lunes, 13 de octubre de 2008

UN DIOS EXCLUYENTE

Me dan miedo los que hablan en nombre de Dios, sus intérpretes y traductores. Dios es la eterna pregunta que el hombre se hace. La interrogante está ahí. Dios no debe ser planteado como la respuesta al acontecimiento humano. El dolor, la enfermedad, la desigualdad, la pobreza, la injusticia no son la planificación de Dios sobre la humanidad, sino más bien la injusticia ejercida por el hombre sobre sus compañeros de viaje. El no es la explicación del acontecer humano, sino más bien la interrogante última del hombre cuando se pregunta sobre sí mismo.

Pero junto a esta actitud de humildad suprema y de suprema indigencia, siempre surge el malabarista que se erige como intérprete indiscutible. Y en nombre de Dios expone e impone su voluntad, nos sirve de puente distanciador y hace de su autoridad una dictadura traducida en dogma intelectual o en norma inapelable de conducta.

Cuando uno se pierde por los patios de Córdoba siempre se topa con la Mezquita como punto de encuentro. La Córdoba lejana y sola de Lorca, con sanrafaeles de agua y mármol sobre puentes romanos, nos conduce hacia el centro de sí misma: la Mezquita. Y allí, donde el Dios cristiano revolotea de arco en arco, quieren reunirse los musulmanes para rezarle a su dios. En ese bello bosque de palmeras rojas y canelas quieren unos y otros albergar su soledad, su miseria, su cansancio de ser hombre y contárselo al dios que puso su tienda de campaña entre nosotros y se hizo prójimo como respuesta suprema a la eterna pregunta. Hombres unidos y reunidos en torno a una concepción común, aunque diversa, formando un ramo de aspiraciones, de esperanzas, de preguntas abismales. Hermoso. Me parece hermoso.

Pero surgen los propietarios únicos de la verdad, de la razón. Los que manejan la voluntad divina como propiedad exclusiva, y lo que es peor, excluyente. En nombre de Dios y del pueblo sencillo, el Obispo de Córdoba se opone a la reunión orante de cristianos y musulmanes. Habla en nombre de una deidad estrecha y de una sencillez que es una forma más de subestimar una postura previamente creada de xenofobia espiritual interesada y rentable.

No se trata de discutir la “propiedad actual” de la Mezquita. Se trata de crear un espacio donde el hombre se pregunta por sí mismo y hace del misterio un horizonte humano y humanizante.

La Iglesia, católica (universal) por definición, no puede dejar fuera a todo el que no se atiene a sus criterios estrechos y anatematizadores. La verdad es verdad en cuanto está hecha de búsqueda, nunca de encuentros definitivos. La provisionalidad da sentido a la tarea de hurgar en el misterio. La propiedad privada de la verdad está en contra de la universalidad del amor.

La historia debería enseñarnos la perversión de la exclusión: los herejes, la investigación científica, la mujer, los homosexuales… La Iglesia no es lamentablemente una pregunta sobre el OTRO, sino un régimen canónico estricto, coercitivo, dogmático y hermético. Para eso ya tenemos las experiencias dictatoriales. Estamos necesitados de espacios sin límites, de mares anchos, de plazas abiertas donde encontrar una palmera, un chorro de agua y una flor que acompañe el cansancio de la sangre.

¿UN ASESINO MENOS?

Se ha ejecutado la pena de muerte contra Sadam. Y lo he oído comentar mientras tomaba una café: “un asesino menos”

Se colaba por los adentros el frío de fin de año. Eran los comercios un derroche para celebrar 2.007. Las uvas, los regalos, el cava y una alegría envuelta en celofán crujiente. La humanidad se deseaba felicidad para el futuro y ostentaba la alegría de contar con un asesino menos entre sus filas. Sadam colgaba de una cuerda para regocijo de Buhs que aseguraba que en Irak se había dado hoy el paso de una dictadura a la consolidación de una democracia. Aznar declaraba que entendía justa la sentencia dados los antecedentes del ahorcado. A algunos se les ensanchaban los pulmones y relajaban la vida apoyando los pies en la mesa del despacho oval. Las Azores eran hermosas. Y las madres de los soldados muertos en esa guerra lloraban como la Piedad de Miguel Angel. Pero las madres importaban menos. El petróleo es un diamante negro que puede lucirse en la solapa orgullosa de los mandatarios asesinos.

