martes, 10 de junio de 2014

LA DISTANCIA TAL VEZ





A lo mejor no existe la distancia
y es sólo un concepto creado por el miedo.
A lo mejor estamos frente a frente
como dos mares sin fronteras.
Engarzados por la boca
por besos entrelazados.
Pero necesitamos la distancia
para tomar conciencia
de la insularidad que pretendemos.
Eres el pensamiento que no está.
Tu pensamiento soy.
Nos estamos soñando
aunque hay un vacío
al otro lado de la cama.
Nos creemos distantes
aunque tu carne y mi carne,
aunque tu lengua y mi lengua,
aunque comprenda la luna
a través de tus ojos huidos.
La distancia tal vez,
ese pretexto de la razón
contra el corazón que sabe,
que tiene conciencia
de esta representación circense
que ensayamos cada noche.
Quiero arrancarte tu distancia.
quiero desnudarme
para recobrar la conciencia
de que somos un ramo inseparable,
atados por la piel, el sudor y la sal
de abrazo que penetra,
del trabajo que supone
llegar hasta la hondura
del encuentro que logra
la unidad de los mundos,
la fusión de la espuma
con la espuma innata
que proponen los mares.
Imposible la distancia
porque estamos instalados
en la cercanía inseparable

de existir en el mundo.
EL PESO DE MI PIEL




Es difícil aguantar el peso de mi piel.
Envuelve un río
mi carne desvelada,
insomne
vigilando
la cosecha de rosas
crecidas en tus manos.
Piel ardiendo
cauterizando heridas,
nombrando moléculas de ti
para besar una a una
tus huellas olvidadas.
Piel a punto de ebullición
para purificar tu  lejanía,
para conjugar tu carne
en segunda persona
del verbo ausentarse.
Me pesa la piel
con brazalete negro
como un luto
de amapolas negras.
No sé qué hacer
con esta piel que olvidaste
después de aquel abrazo,
de los últimos labios
cuando se instalaba en el cielo de mi boca
el sabor de tus pechos.
No sé qué hacer con la piel de la palabra
agria como una despedida.
No sé, no sabré nunca.
No pretendo saber.


lunes, 9 de junio de 2014

ALGUIEN SE VIENE AL FUTURO



Parece que España empieza el 1.978. Ultimamente ha habido acontecimientos que uno pensaba ingenuamente que podían enfilar la historia hacia un mañana. Incluso la ciudadanía da muestras que estar empeñada en avanzar hacia coordenadas distintas en la construcción del país.

El 15-M fue un grito que nos llegaba desde el mañana. La ciudadanía intuía que había otras formas de hacer política. Que ya era hora de arrinconar la pasividad y de exigir una voz activa que fuera escuchada sin esos encubridores que sólo admiten la iniciativa política para aquellos que han sido elegidos y que proclaman que hay que esperar a unas nuevas elecciones para que el ciudadano tenga derecho a la palabra, como si la palabra le hubiera sido arrancada por la propia democracia como le es arrancada por una dictadura.  Y mientras tanto, la responsabilidad democrática queda arrinconada hasta que nuevamente se instalen las urnas. La responsabilidad se reduce así a un voto emitido cada cuatro años, desentendiéndose de la tarea cotidiana que conlleva vivir en democracia. Hay mucho contertulio barato en televisiones y radios que conceden el derecho a las exigencias ciudadanas sólo si se ganan unas elecciones o si se aprovecha la oportunidad del voto cada vez que se abren las urnas.  Mientras tanto no hay derecho a reclamar nada ni a exigir cambios en las directrices de un gobierno. Es un mantra que repite continuamente la derecha,  que encubre un hermetismo mental y un miedo a la palabra como matriz fecunda de la historia. El poder lo ostentan legítimamente los gobernantes, pero la democracia real reside en el pueblo. Insultan y descalifican a todo aquel que se manifiesta en la calle como si la calle no fuera el cauce por donde cuaja la tarea comunitaria de construir país. Entre votación y votación, algunos instalan un vacío. El él puede ahogarse la sociedad porque la papeleta es un cheque en blanco sin posibilidad de ser revocada.

