jueves, 9 de julio de 2015

RELAMPAGO



Este sabor amargo de relámpago,
de limones perforados
escociendo en las grietas
de los labios,
me recuerdan las puertas de tu carne
sin bisagras, desgarradas
con una sombra de uñas
que taladran la piel para alcanzar
el último refugio de tu piel.
No estamos en el tiempo
porque el tiempo es un zumo de relojes,
el dolor destilado
de una muerte sin retorno.
Escalo tu silencio
por su cara vertical
imaginando una cumbre cartón piedra.
Voy a guardar los desengaños
para clavarlos en la cima
de un olvido retorcido
como el cuerpo de un olivo.
Que nadie me regrese
hasta un dios original empeñado
en hacer con el barro una tristeza,
la infinita tristeza de olvidar el camino.
Sabor amargo de un relámpago oscuro,
sin luz, sólo tristeza
en los tuétanos blandos

que sostienen la pena de ser hombres.

miércoles, 8 de julio de 2015

FONDO DE MIEDO


Se sedimenta el miedo
donde los grillos pulen los huesos de la noche
y amortajan la luna para que la olvide el amanecer.
El miedo tirita.
Es el escalofrío de la duda,
de la incertidumbre agazapada en cada instante.
Consustancial la duda con el amor
nunca investido de infalible certeza.
El miedo ahí, entre la hierba del alma,
confundido con la raíz de los ríos,
enroscado en las gotas de lluvia
que guardan en su vientre odios y besos,
sexo y sangre,
contradicción absoluta
para que nadie distinga la grieta de unos labios
y la boca de un puñal sin retorno.
Miedo apretado por las aristas cortantes
de una oscuridad obstinada.
Se me ha atornillado el miedo a las entrañas.
Prohibe el grito, el llanto, la huida
porque está mandado
el triunfo de una alegría de plástico
cercado, defendido, para que nadie pueda
acercar un líquido inflamable
y se descubra el vacío absoluto
del hombre creado a imagen y semejanza de la nada.
Miedo cuando el primer contacto externo.
Miedo cuando la muerte nos incrusta el vacío.
Miedo a que tu presencia sea ausencia.
Miedo al hueco de los besos huecos.
Miedo al fin y al cabo.

Sólo miedo

domingo, 5 de julio de 2015

DESDE NUNCA


Tal vez vengo desde un ayer,
desde un siempre,
desde un nunca.
Intemporal,
pero sin eternidad.
Dios hueco,
vacío de si mismo.
Dios estéril,
útero inservible,
oligospérmico macho
con el sexo cegado en la entrepierna.
Ignoro mi raíz,
el barro primigenio
con tres partes de agua
que me conforma y me hace
consciente de mi nada.
Dios no es una respuesta.
Es sólo una pregunta
que cuestiona lo humano
y busca una salida
cuando sólo lo imposible es salida.
Queda la muerte,
la muerte sólo
como el último fracaso
de no haber sido nunca


sábado, 4 de julio de 2015

MI CALLE


Nací sin calle. Crecí sin calle. Viví gran parte de mi vida sin calle. Nadie tenía calle. Alguien se la había apropiado y era para él. La casa era todo y ni siquiera porque el dueño de la calle proclamó su derecho a instalarse en cada casa puesto que estaban en terrenos de su propiedad. Nací sin nada. Crecí sin nada. Viví gran parte de mi vida sin nada. Alguien se incautó de mi ser y no tuve donde existir. A lo mejor es que no existí nunca y fue mucho más tarde cuando tuve conciencia de estar en el mundo, de-ser-en-el-tiempo, de poder ejercer una libertad que me crecía dentro como un mundo recién hecho.

Sí. Fue mucho más tarde. Cuando la muerte enfiló hacia Cuelgamuros. Cuando el granito rodó sierra abajo y  aplastó la historia deshuesando una dictadura infame. Se le expropió la calle a aquel demócrata de toda la vida, a aquel bulto grande que se bamboleaba a izquierda y derecha como un buque desnortado y que pasó a ser una cabeza donde cabía el estado porque al estado lo había disminuido tanto que podía alojarse en una canica de barro con la que jugábamos los niños pobres.

Nadie nos regaló la calle. La conquistamos poco a poco. Sembramos las aceras de alegría. Las adoquinamos de libertad. Y florecieron las manifestaciones, las reuniones amistosas, los sindicatos de la lucha obrera. Se nos llenaron las manos de derechos : derechos de opinión, de reunión, de información. Fabricamos urnas y las poblamos de decisiones, de elecciones. El vecino del quinto no era un comisario político, sino alguien que unía sus hombros a los hombros de los demás para hacer historia. Hicimos de la espera una esperanza, del porvenir un futuro.

Era nuestra la calle. Y por ahí andábamos, cantando con Serrat, con Jarcha. Reivindicando la grandeza de Miguel Hernández, de Unamuno. Sartre y Camus alojados en nuestras bibliotecas, como una meta alcanzada con orgullo. Desaparecieron los correajes, las botas que dañaban los derechos, las pistolas de cachas brillantes con nombres de nucas concretas. Pudimos ser socialistas, comunistas, partidarios del galán Adolfo Suárez o de un Felipe que enamoraba. Con el tiempo Suárez se convirtió en aeropuerto y Felipe se redujo a sí mismo a un enunciado del ayer cerrado al mañana.

Los niños nacían en calles, jugaban en calles. A todos nos pertenecía. En ella festejábamos victorias futbolísticas, mecíamos macarenas enjoyadas, exigíamos subida de salarios, educación, sanidad, atención a dependientes, agradecimiento a nuestros viejos, dignidad para nuestras mujeres, puestos de trabajo. Gritábamos contra unos políticos que se creían dueños y no delegados, pedíamos que el Congreso fuera la casa del pueblo, que la educación no fuera un privilegio, que se respetara la dignidad sin que nadie se atreviera a pisotearla. La calle era la gran plaza donde la democracia recordaba aquella Grecia creadora de casi todo en lo político y en la belleza.