Sadam muerto purifica la sangre porque desinfecta la humanidad. Así pensaban algunos esta mañana mientras tomaban café: Un asesino menos. Matemática reconfortante la que resta maldad a los huesos fríos del invierno.

No es fácil llegar a ejecutar una pena de muerte. Se necesita alguien que la dicte, alguien que no la impida, alguien que la ejecute y un coro de aplausos que anime a los verdugos en su glorioso cometido. El reo es lo de menos. Sirve un dictador o el desertor de un régimen. Basta con la camaradería de Buhs, Aznar y Blair. Las cervicales rompen solas y la muerte cruje como un campanario de resurrección.

Y uno llega a la conclusión de que a las cuatro de la madrugada han brotado unos asesinos en grupo, necesarios para poder condenar a muerte a un asesino solitario como Sadam. Se ha respondido a la muerte con muerte y me huelen los magnolios a cadáver y a putrefacción los cedros del jardín. Me preocupan las ardillas que siempre van huyendo, los pájaros acurrucados en un sol debilitado. Me preocupan los que creen que a la humanidad le hemos restado un asesino sin darse cuenta que le hemos sumado pistolas negras, sogas rompedoras de cervicales, tiros de gracia que desnucan la vida.

¿Un asesino menos o unos cuantos asesinos más? Y que nadie saque la falsa conclusión de que uno aprueba la tiranía de Sadam. Sólo los estrechos de pensamiento, como Aznar, nos pueden decir a los que nos manifestamos reiteradamente contra esa guerra ilegal que no estar de acuerdo con la invasión significaba estar en armonía con el tirano. ¿Cómo hacerle comprender al ex presidente del gobierno, a su raquitismo intelectual, que la línea que separa a los dictadores de los demócratas es el distinto comportamiento ante la vida? El demócrata sólo tiene la palabra. Los dictadores, llámense Sadam, Franco o ETA tienen las pistolas. Y frente a todos ellos sólo exhibimos manos blancas, para lavar la sangre de todas las víctimas.

No siempre el café reconforta. A veces envenena porque es negro, muy negro como unas rosas extrañas.



TREINTA AÑOS

Para Carmen Toledano, surgida del pueblo,
mujer, alcaldesa, mujer sobre todo y para
para siempre.






Veníamos del miedo, del silencio. Con huellas de espuelas en el alma. España de taconazo militar. España en actitud de firmes. Con árboles sufriendo los trombos de noviembre. Con el Pardo flebítico, siempre próximo a la agonía.

Nos encontramos entonces con la palabra desnuda. Treinta años hace. Nada más. Nada menos. Lo recordaba por dentro, mientras tomaba posesión una alcaldesa. Cuando un general generalísimo enfrenta plazas de oriente, macho de charreteras doradas, de sentencias de muerte irrevocables, una mujer alcaldesa. Ahí están los treinta años. La historia haciéndose mayor, avanzando, encarnándose en el pueblo, hurgando horizontes nuevos.

Veníamos del miedo y nos encontramos con la libertad, injertados de futuro, arquitectos de la alegría de existir sin que nadie nos usurpara la aventura de trabajarnos la existencia, de ser nosotros mismos. Ahí están los treinta años.

Nos encontramos con el poder de decisión en las manos, entregando y asumiendo responsabilidades, designando alcaldesas impensables, conscientes de treinta años vividos.

“Libertad. Libertad sin ira. Libertad. Guárdate tu miedo y tu ira porque habrá libertad.” Trencas arropando el miedo. Panas abrigando la intemperie. Teníamos que aprender a vivir al descampado, prójimos de estrellas limpias, de lunas frías, sin un Dios nacional sindicalista, sin Vírgenes morenas con mando en plaza, sin ángeles-sublevados-un-diez y ocho-de-julio. Ahí están los treinta años.

También ellos regresaron del miedo, del mañana embargado, de la historia expropiada. Alberti inyectando poesía, Pasionaria dando coraje y músculo, Carrillo aportando serenidad equilibrada, Tarradellas, con exilio arrugado entre las cejas, y los republicanos que se fueron con balas en los talones.

