sábado, 17 de noviembre de 2012



MI  CASITA  DE  PAPEL



Para vosotros, sin vivienda, que pedís el techo de una sombra.

¿Se acuerdan?: qué felices seremos los dos…viviendo en mi casita de papel. Se acabó el ladrillo visto, el cemento oscuro y agresivo, las columnas oxidadas de hierro. Ha triunfado la papiroflexia: escribes un poema, doblas el papel en cuatro, en ocho, en no sé cuántos pliegues y te sale una barquito que dispara versos a las estrellas y palomas que arrullan los claveles y aviones que chorrean jazmines sevillanos. Y con un asesoramiento ministerial de la vivienda construirás una casita de treinta metros cuadrados. Los besos juntos, juntas las caricias y juntas las alegrías.

Derecho a una vivienda digna, dice la Constitución.

La dignidad no se mide por metros, dice la Ministra.

Tiene Vd.  razón. La dignidad no ocupa superficie.  Es vertical como los cipreses, como los tallos de la luz  No me preocupa la dignidad, Ministra. Me preocupan las penas. No hay lugar para ellas en los treinta metros cuadrados. Y no quisiera dejarlas fuera por si el viento, por si la nieve, por si la lluvia. Por si alguien me las roba creyendo que las penas del otro siempre son más leves que las propias. A lo mejor el ladrón  no las riega, no las alimenta, no contempla sus rosas azules. Y Las penas se mueren de pena, de lejanía, de abandono. Las quiero junto a mí, Ministra. Pero no me caben. Pena de hombre solo, olvidado. Con versos desordenados por las esquinas. Con soledades colgadas de perchas como si estuvieran ahorcadas. Con indiferencias sentadas en los taburetes. Con complejos impares, boca arriba en la cama. Con manos sin cintura. Con cuerpo sin cuerpo, con manos palpando vacío solo.

No me caben las penas, Ministra. ¿Y qué hace un hombre sin sus penas? A Usted  quisiera yo verla, acomodando su hermosa estructura, rodeada de órdenes ministeriales, reales decretos, guardaespaldas, tentaciones deshonestas del tres por ciento. Pero sin una pena que llevarse a los labios.

 ¿Lo aguantaría?  Estoy seguro que exigiría a la Ministra de la Vivienda, que se exigiría a sí misma, unos ventanales anchos, unas celosías abiertas de par en par y una terraza sembrada de geranios, claveles y pensamientos morados.

Dignidad aparte, le agradezco los treinta metros cuadrados.  Me voy a echar a andar por los caminos grandes, bajo lunas inmensas, abrazado a mis penas grises, negras, mis penas humanas y humanizantes. Seguro que habrá un olivo de sombra redonda para reposar el cansancio, el inmenso cansancio de ser hombre.




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