jueves, 28 de marzo de 2013


GRIS MARENGO




Todavía la siguen llamando joven. Treinta y tantos años ya, camino de esa edad madura que embellece las formas, que engalana los ojos, que decora los labios. Pero algunos se refugian en Rubén, en la juventud divino tesoro, para negarse a adelantar camino y verla hermosa para amarla sin reparos, con pasión desbordada, sin miedo a estupros punibles.

Treinta y tantos años. Aceras con geranios, libertad en las solapas, agilidad para vivir dándonos la mano, edificando futuro, olvidando un pasado de botas y sables, de tiros en la nuca, de tapias de cementerios blancos. Democracia empezamos a llamarle, a estrenar derechos, leyes que protegían sin encorsetar, capacidad de decidir sin coacción, terminando en amistad lo que fue enfrentamiento. La guerra terminó en mil novecientos setenta y cinco. La enterramos en la sierra madrileña, bajo una cruz que ampara a los del bando bueno. Le bastó a los otros con cunetas camineras, con huesos amontonados en la solidaridad fecunda de la muerte.

Dicen que hubo hambre, mucha hambre. Cartillas de racionamiento que hacían del pan, del aceite, del arroz un corralito cercado de amenazas y estraperlo. Que se enriquecieron los traficantes de la angustia, los especuladores de estómagos vacíos, los delincuentes de misa de doce. Dicen que el miedo encarcelaba la libertad de expresión, de pensamiento, de comunicación. Dicen que se desconfiaba del que tomaba café cerca de ti. El vecino del cuarto era tal vez de la político-social. Cuando alguien gritaba su dolor era un enviado de Moscú. Las reuniones culturales, hordas judeomasónicas. Reinaba el Sagrado Corazón, se atacaba la moral del régimen acariciando los pechos de la novia, los obispos dictaban las leyes en un pseudo parlamento y la Plaza de Oriente era la urna grande que aclamaba al caudillo como mesías victorioso, ungido por el papa de Roma, palio que amparaba la cruzada santa que derrotó al marxismo imperante. Presos de carabanchel, disparos al amanecer, ejecuciones bendecidas con tiros de gracia e indulgencia plenaria.

Existió esa España en blanco y negro. Plomo oscuro. Mediterráneo de luto. Montes de muslos opacos. Sol de camisa azul marino. Prietas las filas, Montañas nevadas. Pañuelos de recuerdo eterno por los que cayeron por Dios y por España. Mujeres preñadas de nostalgias. Silencio al atardecer calentando vidas uniformadas. Y aquella luz de El Pardo, vigía de Occidente, como un candil siniestro. Aquella España era España de vencedores y vencidos hasta que terminó la guerra en mil novecientos setenta y cinco, veinte de noviembre.

 Y aquel día nació la democracia. Había sido soñada, deseada como una amante para siempre. Pensar, escribir, leer. Hermano el enemigo. Un parlamento ancho como una plaza grande de pueblo. Ciudadanos los que fueron súbditos. A caminar. Despacio, para que no se rompiera entre las manos. Carrillo y Fraga, Felipe y Marcelino Camacho, Redondo y Fernando Suárez, Moncloa y Zarzuela. Treinta y tantos años. Algunos la siguen llamando la joven democracia.

Fue otro estilo. Luchamos por una vivienda. Los jubilados tenían derecho a serlo y a vivir el gozo etimológico de su vejez. La enfermedad estaba amparada por una sanidad universal. El amor era patrimonio del corazón y no sólo del sexo. Ser mujer era un derecho y el cuerpo una propiedad irrenunciable. El techo, el trabajo se reconocieron eran una tarea para todos. Supo el pueblo lo que era bienestar y ser  dueños de aquella parcela.