Que alguien nos libre de los que hacen del miedo su predicación cotidiana: los Roucos, los Cañizares, los Acebes, los Zaplanas, los Rajoy, los Aznares. Que alguien calle a estos profetas de la angustia. España descuartizada, España entregada a las pistolas, España descristianizada por la invasión de mezquitas y alhambras, España siempre al borde de una lucha fratricida, balcanizada, España recordando rojos muertos, padres fusilados, homenajeando cunetas con huesos de mártires laicos, España de pañoleta y luto para siempre. Del llanto de estos seres siempre a media asta, líbranos, Señor. Porque han pasado treinta años. Y es posible una alcaldesa imprimiendo elegancia al mando y al servicio. Y es posible la fraternidad con el negro, el marroquí y el rumano. Es posible la España abierta a la horizontalidad de las culturas, sin Isabel y Fernando excluyentes, sin Francos al frente de tierra, mar y aire, con las urnas abiertas como vientres fecundos de esperanza.

Treinta años: el pasado de muchos, el futuro de todos.




TOTALITARISMO Y DIGNIDAD

Cuando preguntamos qué es el hombre, estamos sitiándolo, amurallándolo hasta tal punto que termina destruido. Porque el hombre no es, sino que deviene. Lo humano siempre está llegando a serlo. El hombre pregunta por sí mismo, es siempre el dato penúltimo, y se hace en la medida que tiene conciencia clara de estar llegando a ser.

Este quehacerse con los demás es la tarea política en el sentido noble del término, en cuanto construye la ciudad habitable para todos.

Este dinamismo existencial lo ignora el Arzobispo de Valencia, Agustín Gascó, cuando con una simpleza absoluta nos previene que si la política pretende ocupar el lugar de Dios, genera una práctica social monstruosa y termina en totalitarismo. En su visión cosificada de lo humano no cabe realmente el hombre ni la política. Tal vez eso explique el totalitarismo (ahora sí) dogmático en el que se mueve con la proclamación de una ley natural que vincula la conciencia humana a Dios, sin permitirle una iniciativa en libertad y convirtiendo la existencia en una determinista respuesta a los designios de un Dios, no prójimo, sino dominador.

Todo totalitarismo aplasta la dignidad. No registra la historia reciente esa lucha antitotalitaria durante los cuarenta años de dictadura última. En la manifestación de Cibeles ya nos avisó este esforzado valedor de la democracia que estaba amenazada por los divorcios exprés y la homosexualidad. Los homosexuales y los separados son los grandes peligros para el sistema de libertades que hemos conseguido. Es admirable esta conversión que le ha permitido a Gascó transitar de la connivencia más repudiable con los golpistas a la preocupación por una dictadura impuesta por Zapatero. Parece ser que el actual gobierno, no sólo ataca a la familia, sino que arremete contra una Constitución, una democracia y unos derechos humanos que tanto le costó conquistar a la Jerarquía católica enfrentándose al general.

¿Se ha dado cuenta este Cardenal libertador de la imposibilidad de desarrollar iniciativas intelectuales dentro de la Iglesia? ¿Habrá que recordarle, sin necesidad de acudir a la Inquisición, nombres como Congar, Rhaner, Küng, Häring? ¿Habrá que mencionar a los teólogos de la liberación? ¿Será necesario dictar una orden de alejamiento por el maltrato dispensado a la mujer? ¿No será totalitarismo la elección de los Papas -Jefes de un Estado piramidal-- la designación de los Obispos sin intervención alguna de los que van a estar bajo su jurisdicción canónica? ¿No será el celibato una imposición inapelable emanada de una distorsionada concepción de la sexualidad? Responsabilizar de todo a los designios de Dios sobre el ser humano es manipular el evangelio y contribuir a la destrucción del hombre como misterio para sí mismo.

Urge un diálogo de la Iglesia con el siglo XXI. Pero es imprescindible para ello que renuncie al totalitarismo ejercido sobre Dios y sobre el hombre. Sólo desde la pobreza de un vaciamiento (kénosis) brota la palabra como oferta creadora.






TIEMPO DE AMOR

Iba orgulloso por la calle. Como si llevara la luna de la mano.

