sábado, 2 de enero de 2016

MIEDO A LA ALEGRIA


El 20 de diciembre parecía la fecha de la alegría. Las elecciones la convirtieron en un esperado nacimiento, en el belén de un gozo democrático. Se había hablado en exceso de la muerte del bipartidismo, y muchos disfrutamos con la resurrección de una pluralidad evidentemente necesaria y hasta urgente. No era bueno vivir la democracia en pareja. Demasiada corrupción llovida, demasiado despotismo diluviado, demasiado nepotismo impuesto, demasiado mando en esa disyuntiva bipartidista.

La democracia resultaba excesivamente sobada. De mano en mano, pero siempre perteneciente al brazo alternativo del tú al yo con el lastre del viceversa. Allá por el setenta y cinco creció sobre la tumba del tirano. La libertad taconeaba sobre el granito de Cuelgamuros y entre las grietas del monte nació con la fuerza de mucho sufrimiento. De repente todos fuimos demócratas de toda la vida. Y echamos a andar en busca de una Constitución que erradicara la fuerza de las botas y el charol de los tricornios. Nos desnudamos del disfraz de súbditos y nos vestimos de la responsabilidad de la ciudadanía.

El 20 de diciembre último le salían brotes a la alegría. No eran dos. Había muchos más deseando echarse la patria a la espalda, hacerse cargo de las miserias sembradas durante cuatro años y empezar de nuevo a rehacer la vida con derechos inalienables y que nunca debieron ser cercenados. La mayoría absoluta del último gobierno encerraba dentro un sistema autárquico. Arrasó a la oposición, se llevó por delante los derechos de los trabajadores, de los dependientes, de los docentes y discentes, hizo miseria de la pobreza, mercancía de la enfermedad, puso puentes y cielo raso para los desahuciados, convirtió el trabajo en esclavitud, encubrió la corrupción con plasmas, despreció a los manifestantes amordazando sus gritos y…no vale la pena seguir enumerando.

Lo sabían las urnas porque las urnas no pierden la memoria. Y la disyuntiva del tú o yo se abrió en un arco iris de posibilidades. Partidos nuevos, mareas, agrupaciones ciudadanas. Todos con la alegría en la mano. Y nosotros, los votantes, con el gozo de colores nuevos, brillantes, sin fauces aparentes en busca de cargos, de puestos, de honores. Como asumiendo nuevas luces. La democracia en mangas de camisa, sin libreas de Calvin klein, sin zapatos Calvin Klein, sin colonias Calvin Klein. Jerseys  Alcampo, zapatillas Alcampo, camisas Alcampo. Algún traje a medida y vaqueros marcando ritmos hermosos de tacones. Todo se hizo alegría.

Y de repente surgió el miedo a esa alegría tan necesaria, tan rejuvenecedora, que olía a campo salvaje, a amanecer de primavera. Miedo. Cuidado con el pelo largo, con la gente sin corbata, con las chicas que enseñan sus pechos laicos pidiendo laicidad. Todo se ha vuelto un peligro. Los inversores tienen miedo de quien reclama sus derechos, de las mujeres que exigen ser dueñas de sus cuerpos, de los trabajadores que piden ganar lo suficiente para la caña y el pincho domingueros, de los viejos que desean ser jubilados, de los enfermos que piden un poco de medicación de la que dependen vivir o morir en cuatro meses. Miedo sobrevenido y miedo sembrado. Yo o el caos, dice el PP. Yo o el caos, dice el PSOE. Y ambos acusando: no saben, no han ocupado cargos, si no firman pactos antiterroristas es que lo son. Incluso algunos tertulianos-talibanes afirman que hay quien no anda lejos de los jihadistas. Miedo contra alegría. Infierno contra una pluralidad fecunda. Miedo a quien sólo quieren destruir, a los que llevan en la cintura un bloque explosivo contra una democracia que pregunta, que no teme a las respuestas, que se empeña en que las grande decisiones las tome el pueblo porque el pueblo es el depositario de la democracia. Que es verdad que elegimos a nuestros representantes, pero no para que usurpen nuestra responsabilidad, sino para que la proclamen.

Y han conseguido que tengamos miedo. Miedo a pactos de los radicales porque todo el que no es un conformista resulta ser un radical. Porque todo el que no es centrista es de una izquierda peligrosa, sin tener en cuenta que hay una excesiva ocupación del centro, que está copado por una derecha-derecha y por una izquierda-derecha, porque el centro no sabe a nada. El centro ha sido siempre la tibieza que a uno le provoca la náusea. Y hay un empeño cobarde en que la izquierda sea un puñal terrorista que amenaza con volverse comunismo, terrorismo, stalinismo. Que le pregunten a Marhuenda y a Inda y a Chaniz y a Alfonso Rojo. Miedo a los votos de millones de españoles a los que se les niega la licitud de la mayoría de edad y la madurez para dictar en las urnas lo que su ímpetu democrático les dicta.

La alegría de la pluralidad asusta a esos demócratas de la tristeza, de la melancolía, de la añoranza. Muchos se empeñan en llamar miedo a la alegría.