Con respecto a los últimos acontecimientos (abdicación, llegada a la jefatura del estado de un nuevo Borbón) algunos se remontan a un pasado lejano, muy lejano. Concretamente a 1.978. Y todo lo que allí sucedió se ha sacralizado hasta tal punto que se pretende compatibilizar la finitud de la decisión temporal con una sacralidad eterna. La Corona, el consenso, la Constitución se instalan en la actualidad como si el tiempo y sus acontecimientos fueran transportables. Todos admiten la posibilidad del cambio pero todos imposibilitan simultáneamente ese cambio. Una contradicción insoportable  desde la esencia temporal de lo humano.

Todos conocemos las coordenadas que condicionaron la asunción de la Corona incluyendo la generosidad de sus contrarios. Y se acepta el sacrificio ideológico de muchos que tuvieron que aparcar su visión de la sociedad para sacar adelante una Constitución consensuada. Desaparecido tanto condicionamiento, es lógico que nos planteemos una “refundación” de la democracia. Y aquí surge la extrañeza que muestran muchos de aquellos que durante treinta y tantos años han hecho ostentación de su generosidad al renunciar a sus principios en aras de una democracia. Son los mismos que hoy se niegan a inaugurar nuevos derroteros aferrándose, por pura cobardía, a aquella renuncia exigida por las circunstancias. El Partido Socialista se niega a tantear nuevos derroteros argumentando que quieren seguir siendo leales a la actitud tomada en 1.978. Proclaman su republicanismo cardíaco, pero se niegan a poner en marcha ese latido republicano que ha informado su historia. ¿Lealtad? Si hasta en el matrimonio se rompe el amor “de tanto usarlo” resulta incomprensible esa adhesión inquebrantable a una situación que hizo que la democracia naciera con malformaciones franquistas. No tiene sentido la negativa a la curación que permite el condicionamiento actual y de cara al futuro.

No sé si es el momento oportuno para un cambio de la Constitución o de la forma de Estado. Lo que nunca debería dañar a una y otro es la palabra del pueblo, la consulta, la pregunta para que se pronuncie, porque la palabra en democracia nunca es perjudicial sino su forma más genuina de irse haciendo en el tiempo.

El ser humano no es un dato. Nunca debe cosificarse. Lo humano no es, sino que siempre está provisionalmente siendo, abierto a la consecución de sí mismo. Lo humano es siempre lo que está por ser. La definitividad no se compadece con la provisionalidad que dimana de nuestro ser en el tiempo. La definitividad implica la muerte, dejar de ser, dejar de estar vivos. La muerte es la postura definitiva de quien ya no se enfrenta a su propio devenir.


¿Por qué algunos están empeñados en cosificar la historia?  ¿Por qué pretenden hacer del pasado un dato arqueológico?  ¿Por qué esa negación del dinamismo de la historia?  ¿Por qué esa sacralización del ayer con el consiguiente desprecio al hoy?  ¿Alguien se viene al futuro?
CUANDO EL SILENCIO



¿Sabes?  Es difícil el silencio. El silencio no es vacío de palabra. Es más bien pronunciar sólo su sombra. Se oculta de noche, pero está porque resucita con el sol. No se había ido. Estaba escondida, como haciendo un mañana. Pero es difícil. Porque uno no se acostumbra a decir te quiero sin acomodar los labios a unas sílabas concretas. Ahora los dejo entreabiertos junto a la almohada esperando que te acerques, me beses y sepas que estaban allí, que te soñaban. 

Y te extraño. Pareces una lejanía. Y me duele la boca de no llamarte, de no gritarte, de no decir tu nombre, aunque tu nombre me ocupe la dimensión del pecho. Difícil el silencio. Porque me dice que no estás. Pero yo sé que estás. Que eres como esas flores que se van cerrando poco a poco con la oscuridad, como para guardarla interiormente, como para arroparla. Y se duermen con la oscuridad dentro. Yo me duermo haciéndote sueño, soñándote sueño, amándote sueño. Acaricio la espalda de tu palabra ausente, sus muslos abiertos para hacerme noche en tu interior. Tu luna callada sin pronunciar mi sexo, pero haciendo del silencio una locura ingobernable, del gemido una anarquía porque nadie evita el deseo, porque desafiamos la gravedad imantada de tus pechos, porque hemos hecho del silencio un nido para cada primavera.

