sábado, 6 de junio de 2015

RELAMPAGO


Este sabor amargo de relámpago,
de limones perforados
escociendo en las grietas
de los labios,
me recuerdan las puertas de tu carne
sin bisagras, desgarradas
con una sombra de uñas
que taladran la piel para alcanzar
el último refugio de tu piel.
No estamos en el tiempo
porque el tiempo es un zumo de relojes,
el dolor destilado
de una muerte sin retorno.
Escalo tu silencio
por su cara vertical
imaginando una cumbre cartón piedra.
Voy a guardar los desengaños
para clavarlos en la cima
de un olvido retorcido
como el cuerpo de un olivo.
Que nadie me regrese
hasta un dios original empeñado
en hacer con el barro una tristeza,
la infinita tristeza de olvidar el camino.
Sabor amargo de un relámpago oscuro,
sin luz, sólo tristeza
en los tuétanos blandos

que sostienen la pena de ser hombres.
CEJAS


Eran cejas pobladas. Sin llegar a Carrero Blanco, pero pobladas. Cejas radicales de izquierdas. De origen comunistas tal vez, como los soviets actuales que dice Aguirre. Con propósito de destruir la democracia, el sacrosanto orden establecido, el estado de bienestar que sólo la derecha posee como propiedad privada. Aznar había sido el  milagro. No las circunstancias económicas del mundo en general. El milagro era él en persona, en exclusiva como un Cova de Iria con pastorcillos y Fátima dentro, o un Lourdes con agua que cura de repente la hepatitis C.

Los cómicos del momento inventaron aquel gesto de la ceja. Zapatero los imitó. Le hizo perder visión y no vió llegar la crisis que se venía encima. Y entonces empezaron los recortes y con nocturnidad y alevosía (dos características umbrías del PP) embistió la economía española clavándole el 135 de la Constitución por imperativo legal de la Merkel. La Constitución es objeto de una idolatría comparable a las tablas de la ley cuando el dios ardiente de la zarza y Moisés. Pero el pecado hace que todos la incumplamos sin remordimiento alguno. Al tiempo que al prometerla en el momento de la toma de posesión de un cargo, estamos aprobando leyes de mercado que asesinan estómagos, estamos de acuerdo con desahucios indigno del ser humano y damos preferencia a la prima de riesgo por encima del estómago de los niños. París bien vale una misa. El poder bien vale una ceja.

Zapatero se fue para Barranquilla como el caimán y apareció Rajoy. Mayoría absoluta. No necesitaría hablar catalán en la intimidad como el políglota Aznar. Mariano tuvo complejo de anti-milagro. Fátima Báñez se encomendaba a la Blanca Paloma. El ministro del Interior colocaba condecoraciones a vírgenes que habían colaborado a la grandeza de la patria y regalaba fajines para que siguiera siendo capitana de la tropa aragonesa.  Anti-milagro Rajoy porque le sobraba valor para sacudirse de los hombros el yugo de la troika y tenía valor suficiente para presionar a Merkel. Le daría, sin que nadie se lo impusiera, unos céntimos a los bancos y con las sobras levantaría la herencia recibida que era mucha herencia. Todos fueron albaceas de esa herencia. Todo se resumió en herencia. Cospedal, Floriano. Pons, Soraya…todos heredaron la miseria que Mariano, el anti-milagro por modestia, arreglaría en pocos días. El paro, las pensiones, la sanidad, la educación, la dependencia se habían derrumbado con Zapatero. El las pondría de nuevo en pie como un Lázaro resucitado.

¿Pero qué fue de las cejas? Habría por ahí actores, actrices, que además de no pagar impuestos (como descubrió el detective Montoro) se llevaran la mano a la ceja derecha? Porque no tiene explicación que esos de izquierda radical se señalaran la ceja derecha. Habían huido ante una derecha de IVA 21%. La sola presencia de la resurrección del bienestar los hizo fugarse a los campos de concentración de donde los sacó Zapatero, el más radical de izquierdas.

Pero las cejas son parte integrante de la democracia. Deben estar exigidas por algún artículo escondido. A Rajoy se le nota incluso a través del plasma. La ceja izquierda (otro contraste para un PP con antecedentes de Fraga y más atrás) sufre sobresaltos, se estremece ante la novedad de algo. Cuando asegura que ya nadie habla del paro porque hemos conseguido el pleno empleo, cuando las pensiones suben de forma que los ancianos pueden veranear en  Marina Dor y Benidorm se llena de bastones y señoras perfumadas para tomarse un helado vespertino, cuando se asegura que ha terminado la crisis, cuando se descubre que a los bancos no se les ha inyectado dinero, que no hemos sufrido un rescate, que somos un ejemplo para el mundo, su ceja izquierda sufre un asalto como si su propietario le estuviera guiñando un ojo al destino.

A Rajoy le han dicho los neurólogos que su ceja izquierda escribe el futuro. Que cuando Bárcenas, Rato, Granados, Fabra, Matas hayan desaparecido y se afilien a Podemos o a movimientos separatistas, su ceja dejará de ejercer como oráculo. Que cuando Esperanza-sexagenaria-demente-senil deje meterle el dedo en el ojo, que cuando sepa qué hacer con la inutilidad de Floriano, Cospedal, Fátima-blanca-paloma o Celia, su ojo izquierdo llegará a la plenitud de la serenidad.

La ceja izquierda de Rajoy es un símbolo del momento en que estamos hundidos, un ojo lloroso porque se le ha metido el barro de una corrupción absoluta que no consigue ser expulsada y amenaza con cegar para siempre la democracia.