Hoy hay seis millones de parados. Tres millones de españoles están bajo el umbral de la pobreza. Se instala una sanidad para ricos y casas de socorro para pobres. La enseñanza para quien pueda pagarla. Se les hurtan a los funcionarios sus pagas extraordinarias. Se priva de un techo a cientos de familias. Se suicidan algunos porque no quieren entregarse al egoísmo bancario. Se le llama terroristas a los que exigen sus derechos. Los antidisturbios son más importantes que los mecánicos. Se sustituye el trabajo por el despido. No se indemniza, se da una limosna como recuerdo. A los dependientes se les niega una mano que empuje la silla. Se suprimen tratamientos, vacunas, asistencia sanitaria porque son caros. La ciudadanía es un déficit, una prima de riesgo, una balanza de pagos. Los del pincho de tortilla deben pagar la langosta de algunos. Gallardón expropia a la mujer de su cuerpo. Fátima Báñez prefiere rezarle a la Blanca Paloma que exigirle colaboración a la CEOE. Montoro proclama una amnistía para los bárcenas mientras indaga el IVA de un comerciante de alpargatas.

España ha perdido color. Vamos camino de aquel tiempo. A lo mejor estamos ya en él. Gris marengo pero con corbata. Descolorido país. Oscuro nuevamente. Nuevamente triste como entonces. Cuando todos somos ETA porque algunos no saben vivir sin un terrorismo por lo menos venial.

Nos están secuestrando la alegría. Otra vez el plomo gris marengo de la tristeza. Otra vez el ayer cuando estaba prohibido existir con dignidad en los ojos.

viernes, 22 de marzo de 2013


TRES MILLONES




“Ya ha pasado lo peor de la crisis” “Vamos saliendo del túnel” “Hay esperanza en el horizonte” Palabras huecas que pronuncian los gobernantes para anestesiar la conciencia crítica de los ciudadanos, una prórroga del miedo narcotizante que mata el grito, la rebeldía, la indignación. Empinamos la existencia, calzamos tacones a la desesperanza y nos asomamos a una tapia  para tocar un futuro invisible porque la mentira organizada nos promete que está ahí, tras la visión de un Rodrigo de Triana, desbrozador de nubes.

¿Pero quién incorpora  estas frases manidas, huecas, preñadas de inercia política?  ¿Los que han soportado la crisis sobre sus hombros o los que se han lucrado con ella convirtiéndola en una estafa? Porque la compra del morcillo para un cocido o de un ferrari último modelo ha marcado el abismo histórico, el desgarro siempre programado  entre ricos y pobres. 508 millones de euros confiesa haber ganado el presidente de Mercadona, un empresario mostrado por algunos como modelo y que recomienda que para salir adelante deberíamos trabajar como los chinos, es decir, con salarios mínimos, sin vacaciones, con pocas horas  de descanso. Conseguiríamos así que unos pocos coleccionaran millones a costa de que algunos no tuvieran ni tiempo ni ganas de acariciar un vientre o recorrer unos labios. Es el neoliberalismo más puro que se afianza sobre las espaldas de una mayoría para beneficio de una minoría porque así lo imponen las leyes naturales, las del mercado y hasta la enseñanza de la historia.

Tres millones de españoles viven en la más absoluta pobreza. La miseria hace cola en las oficinas del INEM, en los puentes con sueños desahuciados, en los comedores de cáritas, en los contenedores de los supermercados, en las morgues donde se ha muerto de pena la pena. Manos de ladrillo rotas, percebeiras con espuma entre los ojos, estudiantes de portátil-camareros de Alemania, parados petrificados como estatuas indecentes, vomitadas por la avaricia bancaria, por crisis diagramadas para que el hambre tenga dimensiones exactas, para que la sanidad produzca los muertos previstos por el equilibrio presupuestario, para que la educación cree talentos que iluminen microscopios de hospitales ingleses, para que los investigadores sirvan cervezas a la Alemania de Merkel.

