lunes, 10 de noviembre de 2014

POR EL AMOR DE UNA MUJER.


Ahora dicen que el amor es una simple descarga eléctrica. Ahora dicen que el amor es una cuestión de ondas que se encuentran un día cuando cada una vuelve de tomar café en el bar de la esquina. Ahora resulta que el amor no es aquel escalofrío quinceañero que comenzaba en la entrepierna y terminaba en el agua limpia de unos ojos. Ahora resulta que el amor no es aquel palomar que le crecía a ella debajo del jersey mientras a él le crecía el pantalón del colegio. Ahora resulta que nada es nada y que todo se resume en Fenosa con una factura ininteligible como el misterio de una trinidad laica. Deseo. Atracción. Revolución hormonal. Eran nombres de entonces. Categorías de entonces. Conceptos restrictivos de entonces.

Después llegó el orden. Todo debía estar en orden. El corazón también. Se hicieron pecado los labios, las manos. Brotaba un fuego de infierno en el roce de los cuerpos. Nos asomábamos al abismo cuando una mirada hacía estación en los ojos de alguien. No podía tolerarse el desorden. Nos exigieron seriedad para todo. Y sobre todo había que ser serios en el amor. ¿Vienes en serio?, preguntaban los padres al muchacho que pedía la mano (no se atrevía a pedir más) de la muchacha de ojos negros como trozos de luna negra.

El amor no era un don. Era el resultado del orden y la seriedad. Debíamos amar como debíamos trabajar en la oficina, en el campo o en la tienda,  doblando y desdoblando cien veces la pieza de tela. El amor formaba parte de una lista escueta, limpia, esquelética. Era igual pagar la renta de la casa, visitar a los padres el domingo, amar, saber el pichichi de la liga. Todo era seriedad y orden.

Y de pronto aparecen Carlos Muñoz Obón y Monago. Y se dan cuenta de que sus cargos le otorgan la posibilidad de vivir en el desorden y con una dosis justa de seriedad. Rompen las reglas de la vida donde todo guardaba el orden de la lista de la compra. Sus cargos de diputado y senador les permiten saltar al lado de la libertad y en la libertad está el privilegio del amor. Tienen ordenador último modelo, internet, teléfono última generación, AVE, avión…Y con todo ello aparece el privilegio del amor. Pueden amar libremente porque son diputado y senador respectivamente. No tienen que ir a Sevilla con el ahorro de la privación de unas cañas, de la entrada Madrid-Barça, la cena en un chino…Eso queda para la plebe, para los vasallos, para el pueblo, para los del barrio llamado España. Ellos por el contrario, adquieren con su juramento o promesa de cumplir y hacer cumplir la Constitución el privilegio de poder amar cuando el corazón o la entrepierna lo pidan. Además de la comida, de una dieta para taxis, para vivienda, hay un dinero para el amor.

Y allá que se iban por turnos, supongo que por turnos porque el trío no estaría bien visto dada sus categoría de representantes de los desahuciados, los dependientes, los parados, del hambre infantil. No. No estaba bien que mientras los científicos se van a estudiar a otros microscopios y la vendimia francesa se puebla de mujeres y hombres doblados bajo el sol, ellos estuvieran haciendo el amor en un triunvirato de caricias.

Iban por separado. El amor había desembocado en los mismos labios, en los mismos muslos, en el mismo vientre. Y volaban a Canarias supongo que poniéndose previamente de acuerdo para no desprestigiar el derecho al amor que le daban sus sobresalientes cargos. Olga  era un imán político. Ella distinguía perfectamente el sexo de un senador o diputado del de un amigo de universidad. La testosterona política tiene una calidad que transporta a un orgasmo que sólo se vive en un consejo de ministros.

Pero siempre hay resentidos que se niegan al amor. Les amarga, les escuece la felicidad privilegiada de los elegidos para representar y defender a los ciudadanos. Todos se creen con derecho a su Olga particular y no admiten verla convertida en privilegio de unos pocos. Se manifiestan en protesta por el privilegio del amor sin ser conscientes de que para ellos el tomar un avión cada quince días es un sacrificio agotador que lo toleran por el bien de la patria y en defensa de los derechos de la ciudadanía. La ingratitud sólo se sobrelleva por la vocación de servicio que han cargado sobre sus espaldas. Lo del dinero de todos por nadie controlado es lo de menos. El amor es lo incontrolable por definición.

Por el amor de una mujer…


2 comentarios:

Pilar dijo...

Rafael, su hijo me habló de usted y de su blog. Acabo de entrar por primera vez y me quedo helada al leer sus líneas, pues además de la indudable calidad que usted tiene del uso de nuestra lengua, deja un regusto entre líneas de hombre sabio, sensible, comprometido y entregado. Qué ejemplo para muchos y muchas...
Felicidades. Pilar.

Rafael Fernando Navarro dijo...

Pilar, no tengo el gusto de conocerte. Tus palabras me han llegado al fondo. Agradezco tus elogio, aunque me sobrevaloras en ellos. Al margen de mi hijo, al que adoro porque es mucho para mí, espero que nos sigamos tratando a través de estas redes sociales tan denostadas pero tan valiosas para conocer a personas como tú. Gracias de nuevo. Ahí tienes mi blog para que te lleves lo que te guste. Un cariñoso saludo. Rafael