LA FILA DE ESTOMAGOS
Dicen que en este país somos muy aficionados a hacer
colas. Para el cine, para el fútbol, para un concierto. Supongo que esta
afición es universal cuando lo que se desea es conseguir algo deseado por
muchos.
Ultimamente entra un escalofrío en la piel del alma
cuando la fila está compuesta por estómagos vacíos, cuando la fila la compone
el hambre multiplicada por sí misma hasta alcanzar cifras longitudinales que
pesan sobre los esquemas del pueblo desarrollado que somos. En la fila de
países prósperos, de economías florecientes ocupamos uno de los primeros. Y
nuestros políticos se ufanan de ello, de un crecimiento económico superior al
de muchos pueblos europeos, con una prima de riesgo que baja, con un déficit
amparado por el artículo 135 de la Constitución hecho a imagen y semejanza de
una deuda soportada por méritos propios o impuesta por la usura ajena. Les
confieso que me sobrepasan ciertas coordenadas y por eso no las nombro, porque
su nombre mancha, infecta y destruye el tejido del alma.
Filas de hambrientos. Recuerdo aquellas huchas cuando niño. Donativos para los negritos, para
convertirlos al catolicismo y darles de comer. Y nos ponían filminas con
vientres hinchados, pieles infantiles pero ya viejos, mujeres jóvenes con
pechos de setenta años, hombres apoyando su debilidad en árboles desconocidos.
Había que convertirlos a la verdad única porque fuera de la iglesia no había
salvación y había que darles de comer porque dios no entra en almas con
estómagos dilatados por el hambre, en pezones secos, en muslos sin carne para
la caricia.
Yo no hay huchas con cabezas de negritos. Ahora todo
se desarrolla con higiene y hasta elegancia en las catedrales del consumo. Los
voluntarios están plastificados con unos dorsales elegantes. La comida viene
enlatada y limpia como si en cada bolsa hubieran metido un detergente
invisible. Y dan gusto los macarrones, las lechugas, los flanes. Porque esta no
es el hambre miserable del tercer mundo. Es el hambre elegante del primero. Y ahora
se llaman bancos de alimentos. Me repugna que se denominen bancos. Los bancos
son rapiña y no se compadecen con esta generosidad y solidaridad de los que
aportan alimentos y de los que emplean su tiempo para preocuparse de los de la
fila del hambre.
La fila de estómagos vacíos aumenta. Parados viejos
para trabajar, pero jóvenes para estar sin trabajo. Jóvenes sin futuro y
mayores sin pasado. Hartos de repartir curriculums y las espaldas cargadas con
la respuesta gastada: ya le llamaremos. Hogares donde no entra un euro y los
niños no desayunan ni comen ni cenan, parejas que no se besan porque tienen los
labios cuajados de lágrimas, de angustias, de penas. Viejos que con quinientos
euros de pensión hacen sopa de ajos, pero sin ajos y sin huevos porque eso es
un lujo para los pobres. Matrimonios que se acarician en un parque porque ella
vive con sus padres y él con los suyos. Desahuciados sin un techo para mirarse
a los ojos. El frío atado a los huesos porque no hay luz ni gas y hay que
taparlo con mantas que dan de vez en cuando en Caritas.
Y la vergüenza de ser pobres. Que no los vea la señora
del quinto o el compañero hasta ayer de oficina, de andamio, de camión. Que
nadie sepa que tengo hambre y que mis hijos y mi padre y mi suegra tienen
hambre. Que no me vean en la fila de los estómagos vacíos porque se me vienen
los colores del pudor, del recato, de la ignominia de ser pobre.
¿Cuántos sois?
Los que figuran en la ficha (cuando Franco se llamaba cartilla de
racionamiento) Seis. Somos seis. Mi marido, mis padres, dos niños y yo. Y el
aceite, los macarrones, galletas, leche, naranjas y mortadela. No sientas
vergüenza por ser pobre. A mi marido le han dicho que ya lo llamarán. Es
mentira. No lo llamarán y ella lo sabe, pero se consuela pensando en el andamio
de siempre, en la oficina de siempre, en el camión de siempre. No acepta que
serán pobres para siempre.
Y Rajoy diciendo que somos…Y Montoro diciendo que
somos…Y De guindos diciendo que somos…Y Cospedal proclamando que tenemos un
gobierno que crea empleo. Y Floriano subido a la gloria de Bernini. Y Wert, que si nuestros hijos no estudian es porque
gastamos el dinero en tonterías. Y que tenemos una sanidad modélica, aunque hay
que co-pagarlo todo, hay que elegir entre el Seretide 500 para respirar o un
trozo de pan sin nada dentro.
Una fila de estómagos vacíos. Vacíos de pan, de
esperanza, de futuro, de mañana, de luz, de gas. Estómagos huecos. Formando
fila porque el hambre también requiere un orden. A ver si esta noche le damos
una tortilla francesa partida en tres a los niños y un poco de leche con agua
del grifo para que ilusione el sueño helado de la chavalería.
Una fila de estómagos vacíos. La fila de la vergüenza.
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