Tres millones de pobres por las aceras de España pidiendo pan, sólo pan, porque están hartos de palabras, de promesas electorales, de empleo para todos, de pensiones revalorizadas, de hospitales públicos nunca privatizados, de ayudas a parados, de empuje a emprendedores, de investigación y desarrollo para ahondar en el misterio de la vida, de enseñanza gratuita y becada para que no se pierda un solo talento. Y así, palabra sobre palabra, promesa sobre promesa hasta la desesperación más plena. Tres millones de pobres de la España-potencia-mundial. ¿Puede un país permitirse la miseria de tres millones? ¿Por el mercado, por el déficit, por la prima de riesgo, por haber vivido por encima de nadie sabe qué posibilidades? Tres millones de ciudadanos que no han creado la crisis que sirve de coartada para estafarlos. Porque para que la banca se rehaga de sus excesos, se carga sobre los hombros de tres millones de pobres la carencia de vivienda, de servicios sociales, de trabajo, de sanidad, de docencia, de ayuda a dependientes. Un país no sostiene su dignidad cuando permite que carezca de ella una parte importante de sus habitantes. Los gobiernos no plantan cara a unas exigencias que provienen de una Unión Europea convertida en simple mercado. Porque Europa ya no existe como unión,  es sólo una conjunción de mercaderes patrocinado por un nazismo económico que pisotea la dignidad humana, que desprecia la pobreza creada, que avanza apartando la miseria sin importarle el hambre, la carencia más absoluta de derechos, el olor nauseabundo de cadáveres amontonados en las cunetas. Los seres humanos son economía, mercado, déficit. No importa la reducción de la humanidad a simple y obscena estadística.

España de pie sobre su propio vómito. “Ya ha pasado lo peor”  “Vamos saliendo de túnel”  “Hay esperanza en el horizonte” Tres millones de pobres abrazados a su hambre, a su muerte anunciada porque farmacia es copago, porque sumar y multiplicar es un lujo, porque la universidad huele a chanel, porque la cultura es un derecho de billetera, la sanidad se resuelve en una casa de socorro, porque la justicia es caridad, porque una noche de amor desnudo es patrimonio de quien viste un armani, porque la esperanza es espera tan sólo, “porque la vida se tome el derecho de matarme ya que yo no me tomo la pena de vivir” que decía Machado exiliado.

Tres millones son un bulto sospechoso. Llamen a los tedax, dice Merkel. Parecen una amenaza y hay que desactivarlos.



martes, 12 de marzo de 2013


POPULISMO



Se trata tal vez de una definición muy elemental. Consiste más o menos en decirle al pueblo lo que el pueblo necesita oír para emerger de sus acuciantes problemas y atraer de esta forma el voto de los electores o afianzar la adhesión si ya se está en el poder. Europa tiende a llamar populistas, en el sentido más despectivo de la palabra, a ciertos mandatarios latinoamericanos señalando como exponente máximo al desaparecido Chávez. ¿Incluidos en este desprecio van los logros sanitarios, educacionales, de reparto de bienes, de alfabetización.? El populismo de esos líderes latinoamericanos se reduce malintencionadamente a palabras huecas sin cumplimiento alguno de promesas. Todo se resuelve en un discurso hueco, halagador de oídos ingenuos, destinado a engañar explícitamente al auditorio.

Hugo Chávez ha muerto y no es mi intención hacer un panegírico de su labor presidencial. Pero tampoco denigrarla. Hay voces siempre dispuestas a magullar el quehacer histórico de mandatarios que no visten de Armani, sino que nacen de una pacha mama fecunda y abrigan sus rasgos noblemente indios con ponchos multicolores de orgullo étnico.

A ese llamado populismo se le suele desnudar de toda realidad y se le obliga a entrar en conflicto con la realidad de lo enunciado como promesa permanentemente incumplida. Queda reducido a una forma conscientemente engañosa, palabra-trampa, señuelo-anzuelo que sólo pretende la pesca que conlleva la muerte de quien lo asimila para alimentar así otros horizontes ajenos a la necesidad del hambre de quien se aventura a depositar su entrega. El populismo es la espalda de la verdad, la traición al rostro hermoso de la palabra plena de contenido, de sinceridad y de futuro.