-Te quiero, me dijo.

De ciertos despachos brotaban muertos como rosas amortajadas. Irak, Afganistán, Palestina, Israel, Sudán sembraban el futuro de cadáveres. Alguien sacaba a España de rincones obscuros y la asomaba al balcón de la sangre putrefacta. A medio mundo le provocaba nauseas el otro medio. Se compraba petróleo y se pagaba con carne. Aparcamos el asco en un hostal de carretera y descubrimos el universo como un inmenso prostíbulo.

-Te quiero, me dijo. Deberíamos ir a las Azores y enmarcar la alegría, y llamar al amor por su nombre, y gritar que la historia se alumbra boca arriba como un hijo. Me repugna este helado Guantánamo del miedo, del silencio cómplice, de la palabra encadenada.

-Te quiero, me dijo. Vamos a plantar el cariño al aire abierto. Huyamos al barrio de la libertad. Lejos de los predicadores del miedo. Que se queden agarrotados por el pánico porque nunca conocerán palmeras en alta mar.

-Te quiero, me dijo. Sin dogmas que yugulan los caminos. Sin relativismos que disuelven la esperanza. Sin la seguridad que impide el riesgo supremo de lo humano.

-Te quiero, me dijo. Me deslumbra esta explosión de claveles, la manifestación mitinera de los pájaros, la trinidad igualitaria de las olas. Te quiero por un plebiscito de la sangre, por los besos ungidos de las urnas, por el sí libertario de los vientos.

-Te quiero, me dijo. Respetando tus surcos entreabiertos, tu cosecha marítima de brisas, tu corazón de espumas inconcretas. Admiraré el ritmo de tus tiempos, el pulso de tus horas, la espera muscular de tu progreso.

-Te quiero, me dijo. Y haré del año que empieza un brindis perpetuo por la salud del sol, por la integridad de las rosas, por la suerte de los olivos de paz. Sacaré zapatitos a la luna en Febrero, en Agosto y en Noviembre por si el hombre consigue un armisticio consigo mismo y reanuda la armonía del corazón con la sangre.

-Te quiero, me dijo. Haré de mi carne una respuesta a tus ingles erectas y a tu aliento colgante. Que el aire lo disfrute y las olas se preñen de la luz de las sonrisas. Lo deseo este año que comienza para ti, caminante, creador de senderos y de tiempos, para ti que has hecho de lo humano la creación luminosa del futuro.

-También yo te quiero, le dije. Y desde entonces, nos citamos cada tarde en la plaza pequeña de los besos.




TERRORISMO-ANTITERRORISMO

Una frase sin historia: “Al terrorismo no hay que buscarle razones” (El país, 17-7-2.005).
Una frase contra la historia: “La alianza de civilizaciones propuesta por Zapatero es una estupidez” (Cursos de verano de la FAES).
La primera pertenece a una de las mentes más planas, estériles y vacías de la política española: Vicente Martínez Pujalte (PP).
La segunda corresponde a José María Aznar. Este hombre se desayuna cada mañana con su propia amargura y le agrega una dosis de fundamentalismo que conseguirá igualarlo a los enemigos a los que quiere exterminar.

Negarse a encontrar una causalidad al terrorismo es negarse a uno mismo una mínima capacidad de análisis. El terrorismo, como toda obra humana, tiene unas razones, unos fundamentos, unas explicaciones. No buscar ese fundamento es propio sólo de mentes como la de Vicente Martínez Pujalte. Es una frase sin historia que no merece comentario.

Más grave es el desprecio de Aznar. En su necesidad de anatematizar a Rodríguez Zapatero, evita decir que esa propuesta fue recogida favorablemente por el Secretario General de la O.N.U. y lanzada a la Asamblea de las Naciones Unidas para su concreción y puesta en marcha. Importantes comentaristas políticos la aplauden y comienzan a exigir este ecumenismo laico. Por eso la afirmación de Aznar revela una postura contra la historia. La ósmosis cultural es un hecho histórico que entrelaza lo humano con lo humano y España sabe mucho de eso: nosotros somos una alianza de civilizaciones. Negar esta interacción es negar las propias raíces. Apostatar del pasado, señor Aznar, es tan suicida como cerrarse al futuro.

