martes, 8 de octubre de 2013

VENGO



 Vengo sin un mar en la boca
ni una ola entre los dientes.
Mordiendo arena llego
a un horizonte inasequible.
Soy un olvido recién hecho,
una sombra azul,
un ramo de nostalgia,
una luz talada a ras de tierra.
Y aquí, desnudo como un río,
recostado en la memoria sin cuerpo,
estoy, hierba mojada, verde
para que la mastique el viento.
Vengo hueco, huérfano de mí mismo,
preguntando por la identidad abandonada
no sé dónde,
en el vientre de la noche tal vez,
en las espaldas del tiempo.
Alguien me arrinconó
en aquella matriz anónima
y no llegué a nacer.
A lo mejor no existo y soy tan sólo
el gemido de un perro llorándole a la luna.


lunes, 7 de octubre de 2013

ESE BESO



Pido que alguien me explique ese beso.
Que alguien me desentrañe el contenido
de ese beso con el tiempo marcado
entre las once y la una de cada noche.
Hasta mañana, ella. Hasta mañana, él.
Y un roce de mejillas, de labios casi nunca.
No sabré, si nadie me lo explica,
si se deja atrás el hoy o se convoca el mañana.
La almohada después.
con ramos de besos, de bocas, de melenas enredadas.
y muertes agazapadas,
muertes como icebergs recostados.
Hasta mañana. Y el beso inexplicado, inexplicable.
Las sábanas,
donde la anarquía de los cuerpos,
donde las piernas buscadas,
donde el sexo anudado,
donde fuimos sudor
y ahora frío, sólo frío.
¿Y por qué hasta mañana?
¿Para qué hasta mañana?
¿Alguien me explica si es un deseo
o la constatación horaria de un reloj multiuso?
No quiero el mañana
como una nostalgia del ayer.
Sólo somos costumbre. Tú y yo sólo costumbre,
rutina de calendario
con meses vencidos que se tiran
porque ya no nos sirven los recuerdos.
El cansancio que nadie me explica
se nota en el beso descolgado,
el beso sin sangre, deshuesado,
sin cielo en la boca,
sin dientes que muerdan
el fruto inguinal de la sorpresa.
 Somos olvidos paralelos
que nunca encontrarán la intersección
de sus calles sin balcones, sin aceras,
calles sin perros que pronostican
presencias con vida entre los huesos.
No quiero explicaciones
porque tengo las manos llenas de lunas falsas,
de sombras en relieve.
Vamos a darnos el beso de esta noche
sin que nadie me aclare por qué se parece
a un pañuelo negro,

a un agujero infinito.

domingo, 6 de octubre de 2013

ESTAS



Estás.
Intuyo que estás,
porque las manos huyen de mis manos
para buscar tu cuerpo,
para plantar banderas en tu piel,
delimitar los mares en tu vientre
y pintar ríos de algodón entre tus pechos.
Estás.
Por tus caderas de río iluminado  
recobran los labios su memoria de ayer,
su recuerdo instalado en el cielo de tu boca.
Estás.
Porque mis piernas escalan tus montes
de yedra y margaritas
y en tu rosa central
la noche encuentra lunas verticales
para alumbrar el camino
que lleva hasta tu hondura.
Estás. Estoy. Estamos
para siempre en el tiempo,
en el sueño,

en el momento exacto.

sábado, 5 de octubre de 2013

TREINTA KILOS






La muerte le pesaba treinta kilos. Treinta kilos le pesaba la vida. Treinta kilos el hambre, la soledad, el silencio, el abandono. Allá, por Sevilla. Donde la elegancia se hace giralda y el Guadalquivir cintura para el oro de una torre. Para una Maestranza de mujeres con claveles y sombreros de ala ancha. Qué hermosa Sevilla. Estrecha por Placentines con Cachorros a medida, con Macarenas de lujo, con Trianas morenas de verde luna.

Allá por Sevilla. Con comedores del hambre, con hospitales de bronconeumonías, con pobreza de guitarras cantando a la muerte y a la vida porque en Sevilla hay un derecho a copla en el Patio de los naranjos y en los Alcázares con huellas de reyes magos.