Latinoamérica está viva. Ha sabido enfrentarse decididamente a un capitalismo feroz que está rompiendo el bienestar del mundo europeo. Sus líderes han desenmascarado la estrategia del coloso del norte, le han mantenido la mirada al Fondo Monetario Internacional, han reclamado el derecho a ser los dueños de sus propias energías y materias primas, han nacionalizado empresas que nunca debieron estar en manos extranjeras. América del Norte y Europa esgrimen entonces el término populismo, lo vierten sobre las decisiones de los líderes, lo chorrean como aceite caliente que levanta ampollas en los mercados, en los grandes monopolios y se culpa a esas iniciativas de todos los males que aquejan al resto de una humanidad que se cree con derecho a un colonialismo económico. Y ya está. El populismo, en su sentido más pobre e infame, es el que ocasiona la rupturas de contratos, el decaimiento de tratados, la apropiación inesperada de unos beneficios que se auguraban seguros hasta dentro de una eternidad.

Hemos quedado en que el populismo es una estrategia nefasta para atraer el voto de los electores o el apoyo de los ciudadanos una vez llegados al poder. ¿Es sólo una prerrogativa de gobiernos de baja estofa, un tanto primitivos, sin adecuación a las reglas de los gobiernos modernos?

Pero a estas alturas del planteamiento me caben muchas preguntas. Prometer acabar con el paro o por lo menos crear tres millones de puestos de trabajo, empeñar la palabra en no subir los impuestos, adecuar las pensiones, mejorar los servicios sociales, poner en práctica una justicia más distributiva, desarrollar la educación, la investigación, mantener una sanidad envidia de los países que nos rodean, facilitar vivienda a los sin techo, procurar una justicia gratuita, rápida, universal, que paguen fiscalmente los que más tienen para nivelar la vida de los que tienen menos, concebir la política como un servicio, tener predilección por los dependientes y más pobres de la sociedad, ayudar a la construcción de un mundo más humano y humanizante, no inyectar dinero a bancos mientras la ciudadanía lo necesite, no permitir que poderes dominantes de Europa nos dicten orientaciones o modelos económicos que conlleven empobrecimiento nacional, no admitir directrices que rompan nuestro estado de bienestar, eliminar la corrupción…

Hemos oído esto hace muy poco. Todavía están los ecos de esas promesas colgados de las paredes de nuestras calles. ¿Los mercados, la herencia recibida, la deuda, la caída de la banca, la burbuja inmobiliaria, la prima de riesgo, la crisis, la coyuntura mundial, el encarecimiento de las materias energéticas, la miopía de los que precedieron en el gobierno, el déficit acumulado, la imposible sostenibilidad de las pensiones, de la sanidad, de la educación, el aumento de la edad de vida…?

¿Y si todo hubiera sido el mismo populismo que algunos creían patrimonio de gobiernos de tercera, arropados en ponchos de colores?


jueves, 28 de febrero de 2013


PEPE



Era últimamente Benedicto XVI, pero venía de ser Pepe. Santidad. Eminencia. Excelencia. Padre. Por todos esos nombres pasó el cura, el obispo, el cardenal, el papa. Seguro que en el barrio primitivo de su infancia, mientras pateaba una pelota de trapo, la chavalería le llamaba Pepe o José porque los alemanes son muy serios y les cuadra más la seriedad del José que la banalidad del Pepe.

Benedicto XVI está de regreso. Ochenta y tantos, setenta y tantos, sesenta y tantos. Irá perdiendo la memoria de sí mismo. Papa-Rey. Jefe de Estado. Sumo Pontífice. Vicario nada menos que de Dios. Infalible porque alguien le entregó el monopolio de la verdad absoluta. Capaz de expulsar a teólogos de la liberación, de quemar preservativos que resguardan del sida, de fulminar los avances científicos, destruyendo en nombre del evangelio las células madre, condenando el amor sin arras, la universalidad del corazón enamorado con derecho a amar por el hecho de amar, Reyes a sus pies-zapatos-rojos. Vértebras dobladas para besar el anillo del Pescador. Armas rendidas a su paso de revista a las tropas. Banderas humilladas ante su presencia. Ahora vuelve sobre sí mismo.