Haría falta una legislación que nos obligara a nacer sin cejas porque ellas son las responsables últimas de la radicalidad de la izquierda quema-conventos y de la banalidad de una derecha digna de ser definitivamente colocada en el museo de cera.

¿Pero sabremos vivir sin cejas?


viernes, 5 de junio de 2015

¿JUNTO AL MAR?



¿Estoy junto al mar?
Tal vez no.
¿Junto al olor a madera de tus labios?
Tal vez no.
Me regalaste un río aquella tarde
con la espuma tatuada entre dos besos.
No era el mar. Era el músculo
olvidado de la palabra inútil.
Incapaz de apretar el eco,
de sacarle la sangre a las magnolias.
Reuní los pájaros del mundo
para hacerte un manojo de montañas,
clavarlo en las espaldas de la luna
y llenar la palabra con tus ojos.
No era el mar. No existe el mar.
Tal vez no existe nada.
La muerte, sólo la muerte
Como la carcajada de un trueno.


VINO


El vino afrutado de tu carne
hizo girar el mundo
sobre mi eje erecto
como un grito que pronuncia tu nombre,
que convoca tus manos y tu boca.
Estoy dependiendo de la memoria de ayer,
de la marea de tus ojos
cuando me descubriste
en el malecón de una sombra elocuente.
Quiero andar tu cuerpo
hasta que se acabe la distancia
y decidir entonces si regreso a tu boca
o encaro el precipicio
y me desnudo del tiempo que me queda.
Quiero mientras tanto
beberme tu piel
en copas de Murano
y brindar por quien no sabrá nunca
a qué sabe el vino afrutado de tu carne.


miércoles, 3 de junio de 2015

HIERBA



Siento una extraña llamada de la hierba.
Desde abajo,
su voz nombrándome.
La sangre de la hierba
con ríos veniales en las venas
pronunciando mi nombre,
soportando las sílabas oscuras
de mi sombra.
Cuando tú me llamas
me suena a hierba tu voz,
a ternura entre los dientes,
a piel entre los labios,
al íntimo jardín donde me pierdo
y encuentro la hierba verde de tus besos.
Una extraña llamada de la hierba,
de tu luz entallada,
de tu boca amapola,

de tu campo infinito.

martes, 2 de junio de 2015

CAMINANDO


Si pregunto por un camino,
por una calle,
por un río,
por el mar que olvidé aquella tarde.
¿Sabes? Se puede olvidar un mar
como quien pierde un paraguas
y sólo te das cuenta
cuando se deshidratan los labios
y duelen los besos.
Preguntas entonces
por el camino,
por la calle,
por el río,
por el mar sobre todo
porque viene a tu boca otra boca
y es urgente llamar a los besos por su nombre.
Por el camino,
por la calle,
por el río
vienes tú
buscando el mar
que olvidaste en el cielo de mi boca.
Vamos a recuperar la memoria de la espuma,
a mojar aquel último abrazo,
la ternura de los cuerpos,
la humedad que desliza la piel en la piel
y que sienta la arena la invasión de las olas.
Si pregunto,
por ti pregunto
y no acepto más respuestas que tú.
¿Sabes? No admito que seas el mar
que se olvida como quien pierde un paraguas.
Sólo por ti me afinco en la vida
como respuesta última
de un mar recuperado


lunes, 1 de junio de 2015

CICATRICES




Desde la orilla se veían las cicatrices del agua. Nunca pensé en su sufrimiento. Bordes sangrantes algunos. Curados otros, pero presentes como testimonios del ayer, de cuando alguien le abrió su carne, de cuando alguien rasgó su piel. Sabe el río de puñales de luna, de traiciones de árboles, de silencios clavados por la espalda. Sabe de dolores el agua.

Le dije mi nombre al río. Una presentación breve. Suficiente para quedar en vernos otra tarde cualquiera. Ha sido hoy. La primavera se instalaba en los árboles. El agua estaba desnuda. Hermosa. Lubricada. Excitante. Como tú el día aquel que nos conocimos. Dejé la ropa en la orilla y me sumergí desnudo. No bajó los ojos. Creo que me deseaba como tú la tarde de nuestro encuentro.

Me sentí envuelto entre sus piernas. No sé si querido. Tal vez sólo ansiado. Pero envuelto y galopando sobre sus muslos juncales. Hasta que el silencio fue silencio y entonces hablamos como dos viejos amantes. Como tú y yo aquel entonces

-También tienes cicatrices, me dijo, con la misma sorpresa con que yo descubría las suyas.

-Todos tenemos cicatrices. Con ellas nos identifican apenas nacidos. Nos cortan el cordón umbilical para marcarnos con el dolor para siempre. Uno se acostumbra y hasta son hermosas, clavadas en el centro de un vientre de piel y enredadera. Pero es una cicatriz. Y hay más. El olvido, la distancia, la indiferencia. Y a veces esa necesidad de la muerte como desmemoria definitiva.

-Os parecéis al agua. Las piedras de los niños, los árboles que se suicidan , el criminal que ahoga a su enemigo, la pistola abandonada en el fondo para que nadie descubra al asesino, los soles arrepentidos de serlos, las lunas despechadas. Los ríos son historia de heridas. De cicatrices por tanto. De coágulos espesos. De hemoptisis que van a dar a la mar que es el morir, que dijo un Manrique vuestro.


Nos despedimos como viejos amigos. Nos dimos la espalda y nos echamos a andar. Y fue el adiós un par de cicatrices repartidas al cincuenta por ciento.