jueves, 21 de agosto de 2014

ALGUNA VEZ SE MUERE





Supe que moriría esa noche. Sobre la almohada estaba ella, la muerte, despierta. Aletargada se había mantenido durante años. Hibernando, como aquellos murciélagos que me asustaban de niño y que había visto muchas veces en Sierra Elvira. Ahora tenía los ojos abiertos, las alas desplegadas y revoloteaba en torno al suero clavado en las venas.  Apretaba los pulmones y el oxígeno prefería entretenerse con la luna que entraba por la ventana a la oscuridad bronquial de un exfumador.

Fonendo. Cambio de impresiones con el equipo médico. Aquella bata blanca mirándome, sin saber cómo decir que aquella noche moriría.

-¿Puede avisar a mi familia?  No me gustaría morirme solo. Tengo besos que contarles, abrazos que contarles, cariño que contarles. Los llevo envueltos   en esta piel cianótica, tengo los recuerdos del primer abrazo, de la mirada aquella, del primer tacto, el desnudo de la noche original, cuando estrenamos  la cercanía suprema del amor. Guardo la primera sonrisa de mi hijo al nacer, las dudas de su adolescencia, sus preguntas sin respuestas, sus respuestas sin preguntas. Moriré esta noche y quiero  entregarles esa caja pequeña donde cabe una vida.

Miró a la enfermera. Asintió con la cabeza y extrañamente me dio la mano en silencio, sin despedirse pero consciente del dictado del fonendo. Los médicos siempre se van dejando atrás la muerte del 318 prevista para las cuatro de la madrugada.  Porque yo había pasado a no tener nombre ni apellidos. La burocracia había decidido que fuera el 318, cama A.

Era bonita. Había contemplado sus andares elegantes. Cimbreándose como si llevara tacones en el alma. Inyectaba como quien besa. Te preguntaba por tus dolores como quién indaga el color de tus besos. Lucía el uniforme de enfermera como si llevara un traje de novia.

-No he avisado a tu familia. Me apretaba la mano mientras miraba mis labios morados. No te mueres esta noche. Estoy segura. No sé quién me dicta esta verdad, pero tengo que confiar en ese arcano que lo afirma. No. Esta noche no te vas a morir. Estoy absolutamente segura. Cree en mí.
Esto era el amor. Creer en alguien, fiarse de alguien, entregarse a alguien. Vendré a verte cada media hora. Duérmete sin miedo. Ella, la muerte, no puede a veces con las estrellas y se asusta de los amaneceres. Duérmete  tranquilo.  Vendré dentro de un rato cuando vuelvas a soñar con ella, con el hijo que tuvisteis, con los besos que os quedan, con el tacto que os falta, con la piel acariciada cada noche, con la fusión de vuestros cuerpo mañana, pasado, cuando seas un regreso hacia ti mismo y ella te recupere y le digas que la quieres y que no te has muerto porque no sabrías qué hacer sin ella en la otra vida.

Y aquí estoy. Esperando. Sereno. Tranquilo. Porque alguna vez se muere.




IMPERDIBLE





Cintura alta el pantalón Armani. Ignoro el nombre del tejido. Tal vez piel sobre la piel de sus piernas. Pantalón frontera con sus pechos como toros, como toros brillantes contra el viento, contra el pecho que los roce, clavándose en la alegría del tacto.

Era ella. No la veía desde el instituto. Recuerdo un viernes, seguramente era viernes. Se le rompió el imperdible de su falda uniforme. Tardé en arreglárselo porque sin querer mis manos la rozaban y presentía que la vida era hermosa. Que era suficiente que se rompiera un imperdible para disfrutar del tiempo, del mundo, de la existencia. Ella me pagó el favor viniendo a estudiar el siguiente domingo por la tarde.  Aprendí a hundirme en unos ojos azules, a contemplar su pelo rubio, a imaginar que toda la vida se resumía en aquel cuerpo de apenas quince años.

Era ella. Pantalón Armani. Tacones que le hacían cimbrear sus nalgas como una virgen sevillana. Admiré el gesto de expulsar el humo de su cigarrillo. La forma de unos labios envueltos en esa niebla, revelan cómo son los besos bajo el brillo de una luna. Su mano en la copa era como su mano en la espalda de un hombre.

Recordamos aquel viernes de hacía tiempo, aquel domingo de hacía tiempo. Y estoy seguro que los dos llevábamos el alma abrochada con un imperdible reconstruido.

Fue todo muy hermoso cuando desabroché aquel pantalón de cintura alta, cuando de nuevo me hundí en aquellos ojos azules, cuando perdí mis manos en su pelo rubio. De nuevo experimenté que toda la vida se resumía en aquel cuerpo de mujer de labios entreabiertos.