Confieso que no he leído ninguna biografía suya. Recurro a la imaginación. Al fin y al cabo todos tenemos casi el mismo comienzo. Nos diferencia la cuna. Nuños que nacen en el barro y se mueren de puro pobres al poco tiempo. Niños de incubadora, de deficiencia, de colores rosados y pulmones abiertos como almendros de primavera. Niños de alta cuna o de sábanas limpias, de enfermeras azules o palangana de matrona de aldea. Pero cualquiera conoce la nomenclatura por la que ha ido pasando este hombre  vestido de blanco.

Fue en el principio José o Pepe. Por parte de padre, de abuelo, de tío materno, por parte de no sé quién. La ordenación sacerdotal le convirtió en Don José. Desempeñó no sé cuántos cargos menores. Y un día el episcopado. Lo subieron a la excelencia. Excelentísimo señor. Eminencia más tarde. Eminentísimo José, cardenal Ratzinger. Príncipe. Porque en la Jerarquía de la iglesia de Jesús, el hijo de un obrero y de una muchacha de pueblo, se ha instaurado una pirámide dicen que indestructible. Con la triple corona del rey que fue. Con los príncipes que dicen son. Constantino al fondo, convirtiendo la cruz en espada, fusionando la pasión del gólgota con armas mortíferas contra herejes, erigiendo la verdad aprovechada de intereses en aniquilación de la libertad, construyendo un imperio paralelo al imperio de los Carlos, los Felipes, los Luises. Se arrinconó al predicador, se despreció a Pedro el pescador y se levantaron catedrales, monasterios, vaticanos como centros de poder. Echó músculo el poder divino y sometió a lo que llamaron el brazo secular.

 Desde el vértice de la riqueza, del poder, de la soberbia que conlleva es difícil mirarle a los ojos a la miseria del mundo, arremangarse en la chabola, compartir hambre y sed. La Iglesia de los pobres no tiene nada que ver con los pobres de la Iglesia. La libertad no se puede encorsetar con el derecho canónico. La teología no tiene por qué anclarse en Tomás de Aquino o Suárez. No se pueden enjaular las alas.

Un día el don, el excelentísimo, el eminentísimo empezó a llamarse santidad. Se transformó hasta su nombre. José se metamorfoseó en Benedicto y se apellidó con números romanos. Quedaban lejos el mundo real, el hambre, las guerras, la miseria, las dictaduras, la opresión. Alguien le habló de inversiones de dinero en armamento, en preservativos, en laboratorios de anticonceptivos. Había que invertir para ayudar a las misiones. El fin justificaba los medios. Era necesario  condenar a los que exigían el regreso de Jesús, a los que querían pensar, a los que urgían a que los pobres fueran los preferidos, a los que suplicaban que la mujer fuera amada como misterio infinito, a los que pensaban que el amor era amor de piel y muslo enamorado. Pero José era Benedicto y fue condenando y expulsando de las fronteras de la Iglesia y tachando de anticristiano todo lo que no convenía a los poderosos de la tierra.

Tal vez esté haciendo un camino de regreso. De santidad a eminentísimo, a excelentísimo, a don, a simplemente José, a limpiamente Pepe. A lo mejor regresa a ser él mismo, el pepe-josé de ayer, al que nunca debió renunciar y menos por los intereses de un dios ajeno al quehacer de la historia.

Hacía tiempo que te echaba de menos. Me he acordado muchas veces de ti. Me alegro de verte, PEPE.

viernes, 22 de febrero de 2013



CUARENTA Y OCHO AÑOS



Cuarenta y ocho años. Lo ha despeñado un ERE edad abajo. Y ahí está, en el hondón de la vida. Como yendo a ninguna parte. Como regresando de ninguna parte. Con la boca llena de besos. Con corazón suficiente entre las ingles. Con caricias crecidas cada noche. Pero aplastada la esperanza, pisoteados los sueños, con el futuro hueco porque ya no es futuro.