El poder en democracia es un servicio. Pero el poder limita siempre con la dictadura. La libertad es difícilmente soportable por los poderes públicos. Viven siempre con el miedo a que esa libertad se convierta en una categoría de infinitud. Y no se dan cuenta que la libertad o es infinita o no es libertad. Y aduciendo una presunta racionalidad y en nombre de un orden que en el fondo es una limitación, se dedican a ponerle una marco que la encierra y la convierte en la jibarización insoportable de una foto sepia. Ser libres es un pleonasmo de ser infinitamente libres. Pero los poderes no soportan el vértigo de lo infinito, les asusta la grandeza que sobrepasa sus márgenes de miseria existencial. Y sienten amenazado la pequeñez de sus mandatos por la inmensidad de los seres libres.

Y todo debe ejercerse “dentro” de un orden. Y ese “dentro”  revela el empeño en disminuir la infinitud. Y para enmarcar ese “dentro”  los políticos inventan cortapisas. Les escuece el miedo y construyen un “dentro” para sitiar la libertad, para que no sobrepase unos límites cuanto más estrechos mejor. Les da tranquilidad saber encerrada bajo llave, sin alas, sin voz, estrellándose contra los bordes que delimitan el “dentro”

Si la libertad se empeña en su infinitud, surgen las amenazas, las esposas, las culatas brillantes, las pelotas que saben dejar ciegos los ojos,  los calabozos con la mierda infectada en una esquina, con cemento, jergón y ni siquiera una almohada. Y los interrogatorios arbitrarios, y las condenas pendientes del humor de quien pregunta y los tribunales de uno a tres años, y…

De nuevo nos han dejado sin calle. La tienen guardada en una cámara de seguridad vigilada por los mercaderes. Ahí está segura. Ellos dominan los estómagos, el hambre, la miseria. Ellos saben cómo castigar la libertad que exige derechos.


Y ahí andamos. Demócratas sin democracias, libres sin libertad, bebiéndonos el miedo a chorros, mirándonos el estómago, aplastados como en aquel ayer casi lejano.

viernes, 3 de julio de 2015

CUANDO LLEGA LA TARDE



Las tardes existen porque la luz se cansa de andar entre los árboles. La luz toma entonces la forma de tu cuerpo. Sentado junto al río le miro sus ojos. Y eres tú quien está enfrente. Me sonríe su silencio como tú me sonríes cuando estoy cerca de tus labios. Hablamos la luz cansada y yo cansado. A lo mejor estoy haciéndome atardecer. Y busco las grietas de tu alma para convertirme en noche para siempre, para dormirme en ti, para morirme en ti, para descansar en ti.

Tengo nubladas las manos. Quiero tocarte porque esta luz eres tú. Busco tu piel como entonces. Tus caderas como entonces. Tu vientre como entonces. Tu luna como entonces. Quiero esconderme como ayer. Entrar en ti como ayer. Quedarme en ti como ayer. Porque la luz se llama como tú. Porque pesa como tú cuando recorres mi pecho. Porque la luz besa como tú. Porque todo es un tú.

Oye mi palabra, mis besos, mi tacto. Acéptame en ti. Déjame permanecer en ti. Estoy cansado, amor. Como la luz de los atardeceres. Si la muerte es olvido, no me olvides. Si la muerte es quietud, agítame. Desnúdate junto a mi muerte. Acaricia mi muerte. Bésala. Haz el amor con ella. Estoy seguro que resucitaré, que volveré a ser amanecer, a ser luz descansada. Andaré nuevamente por las ramas de tu cuerpo, abrazado a tu tronco, incorporado a tu estatura, como yedra ascendente.

Soy de nuevo. Porque me haces, porque me creas, porque no permites que me canse de vivir.


Buenos días, amor.

jueves, 2 de julio de 2015

TAN SOLA



Sola tu carne,
tu boca,
tus manos,
tus sombras.
Solos tus ojos,
tu espalda,
tu vientre,
tu sexo,
la calles de tu sangre,
las grutas del amor,
las habitaciones del alma,
los caminos del beso,
los gemidos impares
de la fusión suprema,
cuando el abrazo es abrazo
y se adentran los cuerpos
en sótanos azules
sin regreso.
Regálale a la soledad tu soledad y ven.
Vamos a soñarnos a la sombra
de la sombra de los besos


miércoles, 1 de julio de 2015

ESPERARTE


No sé si esperarte a la salida del tiempo
y hacer juntos la ruta de la muerte.
No sé si estás dispuesta
a vestirme el sudario
y perfumar mi ausencia
No sé si prefieres quedarte haciendo guardia
por si vuelvo a la vida
y no  encuentro el camino de tu alma.
No habrá a quién preguntar si no estás tú
y se me estropea el regreso
porque no sabe estar a la intemperie.
No sé si esperarte a la salida del tiempo,
a la hora en punto en que se acaban los relojes
y ya nada es nada,
locas las manecillas
escarbando la tierra.
No sé si esperarte.
Te quedan besos suficientes,
y risas suficientes,
y piel suficiente
para abrazarte al mundo
y gemir con tu luna entreabierta
para que te penetre el mar como en noches antiguas
cuando tú y yo rodábamos
por las cuestas abiertas de tu espalda.
No sé si esperarte.
He firmado mi marcha ante notario
y he pagado al contado una cruz y una frase,
una enorme mentira en vuestros labios:
“Los tuyos no te olvidan”