La luna lo supo todo. Una noche de mayo se lo contó al mar y el mar amó las olas de cintura alta, de imperdible de espuma, de ojos con  primavera dentro.

miércoles, 20 de agosto de 2014

ALGUNA VEZ SE MUERE





Supe que moriría esa noche. Sobre la almohada estaba ella, la muerte, despierta. Aletargada se había mantenido durante años. Hibernando, como aquellos murciélagos que me asustaban de niño y que había visto muchas veces en Sierra Elvira. Ahora tenía los ojos abiertos, las alas desplegadas y revoloteaba en torno al suero clavado en las venas.  Apretaba los pulmones y el oxígeno prefería entretenerse con la luna que entraba por la ventana a la oscuridad bronquial de un exfumador.

Fonendo. Cambio de impresiones con el equipo médico. Aquella bata blanca mirándome, sin saber cómo decir que aquella noche moriría.

-¿Puede avisar a mi familia?  No me gustaría morirme solo. Tengo besos que contarles, abrazos que contarles, cariño que contarles. Los llevo envueltos   en esta piel cianótica, tengo los recuerdos del primer abrazo, de la mirada aquella, del primer tacto, el desnudo de la noche original, cuando estrenamos  la cercanía suprema del amor. Guardo la primera sonrisa de mi hijo al nacer, las dudas de su adolescencia, sus preguntas sin respuestas, sus respuestas sin preguntas. Moriré esta noche y quiero  entregarles esa caja pequeña donde cabe una vida.

Miró a la enfermera. Asintió con la cabeza y extrañamente me dio la mano en silencio, sin despedirse pero consciente del dictado del fonendo. Los médicos siempre se van dejando atrás la muerte del 318 prevista para las cuatro de la madrugada.  Porque yo había pasado a no tener nombre ni apellidos. La burocracia había decidido que fuera el 318, cama A.

Era bonita. Había contemplado sus andares elegantes. Cimbreándose como si llevara tacones en el alma. Inyectaba como quien besa. Te preguntaba por tus dolores como quién indaga el color de tus besos. Lucía el uniforme de enfermera como si llevara un traje de novia.

-No he avisado a tu familia. Me apretaba la mano mientras miraba mis labios morados. No te mueres esta noche. Estoy segura. No sé quién me dicta esta verdad, pero tengo que confiar en ese arcano que lo afirma. No. Esta noche no te vas a morir. Estoy absolutamente segura. Cree en mí.
Esto era el amor. Creer en alguien, fiarse de alguien, entregarse a alguien. Vendré a verte cada media hora. Duérmete sin miedo. Ella, la muerte, no puede a veces con las estrellas y se asusta de los amaneceres. Duérmete  tranquilo.  Vendré dentro de un rato cuando vuelvas a soñar con ella, con el hijo que tuvisteis, con los besos que os quedan, con el tacto que os falta, con la piel acariciada cada noche, con la fusión de vuestros cuerpo mañana, pasado, cuando seas un regreso hacia ti mismo y ella te recupere y le digas que la quieres y que no te has muerto porque no sabrías qué hacer sin ella en la otra vida.


Y aquí estoy. Esperando. Sereno. Tranquilo. Porque alguna vez se muere.

martes, 19 de agosto de 2014

LA PRIMERA VEZ




Resulta a veces difícil encontrar el tiempo del verbo que agote el contenido de lo que uno quiere expresar. Pasé la noche conjugando el verbo querer. La vería a la mañana siguiente y estaba decidido.

-“Te he querido desde hace mucho tiempo.”
-“Te querré siempre”
-“Te quiero ahora mismo”

Nada era exacto porque a todo podría replicarme.

-¿Por qué has esperado hasta ahora?
-No estés seguro de que me querrás siempre. El amor es  agua que se escapa a veces por las grietas de la rutina.
-¿Te quiero ahora?  ¿Por qué te ha costado expresar el presente?

Era difícil declarar el amor. Como si fuera humo, espuma, nube de algodón. Nos encontraríamos  a la hora del café. Le había prometido una sorpresa y no podía faltar a mi palabra. A lo mejor radicaba ahí mi posibilidad de decir. Convertir todo en sorpresa.

Hacía tiempo que había dejado el tabaco, pero esa mañana…El humo era cómplice del silencio. Eran bocanadas de silencio. Lo necesitaba, aunque me sabía amargo. Echamos a andar. Por primera vez tomé su cintura. Por primera vez puse mi mano en su hombro. Por primera vez debió sentir mis dedos en su pecho izquierdo. Por primera vez distinguí el tacto del sujetador y el de su piel bajo la blusa. Por primera vez noté el rubor de sus labios. Por primera vez la apreté contra mi cuerpo. Por primera vez me encerré en el cielo de su boca. Por primera vez su calor y mi calor.