España no es una país con seis millones de parados. Es un país detenido. Amputados los pies por eso que dicen déficit, prima de riesgo, crisis. Por esos navajazos que revientan la vida de muchas vidas, el vientre de existencias gris marengo, de andamios con tortilla española y piropo a un culo hermoso, de oficinas ahogadas en corbatas de rebajas, de funcionarios envidiados, de operarias mal pagadas porque la mujer tiene menos derechos, muchos menos, porque ser mujer al fin y al cabo es valer para decorar un despacho o sufrir en silencio como recomendaba Pilar Primo de Rivera o Ana Botella alcaldesa.

Dicen los gobiernos que andan preocupados –mentira- por el primer empleo. Obsesionados –mentira- en crear trabajo juvenil. Volcados –mentira- en iniciativas que pueblen de ilusiones las vivencias de los veinte años. Pero la juventud va por las calles de invierno arropados en el escepticismo, el fracaso que los reyes infames de sus gobernantes les dejaron en su ventana siempre abierta a la esperanza. Y se sienten desahuciados de la vida, lanzados de sus sueños, expropiados del futuro. No creen –no pueden creer- en una sociedad que los manda a Alemania a lavar copas de cerveza, a ser camareros sin idioma, a recoger cuatrocientos euros porque dice la Merkel  -como aquí asegura Rossell- que más cornás da el hambre. Y dicen –mentira- que la juventud es una preocupación que quita el sueño. Mejor precariedad (qué anorexia de lenguaje) que vacío. Ni los gobiernos ni los empresarios admiten que la nada es una hidra con cabezas múltiples.

Cuarenta y ocho años. “Buscamos a alguien más joven” Recursos humanos, le llaman. Nos estamos poblando de palabras falsas. Ni recursos, ni humanos. Lo que buscan es alguien a quien darle de mamar a base de llanto porque no es su hora, que se conforme con una limosna, a quien se le curte con un horario sin descanso, a quien se le asusta en cada esquina con el despido, a quien se le inyecta el miedo porque hay kilómetros de aspirantes a la miseria de entrar a las ocho y salir a las ocho para que no les quede gana ni salario para una cerveza fresca con los amigos del barrio.

Cuarenta y ocho años. Ya le avisaremos. Deje su currículum aquí, donde están apilados tres mil más, tres mil esperanzas, con una voz en cada folio que dice no le avisaremos. Y lo cuarenta y ocho años se va, manos en el bolsillo, subidas las solapas del alma para ocultar el alma, con la pena rebosando, con el asco pegado a las tripas. Cuando vayan a avisarle a lo mejor lo encuentran abierto en dos bajo el Puente de Segovia, porque la desesperación se hincha como un globo y uno termina queriendo volar Giralda abajo. No será un suicidio. Será un empujón de los recursos humanos, del vuelva usted mañana, del ya lo llamaremos. Qué desgracia tener cuarenta y ocho años. Cómo aprieta ese ecuador de la vida. Tan joven. Tan viejo. Tan válido. Tan despojo. Tan vertical. Tan tronchado.

A nadie le preocupan los cuarenta y ocho años. Cuando muerde la hipoteca, cuando la adolescencia de unos hijos exige respuesta porque es pregunta, cuando el matrimonio se ama con la madurez de cada luna, cuando es promesa el mañana, cuando se va muriendo madre y hay que cuidar a padre harto de colesterol de posguerra. Cuarenta y ocho años despreciados por los gobiernos, ensartados por una crisis fabricada con todo lujo de detalles, despedidos después de veinte en una cadena de producción. Cuando acechan los bancos para quedarse con tres dormitorios-cocina-baño que ya te habían robado el día que firmaste ante el director amigo de siempre.

Buscamos a alguien más joven. Ya le avisaremos. Que tenga suerte. Deje ahí su currículum.

Mañana, a lo mejor mañana, nadie tiene cuarenta y ocho años.



viernes, 15 de febrero de 2013


LA PROPIEDAD DE LA PALABRA




La democracia nace ahí, en la palabra. Crece ahí, en la palabra. Muere ahí, en la palabra acallada, maniatada, desposeída. La palabra se hizo calle y habitó entre nosotros. Va por las aceras proclamada, nunca vendida, nunca monopolizada, nunca prostituida. Y engendra verdad de pueblo, soberanía de pueblo, orgullo de pueblo. La recuperamos hace treinta y tantos años. Por ella cambiamos nuestro estado de súbditos, al creador de ciudadanos. Nos engendró libres, autosuficientes, artesanos en la construcción  de futuro.