Allá por Sevilla. Murió un muchacho cualquiera. Treinta kilos de muerte como herencia de treinta kilos de vida. Kilos de asco, de inmigración, de ilegalidad porque el hombre con papeles es un ciudadano como dios manda. Y dios manda mucho en la Sevilla.-semana-santa, en los cofrades descalzos, en las cadenas arrastradas por Sierpes en la más bella  “madrugá”

De hambre. Murió de hambre, dicen. La autopsia dice que murió de pena. Se la encontraron en las tripas del alma. Allí estaba la pena agazapada, junto al desprecio, la indiferencia. Le pesaba más de treinta kilos la soledad y no la soportó su esqueleto con piel de inmigrante. Libertad vino pidiendo. Un trozo de trabajo, un poco de pan. Y una sonrisa para aprender a ser feliz de una puñetera vez. Unos derechos que le decían que tenía porque era humano. Se lo decía la ONU, los países democráticos, civilizados, cristianos. Tenía derechos. Y el chaval buscó por la Calle Feria, Relator, cerca del Gran Poder y San Gil. Y los derechos no estaban. Preguntando anduvo. Rastreando huellas de civilización occidental. En un hospital a lo mejor. Virgen del Rocío se llama. Quería cobijar su bronconeumonía. Poner su frío bajo techo, su disnea en el latex profesional de la conciencia médica, su dolor al amparo de un antibiótico que sabe de pulmones sin broncodilatadores. Y dos horas bastaron para que volviera a la calle, al asfalto, al hambre. Porque habían hecho el milagro de curarlo en dos horas. Y el alta, para que aprenda a respirar el aire de la Sevilla hermosa, la luz de las estrellas apoyadas en giraldas, para que siga buscando los derechos a los que tiene derecho por el simple hecho de ser humano.

A lo mejor no era humano porque nadie le daba esa categoría. Por encima del hombro lo miraban, por encima de la ilegalidad, por encima de la sospecha. Los pobres casi siempre son delincuentes y a los mejor sólo eran treinta kilos de criminal, de asaltador de viejecitas-cuatrocientos-euros-de-pensión. Había que desviar la mirada porque a lo mejor estaba al acecho de un trozo de pan, de una manzana, de la manteca “colorá” o tejeringos calientes.

Y llegó hasta el albergue del hambre, de los sueños sin cama, de los fríos sin mantas. Y estiró sus treinta kilos en un banco. Y se le acomodó la muerte en la postura estrenada a lo largo de su cuerpo. Joven. Era muy joven. Lo suficiente como para morirse.  Lorca recitaba: “Y se murió de perfil, viva moneda que nunca se volverá a repetir”.

Se equivocaba Federico. Se repetirá la muerte. Le bastarán treinta kilos de miseria para dibujar el perfil de cera. Bastará ser inmigrante, buscar derechos, pan, alegría. Bastará una bronconeumonía, una hepatitis, un cáncer. Y no podrá llegar a la farmacia porque Ana Mato expulsa del paraíso, como cualquier dios de derechas, a los que no tengan una tarjeta plastificada. Entre la vida y la muerte sólo media un plástico. Y Ana vigila. Y deniega. Y margina, sin remordimientos de conciencia que para eso es cristiana, apostólica y romana.

Allá por Sevilla están velando una pena joven, delgada, silueta casi de hombre. Treinta kilos de desprecio. Pero estamos todos llorando para lavar la hipocresía, el fariseísmo, avergonzados de nuestra propia vergüenza.


viernes, 4 de octubre de 2013


ALGUIEN






Alguien ha cerrado el mar,
la primavera, el viento.
Alguien ha cegado los caminos,
los ríos, el silencio.
Alguien ha cerrado la luz.
alguien lo ha cerrado todo.

Y estaba tu nombre dentro

jueves, 3 de octubre de 2013

¿Estoy junto al mar?
Tal vez no.
¿Junto al olor a madera de tus labios?
Tal vez no.
Me regalaste un río aquella tarde
con la espuma tatuada entre dos besos.
No era el mar. Era el músculo
olvidado de la palabra inútil.
Incapaz de apretar el eco,
de sacarle la sangre a las magnolias.
Reuní los pájaros del mundo
para hacerte un manojo de montañas,
clavarlo en las espaldas de la luna
y llenar la palabra con tus ojos.
No era el mar. No existe el mar.
Tal vez no existe nada.
La muerte, sólo la muerte
Como la carcajada de un trueno.





miércoles, 2 de octubre de 2013

DIOS TIENE BOLSILLOS



Creo que fue por dos mil diez. Han pasado tantas miserias desde entonces que se pierde la memoria de la cercanía temporal y uno siente la tentación de alejar las fechas y decir que hace mucho tiempo. Pero fue hace un rato, sólo un rato: en dos mil diez. A Zapatero le estalló la crisis en los ojos y lo dejó tan ciego que nunca entendió que era una crisis. Acudió al diccionario de seudónimos y llamó de cualquier forma a la situación económica. Después vinieron los visionarios, los de mirada primaveral y brotes verdes. Todo estaba a punto para regresar al paraíso del que nos habían expulsado las hipotecas basura. De nuevo volveríamos a casa, a sentir la caricia de la calefacción, la ternura de las alfombras y la cintura de la noche en la cama matrimonial.

