martes, 22 de noviembre de 2011

POR AMOR DE DIOS

Los pobres ya no son lo que eran. Andaban por las aceras, esponjas de tinto muy tinto. Pobres a medio hacer o a medio destruir. Faltos de piernas, de brazos, de ojos. Herencia de una guerra-cruzada que nos salvó del comunismo y nos puso boca abajo por los siglos de cuarenta años. Pobres-maleantes porque así lo decidían charreteras brillantes y sables como lunas enfundadas. Pobres condecorados de miseria por republicanos, por judeomasones, por subversivos. La vida era el resultado de méritos empotrados en el pecho por fusiles fusilando paredes blancas de cementerios blancos.

Pero eran pobres como se debía ser pobre, como estaba mandado y legislado. Se cumplía con el mandato divino de ser pobre porque Dios así lo quería. Tiempo habría en la otra vida para disfrutar la riqueza. Pobres nacional-católicos que te pedían una limosnita por el amor de Dios. Unos céntimos de peseta entonces y que Dios le bendiga. Limosna-mercadillo, canje de pesetas por anestesia de conciencia. Y cada uno a lo suyo: bocadillo de sardinas y misa de doce-Sagrado-Corazón-en-vos-confío.

Los pobres ya no son lo que eran. Ya no piden al rico por amor de Dios ni desean que él te lo pague porque se han vuelto pobres-laicos y piensan que son pobres, terriblemente pobres, para que otros sean ricos, terriblemente ricos. Son pobres cristianofóbicos. Tienen prisa en el estómago y no pueden esperar a la otra vida. Desprecian la caridad por la injusticia que encierra y exigen sanidad para sus enfisemas, escuelas para sus hijos, un techo para acariciar carnes morenas, un trabajo para sentirse responsables de la construcción del mundo. Piden justicia distributiva, reparto humano entre las manos del mundo. Los pobres ya no son lo que eran.

Son los mercados, las primas de riesgo, la deuda soberana, la especulación, la burbuja inmobiliaria. Pero ahí está Rajoy, azul-España, azul-recuerdo, Pirineos-azul, azul-Estrecho. Y Rouco viajando en silla gestatoria hasta Génova, para bendecir, para derramar la gracia sobre el recién ungido por las urnas, para colocarle entre los ojos las causas reales de la miseria que vivimos: se debe "en síntesis y en el fondo" a "la pérdida de valores morales, que van de la mano del relativismo y olvido de Dios y su santa ley". Pero Rouco como siempre, se esconde. No denuncia la injusticia. No dice quién ha perdido esos valores. Porque no son los pobres, Monseñor. Son los poderosos, los especuladores, los que distorsionan la vida y no andan tirados por las aceras llenos de tinto muy tinto. Son los ricos epulones que dan por terminada la hechura del mundo simplemente porque se la han apropiado, la han robado de los almacenes de la justicia, la grandeza y el amor. Entre todos ellos está la Iglesia y su jerarquía: "urge intensificar" la respuesta pastoral ante la "gravísima" crisis económica, para lo que Rouco ha pedido aumentar los recursos económicos de la Iglesia a través de Cáritas. Usted, señor cardenal, se ha querido poner el primero en la cola de los bancos, de las agencias de calificación, de los mercados. Para retirar sus parte de dinero que se supone que todos los españoles vamos a entregar por obra y gracia de Mariano Rajoy. Para eso han pedido el voto descaradamente.

Ayudan a esta crisis económica, dice Usted, el matrimonio homosexual. Nunca hubiera imaginado que el amor fuera un veneno capaz de canjear la justicia por el abandono de una lucha humanizante. Le repugnan las conductas antinatalistas porque le escuecen los besos por los besos, las caricias por las caricias, el temblor del éxtasis sexual si no conlleva una voluntad procreadora. El amor, Monseñor, es la suprema “inutilidad” porque nunca puede ser usado para lograr fines más nobles que él mismo amor, porque a sus espaldas sólo está la nada. La rosa es bella simplemente porque es rosa. El mar es el mar porque no nos cabe en las manos. Usted no ha comprendido que al mundo lo mueve el dinero, pero que a la historia sólo la sostiene y la construye el amor. Déme un puñado de amor y cambiaré la costumbre de ser hombre por la tarea de serlo en plenitud.

Los pobres ya no son lo que eran. Ahora exigimos justicia enamorada.

3 comentarios:

Mª Dolores Amorós dijo...

Maravilloso, querido Rafael.

Bendita denuncia contra la indecencia de la especulación nunca satisfecha por más pobres que haya engullido.
Y bendita denuncia contra la falsedad de estos monseñores que tienen muy claro dónde se halla su reino: money, money y siempre money.

Un abrazo con todo mi cariño.

pcjamilena dijo...

De niño me dijeron que Dios estaba en todas partes, no he sido capaz de encontrarlo, quizás por demasiado grande y hermoso para mí o, quizás lo buscaba en las coordenadas y entresijos de esta iglesia terrenal que a cada paso me decepcionaba. Es decir “a pies juntillas”

Hoy, como ya hace algún tiempo, me he topado con usted, (a Dios gracias) con su verdad y su amor, con su denuncia y fiel reflejo de una realidad que reconozco sin que vengan a decirme lo vivido otros. Sin admitir que vuelvan ha hablarme de futuro como ya lo hicieron.

Hoy sin la suerte de haber hallado a ese Dios. Me siento satisfecho con leerle, aunque sus escritos rezuman a un tiempo lágrimas de dolor e injusticia que, si no fuera por la belleza con que los cuenta o quizás por ello... ¡que bien sientan!

Amigo, aquí me tiene, para leerle siempre. Un abrazo.

José Miguel dijo...

Jolín, Rafael... qué anonadados nos quedamos. Ya no sé qué decirte para ratificar tus letras, hacerlas expansivas y repartirlas como octavillas. Pero no, porque algunos las calificarían de panfletos subversivos y harían una hoguera con el tizón de su ignorancia. Así que, acariciando el egoísmo, prefiero como dice pcjamilena.."me siento satisfecho con leerle" Un abrazo.