El país es una calle en pie. Funcionarios, docentes, sanitarios, justicia, jubilados, desahuciados, preferentes, dependientes. La calle es un grito desesperado, un estómago hambriento, un abandono con techo de puente, de cajero con cartones, de hambre con pan de contenedor. Se llama crisis, dicen, mercados, dicen, Merkel, dicen. Y es cirugía sin anestesia, con la carne viva, estremecida, punzada hiriente. Y el pueblo empuja, arremete, exige. Se abrazan hospitales, se circunvala el Congreso, se estrechan los cercos sobre Génova. Plataformas que detienen con sus cuerpos hipotecas asesinas, banqueros rescatados con el hambre de muchos, empresas que juegan con sus trabajadores un juego de vida y siempre ganan. Calle en pie. Grito vertical. Pais oscuro como cuando era oscuro porque la opresión siempre es nube amenazante, tiro de gracia, muerte al amanecer.

Para Rajoy los buenos ciudadanos son los que sufren en silencio en sus casas. Para los delegados del gobiernos todos somos antisistemas, radicales, conspiradores empeñados en manchar al gobiernos con la corrupción, con bárcenas evasores, amnistías que premian delitos, exigencias desorbitadas de derechos laborales. Los ciudadanos tienen que aguantar porque han vivido por encima de sus posibilidades. La cerveza del domingo era un atentado contra la economía, la tortilla del andamio un tiro de gracia para los mercados, la entrada del fútbol una insurrección contra la prima de riesgo. La caña, la tortilla, el fútbol se han cargado el bienestar de un país. Y los enfermos, los viejos, los dependientes son los culpables evidentes de tanta decadencia. No se han muerto a tiempo y ahí están estrujando la España grande y libre siempre soñada, salida de cuarteles antiguos, con galones monárquicos.

Y  aparecen los defensores de las instituciones. El Congreso de los Diputados es la sede de la palabra, dicen. Las urnas les han dado el poder, dicen. Las elecciones les han nombrado  nuestros representantes, dicen. Les hemos entregado la propiedad del poder, de la palabra, de la responsabilidad. Ahí se encierra la democracia, la palabra, la decisión. Y los demás debemos sentarnos en la tranquilidad de la espera porque dentro de cuatro años tendremos el poder de cambiarlo todo, sólo dentro de cuatro años. Hay que ver pasar la historia desde el confort de los balcones. Sin intervenir, sin actuar, regando la delegación del compromiso. Que ellos actúen. Para eso los hemos elegido. El pueblo debe descansar del esfuerzo de las urnas.

Es otra forma de destruir la democracia. La palabra debe triunfar en el Congreso, pero sigue residiendo en el pueblo. El poder de legislar está allí, pero sigue perteneciendo al pueblo. Las decisiones se toman allí, pero siempre deben ser refrendadas por el pueblo. Los poderes no son el retablo donde se luce la plenitud de la democracia. Es siempre el pueblo su dueño, quien la detenta en último término y quien le da contenido. Que nadie se sienta administrador único de esta bella empresa.

Los políticos no deben atribuirse el poder despótico de una mayoría. La mayoría única es el pueblo y el pueblo siempre tiene en su mano la capacidad de interferir cuando una legislación se opone a sus intereses presentes o a sus expectativas de vida. Y que nadie tache de relativismo político esta actitud, sino a una visión dinámica del quehacer político. Todo estancamiento se pudre. La corrupción fermenta en esa posesión unívoca del poder no sometido a la purificación continua de su verdadero gestor.