Agradecimos la estrechez del ascensor. Agradecimos el teléfono descolgado. Agradecimos el calor que  obligaba a ropa fresca. Agradecimos el invento de las cremalleras rápidas. Agradecimos el velcro que cedía fácilmente. Agradecimos la moda mínima interior que permitía un adelanto de realidades posteriores.


Por primera vez nos vimos desnudos en un jardín de manzanas, de hierba con rocío de mujer. Por primera vez su pelo, sus ojos entreabiertos. Por primera vez existía una luna brillante de amapolas. Por primera vez su vientre. Por primera vez sus muslos. Por primera vez toda su piel en mi piel. Por primera vez su carne en mi carne. Por primera vez mis columnas sosteniendo las bóvedas de su cuerpo.

Sin verbos conjugados. Sin palabras buscadas. Sin escenas ensayadas. Fue la primera vez. El ayer. El siempre. El nunca.





lunes, 18 de agosto de 2014

DECIR TU NOMBRE



Tengo las manos llenas de palabras
para hacerte,
para decir tu nombre
y enamorar tus huesos
de tu carne
Digo amor
y  la luna entorna los párpados
como si fuera a besarla.
Te digo y existes.
Te hago piel de tierra,
mujer de barro,
carne de perfume,
de jazmines reunidos.
Eres tú y me sonrojo
cuando te veo terminada,
culminada como un monte,
boca arriba como un río,
desnuda como la nieve.
Victoria eres. Bandera blanca.
Paz triunfante.
Tibia, caliente
cuando los besos
consiguen la meta de tu boca.
Se  rompen los cañones.
Se  pierden las balas.
Quedan sólo palomas
y trigo,
pan caliente entre los labios.
Entre los dientes
la hierba morena de tu sangre..
Te recito entonces
poema de piel,
de tacto,
de huella recordada,
de agua resbalada
hasta el centro de tu centro.
Te pienso infinita y pequeña
con las medidas exactas

del beso.

domingo, 17 de agosto de 2014

EL TIEMPO AQUEL


El tiempo es el límite del hombre consigo mismo. Se lo dije de repente, sin pensar, mientras mordisqueaba una brizna de hierba húmeda como su boca. Tenía una sonrisa en los ojos. Conocía aquella mirada, pero nunca supe si era sorpresa, admiración, indiferencia o sarcasmo. Se lo había preguntado alguna vez.

-Es una mezcla de todo. Nada es tan simple como tus enunciados filosóficos. La vida es compleja y resulta una maraña de intenciones. Un beso no es nunca eso a lo que llamamos beso. Es un centro floral del alma. Incluye tacto, caricia, entrega, recepción, penetración de un alma en otra, lucha de lenguas, saliva regalada. Un beso no es un enunciado. Es más bien una proclama, una rebelión, una bandera que llama a la más hermosa de las batallas.

No supe cómo debía encajar sus palabras. ¿Desafío? ¿Incitación? ¿Propuesta?

-No analices mis palabras. Déjate llevar. El deseo es una sencillez compleja (Ahora era ella quien lo complicaba todo). Miramos el brillo de la piel. Brota una luz en los labios. Buscas la embestida de mis pechos. Yo indago tu vientre hasta encontrar tu bandera victoriosa. Después es el encuentro y el olvido del mundo. Es no saber si somos tú y yo o nosotros. Es el desprecio de la historia, de las circunstancias, de los relojes. No será el tiempo el límite de nada. Serás tú mi frontera asaltada. Yo tu frontera permitida. El nosotros el pronombre que lo define todo porque no define nada.

No sé si fue un sueño. No sé si existo. Me consta que ella vive cuando me miro el alma.


sábado, 16 de agosto de 2014

ERES HIERBA



A hierba sabes.
Hierba con un río dentro.
Femoral verde
regando el verde
de tu piel de hierba.
Hierba que nace
cuando el gemido,
cuando la siembra,
cuando el arado marca
las fronteras
de tu cuerpo y mi cuerpo.
Hierba que toco,
la que llena mis manos
de campos de piel,
de firmamentos verdes,
de planetas y lunas verdes.
En el interior del beso,
en su oquedad íntima
estás de pie
como los cipreses
a la espera de mi muerte.
Seré verde entonces,
como tus ojos,
como el jardín que cuelga
desde tu cuello a tu espalda.
Seré verde
para que tú me fecundes
con la humedad de tu carne.
Muerte de hierba,
de trigo con amapolas verdes,
haciendo un paisaje,
como entonces,

como siempre.