viernes, 28 de diciembre de 2012


VALIO LA PENA?




Cuando el ayer se te clava en los ijares, surge espontánea la pregunta: Valió la pena? Porque fue lucha, porque se hizo añicos el alma, porque sigue escociendo la llaga. Astillas fue la vida para muchos. Le golpearon la nuca contra el amanecer en un  amanecer cualquiera de una madrugada cualquiera. Y se quedó para siempre junto a la tapia del cementerio, pero sin tumba, sin derecho a colocar su muerte horizontal llena de besos de madre, de novia virgen con  muslos sin  caricias, con amigos con colilla de un “ideal” amarillo en la triste comisura de los labios.  Sin la muerte boca arriba para descansar el inmenso cansancio de su vida ¿Valió la pena?

Reventona se hizo la democracia. Cuelgamuros de espaldas republicanas, de piedras con musgo de sudores negros, dolores atravesados en la cruz de de un crucificado de derechas, con un dios patriotero, con un cristo camisa azul y yugo, virgen de piedra amiga de Pilar Primo de Rivera-sección femenina. Reventota la democracia, cantando por las aceras. Tarancón mitrado. Juan Carlos llamándose el Primero de España, jurando principios fundamentales de no se sabe qué movimiento, con príncipe por si el futuro no se hace republicano. Tarancón mitrado, exigiendo que se escuche al pueblo, que se libere al pueblo, que se le reconozcan derechos al pueblo. Tarancón mitrado antes de que lo mandaran al paredón los albaceas del tiro en la nuca. Plaza de Oriente llorosa. Avenida del Generalísimo convertida en Castellana. Avenida de José Antonio-Gran Vía para que subieran los vientos libres como los vientos. Y julio del 36 sentado por Princesa,  preguntando a la democracia estrenada: Valió la pena?

Suárez no se acuerda de sí mismo. Felipe se hizo jarrón y anda decorando salones y repartiendo Europas no terminadas, inacabadas siempre hasta que Merkel, la prima de riesgo, los mercados se harten de devorar a sus hijos y deje de chorrearle la sangre a la Europa sometida. Aznar frente al espejo, pariendo FAES, designando sucesores como un Carlos V de suburbio paleto y pobre, mirándose el ombligo inmenso sostenido por una alcaldesa, hablando inglés en la intimidad como el catalán espúreo de otros tiempos. Todos fraguando asfalto de autopistas, terminales para aviones como mariposas, ladrillo sobre ladrillo para vender al por mayor, bancos hipotecando vidas, con factorías de cadenas perpetuas a cambio de dos habitaciones, baño y cocina. Zapatero anudando el amor homosexual, construyendo derechos sociales, presidente de gobierno frente a presidente de Conferencia episcopal, haciendo del hoy un mañana tal vez brillante, deslumbrante tal vez. Pero confundiendo crisis con desaceleración, ojos nublados que no le dejaron ver el artículo 135 de la Constitución y se lo regaló a la deuda como si de una petición de mano se tratara.  Y Rajoy de espaldas a sí mismo por miedo a verse la cara prometiendo tres millones de puestos de trabajo, una sanidad intocable, sueldos en ascenso, dependientes aupados a la grandeza de vivir plenitudes, incapaz de mancillar las pensiones, los sueldos, el despido, durmiendo su prostitución con los bancos, patriota él hasta no arrodillarse ante la zarina Angela y así todo, todo, hasta hacer de esta patria la segunda vivienda de los ángeles, el mar de los amantes de Teruel, el paraíso del bienestar inmaculado sin mezcla de mal alguno. Rajoy cantando porque en España empieza a amanecer.

Ya ahora resulta que Rajoy no sabía. No sabía la herencia, no sabía que existía Europa, ni que la sanidad, ni que los sueldos, ni que las pensiones, ni que los derechos sociales. Creía que bastaba con acercarse al kiosco y llenar los bolsillos de chuches para devolverle a un pueblo la felicidad. Y no se explica por qué los funcionarios, los yayoflautas, el 15-M, los sanitarios, los minusválidos, los docentes. Ignoraba por qué hasta los adoquines se ponen de pie y gritan y piden y exigen. Y entonces –piensa Rajoy- habrá que dedicarse a recortar derechos. Y le encarga a Ignacio González y Rosa Díez que dejen bien claro que hay que podar el derecho a la huelga. Que es un derecho, es verdad, pero que así como se han amputado otros por qué no se va a recortar ese. Con lo molestas que son las huelgas. Se llega tarde al trabajo, el médico está gritando a las puertas del hospital, el maestro viste de verde, el funcionario de negro, los viejos de amarillo, los dependientes se visten de pena y de asco. Pues se recorta –es decir, se suprime- piensa Rosa, harta de acostarse con todas las ideologías. Se suprime, piensa Ignacio González con resaca de Esperanza. Pues se suprime, piensa Mariano cansado de que no le dejen ver el partido.

España está de rebajas. Sucios los escaparates. Llenas las cristaleras de manos tendidas exigiendo derechos por los que muchos se quedaron para siempre junto a la tapia del cementerio, pero sin tumba, sin derecho a colocar su muerte horizontal, llena de besos de madre, de novia virgen con  muslos sin  caricias, con amigos con la colilla de un “ideal” amarillo en la triste comisura de los labios.  Sin la muerte boca arriba para descansar el inmenso cansancio de sus vidas  ¿Valió la pena?





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