A todos nos preocupa el terrorismo. A algunos nos preocupa también el antiterrorismo tal y como se está llevando a cabo. No basta con hablar de la “ideología del mal” (Blair) o del “eje del mal” (Bush). Estas simplificaciones malintencionadas sólo nos conducen a invasiones como la de Irak o a denigrantes Guantánamos. El terrorismo no se combate con otro terrorismo de mayor potencia. Sadán no puede ser vencido por unos sadanes reunidos. Contra Ben Laden, que tiene a Alá de su parte, no caben los otros benladen con otro Dios particular de su lado.

A la humanidad le duelen la Torres Gemelas, los trenes madrileños o el metro londinense. Pero a la humanidad también le duele –le tiene que doler- tanta sangre derramada por el occidente civilizado, tanto niño sin esperanza. A los que sembraron tanta muerte en Estados Unidos, Madrid o Londres los llamamos terroristas. ¿Cómo deben llamarse los vuelos rasantes que esparcen bombas de racimo y acaban en segundos con cientos de vidas? ¿Cómo hay que llamar al capitalismo salvaje que asume sin escrúpulos que dos terceras partes de la humanidad carezca de lo más indispensable para llevar una vida digna? ¿Cómo soportar con la conciencia tranquila la muerte diaria por hambre de cincuenta mil personas? Hay que ser valientes y preguntarse como lo hace Enrique Oliva en un periódico digital argentino: “¿QUIENES SON LOS TERRORISTAS?




TERNURA Y REPUGNANCIA

La repugnancia es una reacción defensiva para alejarnos de algo sumamente desagradable, para impedirnos su visión y aún más su ingesta. La repugnancia es buena en sí misma porque levanta un muro entre aquello que podría hacernos vulnerables y nuestro instinto de bienestar, incluso de supervivencia. Defendidos por ese cordón sanitario, podemos seguir haciendo camino con la dignidad, la alegría, la libertad y el riesgo que significa ser humano.

Conocí a Antonio Burgos cuando el franquismo ondeaba en la Giralda, Sierpes y Sagasta. Se pavoneaba por Sevilla, siempre guapa, incluso con franquismo en el alvero de la Maestranza. Le saludaban Utrera Molina y Juan Filosía. Algunos, desde el escondite del miedo, ya teníamos que taparnos la boca porque la repugnancia nos ponía de pié el estómago. Ya prefería sus gatos a Pasionaria y publicaba sus artículos gloriosos en un ABC que a mí me llamaba perro ladrador por negarme a rendirle honores a Carrero Blanco. Hoy los jazmines y el azahar ejercen la ciudadanía libre en el Patio de los Naranjos.

El pueblo trajo un día la democracia y la plantó sobre una losa de granito en la Sierra madrileña. Y la libertad que algunos conquistaron la disfrutaron todos. Pero siempre queda quien añora el asco y necesitan revolcarse en su propio vómito. Quien se aprovecha de lo conseguido por otros para tratar de ahogarlos en su miseria. Y ahí está la emisora episcopal. Náusea convulsiva mañana tarde y noche. Blandiendo báculos contra la homosexualidad. Celebrando cumpleaños junto a destructores ilegales de Irak o Palestina. Confundiendo mitras con bombas de racimo. Los federicos, las cristinas, las isabeles, los pedros, los nachos y luises, los césares, los roucos, los sebastianes, los gascó.

Menos mal que los identifica la repugnancia, nos previene y nos vacuna contra la peste mortal de cada día.

La ternura es un temblor nacido en los sótanos del alma. Un escalofrío de la sangre. Un anciano con su mapamundi de caminos hechos paso a paso. Un niño sembrando espigas para comerse limpiamente el futuro. Una mujer encinta, compendio de la existencia. Mujer con su hijo dándole la mano a una bandera. Sin patriotismos excluyentes. Una mujer prestando el hombro para que lloren los hijos de otras mujeres muertas por hombres que hicieron puñales de los besos. Siento ternura. Y me revolotean palomas por las ramas de la sangre. Y siento el orgullo de lo humano y humanizante, de este quehacer conjunto, creador, de esta libertad enamorada.

Necesitamos sembrar ternura para que la repugnancia se suicide en su propio asco.