jueves, 11 de noviembre de 2010

SI ME RESPONDIERA EL PAPA

El Papa ha venido a España y los medios de comunicación se han hecho eco de sus declaraciones desafortunadas, ofensivas incluso. El Papa de Roma ha hablado sobre el laicismo, la necesidad de una nueva evangelización, la realización personal de la mujer, el aborto, la eutanasia, los matrimonios homosexuales y sobre todo lo que creyó oportuno. Para eso era un invitado de honor y le asiste su posesión absoluta de la verdad.

Descartadas por malintencionadas sus afirmaciones relativas a la agresividad del laicismo vigente y su equivalencia con lo acontecido en los años treinta, los artículos leídos y las opiniones expresadas por contertulios radiofónicos y televisivos coinciden de forma unánime en que el Papa no ha hecho más que predicar la doctrina esperada y siempre defendida por la Iglesia a lo largo de los siglos. Nada ajeno a ese cuerpo doctrinal podía pensarse. El Papa queda así reducido al papel de mero repetidor de una imagen sabida de antemano, fruto de una supuesta revelación a través de las sagradas escrituras y mantenida por la tradición como cimientos de una fe inalterable. El Papa apela al “derecho natural” y lo aporta como alimento de la vivencia cristiana por los siglos de los siglos. Cierra así todo devenir histórico. Las cosas son como son y la historia queda vaciada de dinamismo creador de futuro.

¿Pero pertenece a lo “natural” todo lo predicado como surgido de lo natural? Este basamento como matriz de humanidad no es un parámetro sostenible de un proyecto existencial. El hombre no es un dato empotrado en el tiempo, sino que su temporalidad lo convierte en empresa de sí mismo, en tarea, en quehacer. Vivir es asumir el ayer para configurar un mañana.

Fundamentar el dogmatismo religioso en la revelación es arrogarse, desde una inaceptable postura de orgullo, la posesión exclusiva de la verdad absoluta. La Iglesia se convierte en exclusiva y excluyente, en lugar de ejercer como conciencia de pueblo de Dios, peregrino entre la búsqueda y la duda hacia su propia redención. Todas las religiones aseguran hundir sus raíces en la revelación y esta actitud debilita por sí misma tal aseveración.

Preguntemos: ¿Se puede fundamentar en la revelación divina o en el “derecho natural” la existencia de una Iglesia cuya jefatura es elegida por un aristocrático colegio cardenalicio compuesto por príncipes elitistas y no electos por ningún consenso de base? ¿Responde de verdad esta institución piramidal a una consecuencia evangélica o a un estado de derecho natural? ¿Es sostenible la imposición de leyes que exigen una adhesión intelectual a dogmas indiscutidos por indiscutibles? ¿Cómo puede ser el código de derecho canónico la médula de la praxis vital al margen del mensaje evangélico? ¿Cómo puede relegarse a la mujer hasta rebajar su realización al trabajo en el hogar? ¿Cómo imponer la reproducción como finalidad exclusiva del matrimonio por encima del amor y condenar en consecuencia la unión homosexual? ¿Cómo evitar el elemento mágico asignándole a Dios la aportación del alma en el momento mismo de la concepción? ¿Dónde está Dios cuando la procreación no es la consecución natural del acto amoroso? ¿De qué Dios se nos habla cuando se predica resignación ante la pobreza calculada por los poderosos de la tierra que acarrea una catarata de muertes diarias en el mundo? ¿Qué Dios cristiano puede ser el que necesita del dolor infinito del ser humano para sentirse a gusto consigo mismo? ¿Tenemos que dar por sentado que la doctrina de la Iglesia tiene que ser la que siempre ha sido? ¿En base a qué esa involución inamovible?

No terminaríamos nunca de preguntar. Tal vez porque el ser humano es siempre una pregunta sobre sí mismo.



1 comentario:

Mª Dolores Amorós dijo...

Exquisitas reflexiones, querido amigo. Es cierto, comenzamos a pensar en las contradicciones de las palabras dichas sin responsabilidad semántica alguna, y cabe luego esa cadena de interrogantes sin fin. Y es que esta palabra vaticana y obispal no puede ser la del Cristo crucificado, la del hombre amante de sus semejantes, niños, prostitutas, amigos, enemigos...El hombre que se desprende de lo propio, incluso de su propia vida, por entrega y amor a los demás.
El divorcio entre este Dios desnudo y el dios en que se clonan los jerarcas eclesiales, de tan patente, es repulsivo.
Un cariñoso saludo, Rafael. (¡Y qué mente tan ágil, clara y despejada tienes!, es una maravilla envidiada).