EL ABUELO
Olía a viejo. A incontinencia urinaria, consecuencia
de una hipertrofia prostática que los médicos nunca se atrevieron a operar. O
nunca quisieron, sospechaba él, porque el dinero gastado en personas de noventa
años era un dinero tirado a una tumba.
Pasaba las mañanas sentado en la plaza del pueblo
junto a otros viejos. Les repetía que había tenido cinco hijos concebidos en la
cama, en la era, cuando los mulos descansaban de un sol clavado en los ijares,
o cuando la recogida del algodón.
Pepe había nacido con un problema cerebral a causa de
los fórceps. Murió a los pocos días y lo lloraron de noche y el alma se les
llenó de luto. Antonio era médico, una eminencia, repetía cada vez que un
compañero de banco se quejaba de un dolor cualquiera. A Paco lo habían mandado
al seminario porque allí tenía asegurada la comida. Paco vio un día los pechos
de su prima y decidió que tocar aquellos pezones debía ser un adelanto de la
vida eterna. Miguel seguía la tradición de las eras, con mulos cansados de
verano, la recogida de algodón y de aceitunas rebuscadas en el frío más glaciar.
Jorge había ganado unas oposiciones al ayuntamiento y era jardinero del pueblo.
Pero a él le gustaba restregarles a todos, que había ganado unas oposiciones y
que no era fruto de su afiliación política.
Olía a viejo. A incontinencia urinaria. Los sábados se
lavaba lo más imprescindible y se ponía la muda nueva que ella le había
preparado durante todos los años de su vida. Necesitaba orinar con mucha
frecuencia. Era normal. Lo aseguraba aquella eminencia médica que era su hijo.
Y a los viejos ya se sabe que les cuelga una gotilla que va dejando rastro por las aceras.
Eran seis o siente en el banco de la plaza. Todo
dependía del catarro de uno o la artrosis de otro. Rara vez se juntaban todos.
Y apoyada la barbilla en el bastón,
miraban los andares de las mujeres que parecían huertas vivientes,
florecidas de lechugas, manzanas, plátanos, judías verdes y aquel pan que
vendían en la gasolinera, parecido casi al pan negro de posguerra, pero que era
bueno para la sangre, según decían. Pero sobre todo contemplaban la belleza de
sus culos, los pechos brillantes y planetarios de las jóvenes y los muslos
asomando por faldas escuetas. Se miraban entonces unos a otros. Se guiñaban un
ojo y terminaban con una sonrisa sabia de quien ha entendido que la vida es un
manojo de aire que se llevan las lunas y que no regresan arrepentidas a las
ingles que huelen a incontinencia urinaria.
Los hijos eran un resumen de la lucha de clases. Médico,
agricultor. El seminarista arrepentido estaba en el paro, con angustia, sin
futuro, buscando pezones como los de su prima y un poco de droga para olvidar
la desesperanza. Y quedaba el jardinero que había ganado las oposiciones y que
no quería casarse porque el sueldo no daba ni
para el cubata de los viernes.
Mañana, se juntarán de nuevo en la plaza del pueblo. Apoyarán
la vida en la curvatura del bastón. Se guiñarán el ojo ante un cuerpo de
giralda o unos tacones que cimbrean la
cintura de macarena de pueblo. Piensan que ya queda menos, mucho menos, para
descansar para siempre, como si para ellos la vida hubiera sido sólo un
tremendo cansancio.
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