Es difícil el silencio. Te lo dicen mis manos con tu piel guardada entre los dedos, las manos acostumbradas a la enredadera de tu sexo, a tu melena que enfunda la noche y la convierte en cosecha trigal de puro rubia.

Silencio. Tan silencio tú. Yo tan silencio. Y entre tu cuerpo y mi cuerpo sólo un beso de distancia. Silencio como una tapia insalvable, como el celo de un río, como un monte despechado.

Pero estás. Estoy. Somos un horizonte. Salto al vacío. Rompo el silencio y sin decirte te digo, sin tocarte te tengo y aunque no quieras te quiero.


Nos diremos algún día que el silencio fue el testigo de la palabra que nunca nos dijimos.

sábado, 7 de junio de 2014

TU PELO


Tengo que aprender a conjugar tu pelo,
tu nuevo tiempo rubio,
el líquido nombre que cobija
la decisión austera de ser tú.
Quiero aprender a andar
los nuevos caminos de tus ríos,
las pupilas azules escondidas
custodiando una luna entrecortada.
Ayer fue otro tiempo,
cuando olvidé mis manos
entre la yedra dormida
mientras la noche ponía
mis dedos entre tus pechos.
Se hicieron hombres los ríos
por tu geografía de amapolas,
indagando la nuca exacta
para dejar loa labios
mojando las raíces de tu cuello,
el trigal de tu pelo recortado.
Tengo que aprender a conjugarte,
a descifrar la ecuación
de tu palabra enlazada
a la estrategia de saberte.
Te extraño.
 Me pareces ajena a ti misma
pero eres porque  necesito
tu eternidad de ayer
cuando aprendí de memoria

la memoria de tu pelo.
OLVIDANDO


Debo olvidar poco a poco tu cintura,
la humedad de tu hierba genital,
la desembocadura de tu cuerpo
en el mar de mi piel precipitada.
Voy guardando los ríos que sobraron
aquella noche de gemidos,
cuando el llanto era un grito
que impedía la huida de mi sexo,
cuando tú te aferrabas a mi espalda
y arañabas los besos hasta sangrar ternura.
Me rebelo contra la distancia
que me impone la luna,
que me exige este amanecer colgado en la ventana.
No comprendo mi carne sin tu carne.
No renuncio a mi cuerpo diluido en tu cuerpo.
No admito los surcos de tus ingles
sin el trigo injertado de mi savia.
Tengo que ir olvidando poco a poco
la hondura de tu boca
donde nacen los besos que lubrican
el laberinto azul de nuestras lenguas.
No sé por qué la muerte es un olvido,
ruptura pactada, abandono consciente
de las coordenadas que describen
la plaza donde tú y yo nos vivimos.
Me duele el camino que se rompe
en pedazos de distancia
para que nos quedemos sin memoria,
para archivar la dirección de tus ojos
y no sepa regresar hasta tu vientre.
Pregunto por mí mismo y no tengo respuesta.
Me han vencido el olvido, la ausencia,

y el camino tronchado como un río.

viernes, 6 de junio de 2014

RELAMPAGO



Este sabor amargo de relámpago,
de limones perforados
escociendo en las grietas
de los labios,
me recuerdan las puertas de tu carne
sin bisagras, desgarradas
con una sombra de uñas
que taladran la piel para alcanzar
el último refugio de tu piel.
No estamos en el tiempo
porque el tiempo es un zumo de relojes,
el dolor destilado
de una muerte sin retorno.
Escalo tu silencio
por su cara vertical
imaginando una cumbre cartón piedra.
Voy a guardar los desengaños
para clavarlos en la cima
de un olvido retorcido
como el cuerpo de un olivo.
Que nadie me regrese
hasta un dios original empeñado
en hacer con el barro una tristeza,
la infinita tristeza de olvidar el camino.
Sabor amargo de un relámpago oscuro,
sin luz, sólo tristeza
en los tuétanos blandos

que sostienen la pena de ser hombres.