La oposición no vivía en el país y por eso no supo de la existencia de la crisis. Montoro dijo aquello de que a España había que dejarla caer porque ellos la levantarían. Pero seguro que lo de Montoro también correspondía a una buena voluntad de servicio y había que perdonarle la reflexión porque él sabe sonreír como nadie mientras te clava un puñal. Y llegaron con la inocencia de Pons, María Dolores, Mato, Wert y sobre todo con la decisión de no doblegarse ante Europa, ni ante Merkel, ni ante el FMI, de Marianos Rajoy, con Bárcenas en la mochila, Bárcenas protegido, dándole ánimos por si no le llegaba el dinero para pagar la luz, el teléfono, los donuts, porque la vida es sufrimiento pero después llega el cielo, que lo decía Rouco, y sentarse a la derecha de Obama-Padre, que lo decía Rouco, y los milagros de la Blanca Paloma, que lo decía Rouco-Báñez ex cátedra.

Mariano también emprendió una cruzada contra los comunistas feos que tachan a Edurne de vestir de Gucci, que no tienen costumbres de jaguar, o que no entienden que el dolor es un negocio sin explotar. Y para bendecir esa cruzada anticomunista se incluía a la Jerarquía católica. Como entonces, cuando Franco. Como entonces, cuando Felipe y Calvo Sotelo y Aznar y Zapatero. Porque todos se colocaron mitras puntiagudas y se apoyaron en báculos como lanzas.

Gallardón empujó a la mujer los rincones de la historia donde siempre la había mantenido un cristianismo misógino, porque la mujer sólo lo es plenamente si es madre y las demás llevan manzanas en los pechos y serpientes en la entrepierna para perder al varón y sacarlo del edén del paraíso. Y ese servicio hay que pagarlo porque la mujer es un peligro en sí misma, que ya lo dijo Pasionaria y Bibiana Aido y hasta algunos hombres  (no confundir con machos) que pensaban que la mujer era un misterio insondable de grandeza. Y sí, ese servicio de Rouco Sociedad Anónima había que premiarlo por su constancia histórica.

Fue contra una pared como en otros tiempos. Se le vendaron los ojos a la sanidad, la educación, la dependencia, los desempleados, los desahuciados, los pensionistas. Iba repleto el camión del paseíllo al amanecer. Y se disparó por puro patriotismo, como en otros tiempos. Y llegó el tiro de gracia con indulgencia plenaria y bendición de su santidad. Y rodaron por el suelo el dolor-mercancía, el hambre-contenedor, la abuela-puchero con cuatrocientos euros al mes, el enfisema-daxas porque el aire tenía un precio, los cartones-manta porque las viviendas son propiedad de los bancos.

Pero allí estaba Franco-Suárez-Felipe-Leopoldo-José María-José Luis. Todos juntos, luchando, ejerciendo de exorcistas para ahuyentar hordas judeo-masónicas con la inestimable ayuda de los Obispos. Porque nadie se atrevió a decirle a la Iglesia que el pecado era un problema de su conciencia, no de la nuestra. Que masturbarse no implica ceguera, que el encuentro sublime hombre-mujer es un placer hormonal que nada tiene que ver con el explícito poder de la procreación, que a los niños hay que inyectarles ciudadanía por encima de servidumbres, que las rosas quieres ser laicas y que los claveles no son un milagro inexplicable sino el resultado de unas semillas, y que las células madres salvan vidas porque los científicos se han empeñado en investigar, y que la muerte debe ser una despedida placentera del tiempo y no una decisión divina, y que la historia es la hechura del hombre y no el resultado de un designio divino…


Por eso nadie se explica que la Jerarquía católica siga recibiendo millones de euros mensuales como si los bolsillos de Dios no tuvieran fondos. Y a lo mejor ni siquiera Dios tiene nada que ver con el Concordato. A lo mejor sólo es cuestión de mitras puntiagudas y báculos como lanzas.