El pueblo y sólo el pueblo es el verdadero propietario de la palabra.

domingo, 10 de febrero de 2013


BENDITO EL FRUTO DE TU VIENTRE




A los políticos nunca debemos conceptuarlos como la solución exclusiva de los problemas ciudadanos, pero sí como peones avanzados de ese esfuerzo de la totalidad de la ciudadanía para llegar a la cumbre de una democracia donde encontremos la plenitud de la realización de nuestras aspiraciones. Todos debemos sentirnos concernidos en la búsqueda porque la democracia no es nunca una delegación de responsabilidades sino una asunción intransferible de ellas.

La irresponsabilidad de nuestros políticos nos ha llevado a un desengaño democrático altamente peligroso. Las generalizaciones siempre han conducido a la hecatombe vivencial de los pueblos. Últimamente se palpa un interés en desacreditar a la totalidad de los representantes legítimamente elegidos, a los sindicatos, incluso por parte de aquellos que debían permanecer vinculados en unidad de esfuerzos. Ni todos son iguales, ni todos son corruptos. Esas generalizaciones benefician a intereses muy concretos y nunca limpios en su intencionalidad.

Surgen entonces ciertas voces sospechosas y espurias, que invocan la urgencia de una regeneración. Son vientres encinta deseosos de parir caminos limpios, puros, virginales que alumbran sin romperse ni mancharse.

Ahí está esperanza Aguirre. Exige una regeneración y se ofrece a llevarla a cabo. Hay que abrir las listas electorales y devolverle al pueblo el poder que nunca le debió ser sustraído. Enuncia una verdad gritada por el movimiento 15-M,  despreciado por ella cuando era presidenta de la comunidad madrileña. Vomitó los adjetivos más barriobajeros y ofensivos cuando los acampados en la Puerta del Sol exigían lo que ahora ella propone. Despreció a los funcionarios, tachó de vagos a los docentes, vendió la sanidad a capitales privados, entregó colegios al Opus a costa de sustraerlos a lo público, regaló tierras para construir Eurovegas traicionando una legislación impositiva, fiscal, saludable (no fumar en locales públicos). Su presidencia nació de una corrupción llamada “tamayazo”, incubó la perversión gürtel entre sus manos, se aprovechó de millones de euros proveniente de un presidiario llamado Díaz Ferrán, colocó en Bankia a los amigos que la llevaron a la ruina…Y ahora, después de treinta años de vida política, y cuando dice haberse retirado de su primera línea, se da cuenta que lleva en su vientre la regeneración necesaria y urgente para purificarla y devolver al pueblo lo ella y otros muchos le arrebataron.

Aguirre quiso disputarle a Rajoy la presidencia del Partido Popular. No lo consintió Valencia. Pero ahora al presidente le han quitado el mundo de sus pies. La corrupción más rampante y burda, seis millones de parados, el desarme del estado de bienestar, el hambre, los desahucios, el abandono de los dependientes, el empujón de jóvenes a la emigración, la sanidad entregada a capitales privados, el desmonte de I+D, las calles llenas de manifestantes de todos los estamentos, desde la marea blanca a las togas, desde los estudiantes a los jubilados, han conseguido el vértigo de un gobierno que no puede sostenerse en pie a base de que Fátima Báñez invoque a la Virgen del Rocío o de la peineta elegante de María Dolores-corpus-toledano.

Han proyectado hacer del país un tercer mundo y lo han conseguido. Y cuando a la ciudadanía le  duele el estómago por hambre y las aceras se manchan de sangre desahuciada, surgen la emperatriz de Lavapiés, redentora, salvapatrias, como fuego purificador.

Es verdad que estamos urgidos de transparencia. Es verdad que nos sobran Bárcenas y Correas y Gerardos. Es verdad que hay que dejar atrás el lastre de un empresariado que quiere dominar el circo a base de látigo. Es verdad que hay que desprenderse de “mamandurrias” Son verdad tanta verdad acumulada, sentida, anhelada. Pero confiar en el fruto de su vientre corre el peligro de que nos ahoguemos en una hemorragia pútrida.

El pueblo sí está encinta. Fecundado de libertad, de aspiraciones, de contenido salvífico. Bendito tú, ciudadano y bendito el fruto de tu vientre.