de manifestaciones que explicitan la supuesta libertad en la que vivimos como corresponde a las democracias en que se desarrollan las naciones no sometidas a la tiranía de una dictadura.

El 11-S significó una inflexión que aún no hemos logrado superar. Para garantizar la seguridad, los gobiernos tomaron medidas que todavía hoy se aplican y que han servido a los gobiernos para rebajar la libertad de los ciudadanos del mundo. La policía de muchos países tiene el derecho de profanar la intimidad de cada uno de nosotros con la excusa de garantizar la seguridad. Esta libertad puesta al desnudo con una impudicia obscena implica una mengua de democratización. Casi sin darnos cuenta, los gobiernos han secuestrado nuestra democracia entre los barrotes de la seguridad. La ciudadanía debería exigir, porque tiene derecho a ello, una democracia, una libertad y una seguridad no sólo compatibles entre sí, sino plenas en cada una de sus facetas. La libertad y la democracia siempre entrañan un riesgo, pero corresponde a los gobiernos la garantía de la seguridad sin menoscabo de una y otra.

En la inseguridad y el terrorismo, los gobiernos han encontrado la coartada perfecta para dominar al ciudadano y recortar derechos democráticos. Incluso han conseguido la anuencia de muchos que prefieren esa seguridad y que han renunciado a la compatibilidad de esa trinidad indisoluble. La tendencia a la implantación de medidas dictatoriales, incluso disimuladas, es una tentación de todos los gobiernos. Les llaman orden. Pero son en realidad imposiciones que dan a los gobernantes la potestad de legislar a su antojo.

Noruega se ha inundado de sangre. Las praderas de Utoya estarán para siempre regadas con las vidas de una chavalería que estrenaba besos, caricias, primaverales amores y utopías como verdades prematuras. Allí florecerán para siempre los muertos de Noruega, los muertos de todos. El primer ministro Solttenberg, no ha aprovechado la ocasión para evidenciar la necesidad de un mayor control ciudadano como se ha venido haciendo en los países que han sufrido atentados terroristas. Consciente de que un gobierno digno de ese nombre debe hacer compatible democracia, libertad y seguridad, ha proclamado que contra estos fanáticos cristianos y ultraderechistas hay que implantar más democracia y más libertad. Ejemplar actitud de un gobernante que cree profundamente en el ser humano como individuo y en su pueblo como comunidad.

La democracia no la otorgan los gobiernos. Es una decisión personal vinculada a la propia responsabilidad como opción hacedora de la historia común. Nadie me regala la democracia. Yo la ejerzo desde la madurez personal, desde el compromiso fraternal que acepta al otro como coadjutor de una empresa emprendida en comunidad. No espero decisiones verticales, sino que ejerzo la horizontalidad que me vincula a los otros en la amistad de la vida. Hace los correcto Solttenberg reclamando, no otorgando, más democracia frente a las balas explosivas de la muerte. Los grandes popes de la política deberían mirarse en la pequeña Noruega y en su primer ministro. Más democracia como cicatrizante de tanta herida por la que vomita una ultraderecha a la que no debemos obviar porque es capaz de buscar tapias blancas contra las que apoyar fusilados al amanecer.

La libertad. Estamos orgullosos de las cotas de libertad que hemos alcanzado. Es una conquista reciente y no nos resulta fácil imaginarnos la vida sin esa libertad. Pero también se encargan los gobiernos de limitarla, incluso de acortarla, con sus criterios de orden y seguridad. Se aplican medios técnicos en aeropuertos, en grandes almacenes, hoteles, lugares de pública concurrencia para grabar todo lo que sucede en sus alrededores. Las calles están sembradas de videocámaras que detectan el robo a un viandante o el beso enamorado. Vivimos atravesados por espías que hurgan en nuestra intimidad y que desguazan nuestro vivir. Nos han arrancado una libertad que costó mucha sangre conseguir. Pero nos han concienciado que la aplicación de estos medios técnicos nos dispensan una vida más tranquila, que están implantados por voluntad expresa de la ciudadanía y que aportan paz a nuestro entorno. Y hasta estamos alegres de que así sea.

Solttenberg está decidido a luchar contra el absurdo terrorismo que ha sembrado la muerte en su país. Y para eso propone más democracia y más libertad. El primer ministro noruego cree profundamente en el ser humano y esa fe le conduce a desafiar la maldad con la bondad que germina en cada hombre y que l coloca por encima del mal a la humanidad como conjunto empeñado en la construcción de un mundo mejor.

¿Aprenderá el mundo la lección que nos brinda el dolor de unos jóvenes muertos mientras se enamoraban de la vida?