sábado, 8 de enero de 2011

EL DOLOR DE LA MEMORIA

La Iglesia llora todavía la viudedad que le sobrevino con la muerte de Franco. Para treinta y tantos años va su nostalgia, su dolor, su soledad. El matrimonio a veces es costumbre, sólo costumbre. Pero da calor, bienestar de inercia, anclaje vital. La ausencia de una parte conduce, aunque sólo sea por egoísmo y defensa propia, al llanto, al luto de autoprotección, a añoranza lastimera. Pero puede servir también como recuerdo autocrítico. La Iglesia se ha refugiado en lágrimas sembradas por las esquinas, en nostalgia del apoyo perdido, en vacío doliente de lo que fue y pudo haber sido para siempre. No se ha preguntado por aquel adulterio. Ha preferido, por comodidad, el velo de su tristeza.

La Jerarquía se encargó con rapidez de desmontar el empeño de Tarancón de empujar una nueva conciencia, respaldada por sacerdotes comprometidos con la libertad y muchos cristianos de base implicados en la lucha democrática. La Iglesia exigía seguir siendo quien vertebrara la legislación surgida de la Constitución y cuando la izquierda instaurada por voluntad de las urnas clarificó el lugar que debían ocupar una sociedad civil responsable de su propia trayectoria, independiente y autónoma revestida de aconfesionalidad, frente a una Iglesia desposeída de su autoritarismo, su dogmatismo y su exigencia de conformar la conducta vital del país, la Jerarquía optó por un nuevo maridaje con la derecha continuadora de aquel franquismo trasnochado.

La Ley de la Memoria Histórica, imperfecta y falta de coraje, fue la oportunidad que muchos explotaron, entre ellos la Iglesia, para proclamar que con su puesta en marcha se buscaba un nuevo enfrentamiento entre españoles, que significaba un obstáculo para la necesaria cicatrización de las llagas dolientes y un resurgimiento del odio fratricida. Era la postura cómoda de quienes preferían desligarse de la propia historia con el subterfugio de mirar al futuro. Todos tenían miedo de tocar el dolor de la memoria. La Jerarquía, acostumbrada secularmente a no reconocer nunca su responsabilidad por acción u omisión en los acontecimientos de la historia, intentó también borrar su complicidad en el clima derivado de una guerra, de una dictadura y de una colaboración en muchos casos necesaria para el ejercicio de terror prolongado durante cuarenta años, ha preferido predicar el perdón, el olvido, la fraternidad, no como consecuencia de una paz auténticamente evangélica, sino como excusa para no ser investigada y que nadie pueda echarle en cara una participación explícita y condenable con la santa cruzada. La Iglesia sabe que le pesan demasiados cadáveres, demasiadas delaciones, demasiada conspiración que empotró a este país en las coordenadas del odio.

Galicia sabe de muertos. Por sus montes retumbaron tiros de gracia y sus olas se mancharon de sangre de libertad. Es invitado el Presidente de la Conferencia Episcopal española a participar en los homenajes a los “asesinados por defender la democracia” "Hemos invitado a Rouco de buena fe porque su participación sería un acto de dignidad" dicen en su carta enviada al Cardenal de Madrid. "Creemos que ya es hora que, en 2011, la Iglesia pida perdón públicamente por su apoyo a tantos actos de agravio".Lamentan los gallegos el papel de la institución que bautizó como 'Santa Cruzada' los actos de represión ya que "fueron cómplices del golpe militar de 1936, en el que desempeñaron una importancia vital". La Iglesia debe arrepentirse de sus palios encubridores, de sus saludos fascistas. Cinco mil nombres sembrados en tierras gallegas y sepultados en cunetas de odio y olvido exigen el sudario del recuerdo más íntimo y agradecido.

Se fue hace poco el año. No sabemos a dónde. No sabemos con quién. Se fue. Se despeñó, tal vez. Se hizo añicos al fondo. ¿O nos explotó en las manos y nos voló la cara como si hubiera sido un atentado del tiempo? Se fue hace poco. Pero el tiempo nunca se va solo. Si se lleva la memoria, nos convierte en olvido, sólo olvido para siempre.




3 comentarios:

Mª Dolores Amorós dijo...

veyinge¡Qué imaginación tan extraordinaria! "La viudedad de la Iglesia..." Es buenísimo.
Quién pudiera meterse en tu genial cabeza, amigo mío. Y cuántas verdades denuncias.
Esta iglesia, adocenada con el buen vivir y los privilegios del marido muerto, no quiere olvidar el pasado infame. Se aferra a él, porque le conviene.
Somos los demás, los sacerdotes que viven el Evangelio, los laicos que sufrimos por el hambre que nos invade, los que hemos de seguir luchando, sin rendirnos jamás, para que nuestra memoria histórica, la de nuestros muertos olvidados en cunetas y tapias desconocidas, jamás quede en el olvido. No ocuparnos ni preocuparnos por ello nos haría cómplices de aquella barbarie.
Gracias, Rafael, querido maestro.
Un beso con mi afecto.

la lectora dijo...

Necesitamos la memoria como el pan. Sin memoria no hay paz verdadera porque es inpensable el arrepentimiento y el perdón. Los pueblos sin memoria están codenados a la fatiga de seguir equivocándose una y otra vez. Sigue, Amigo ,con tu palabra recordadora de utopías lastimadas y de tácitas complicidades. Sigue nombrando el amor con todos sus nombres.
Con todo mi cariÑo.
Marce

Queralt. dijo...

Ni una palabra más... Mª Dolores y Marce han hablado "por mi".