domingo, 6 de julio de 2014

EL TIEMPO AQUEL


El tiempo es el límite del hombre consigo mismo. Se lo dije de repente, sin pensar, mientras mordisqueaba una brizna de hierba húmeda como su boca. Tenía una sonrisa en los ojos. Conocía aquella mirada, pero nunca supe si era sorpresa, admiración, indiferencia o sarcasmo. Se lo había preguntado alguna vez.

-Es una mezcla de todo. Nada es tan simple como tus enunciados filosóficos. La vida es compleja y resulta una maraña de intenciones. Un beso no es nunca eso a lo que llamamos beso. Es un centro floral del alma. Incluye tacto, caricia, entrega, recepción, penetración de un alma en otra, lucha de lenguas, saliva regalada. Un beso no es un enunciado. Es más bien una proclama, una rebelión, una bandera que llama a la más hermosa de las batallas.

No supe cómo debía encajar sus palabras. ¿Desafío? ¿Incitación? ¿Propuesta?

-No analices mis palabras. Déjate llevar. El deseo es una sencillez compleja (Ahora era ella quien lo complicaba todo). Miramos el brillo de la piel. Brota una luz en los labios. Buscas la embestida de mis pechos. Yo indago tu vientre hasta encontrar tu bandera victoriosa. Después es el encuentro y el olvido del mundo. Es no saber si somos tú y yo o nosotros. Es el desprecio de la historia, de las circunstancias, de los relojes. No será el tiempo el límite de nada. Serás tú mi frontera asaltada. Yo tu frontera permitida. El nosotros el pronombre que lo define todo porque no define nada.

No sé si fue un sueño. No sé si existo. Me consta que ella vive cuando me miro el alma.


sábado, 5 de julio de 2014

A LO MEJOR CAMINO



Hice camino hacia tu cuerpo.
Puente colgante hasta tu piel.
Llené de pájaros mis alas
y de cantos el vuelo.
A lo mejor estabas
como el año anterior.
A lo mejor tus ojos
se fueron a otros ojos
y era inútil el nido
y el camino inútil
y el cansancio.
Pero hice camino hacia tu cuerpo
para encontrar la grieta de la lluvia
y colgar de tus gotas
el barro trabajado,
las plumas arrancadas
hasta formar el hueco de la vida,
de las crías con cantos y con hambre.
Es el regreso a ti,
al techo de tu boca,
al tibio rincón de tu vientre,
al calor de tus brazos abrazando.
Todo el invierno soñando
en la vuelta al tejado de tus ojos,
el cuenco de tus manos enlazadas,
en tus labios masticando los besos
migajas de pan para mis labios.
Estoy.
Estás.

Somos un cuerpo para siempre.
CUANDO LLEGA LA TARDE



Las tardes existen porque la luz se cansa de andar entre los árboles. La luz toma entonces la forma de tu cuerpo. Sentado junto al río le miro sus ojos. Y eres tú quien está enfrente. Me sonríe su silencio como tú me sonríes cuando estoy cerca de tus labios. Hablamos la luz cansada y yo cansado. A lo mejor estoy haciéndome atardecer. Y busco las grietas de tu alma para convertirme en noche para siempre, para dormirme en ti, para morirme en ti, para descansar en ti.

Tengo nubladas las manos. Quiero tocarte porque esta luz eres tú. Busco tu piel como entonces. Tus caderas como entonces. Tu vientre como entonces. Tu luna como entonces. Quiero esconderme como ayer. Entrar en ti como ayer. Quedarme en ti como ayer. Porque la luz se llama como tú. Porque pesa como tú cuando recorres mi pecho. Porque la luz besa como tú. Porque todo es un  tú.

Oye mi palabra, mis besos, mi tacto. Acéptame en ti. Déjame permanecer en ti. Estoy cansado, amor. Como la luz de los atardeceres. Si la muerte es olvido, no me olvides. Si la muerte es quietud, agítame. Desnúdate junto a mi muerte. Acaricia mi muerte. Bésala. Haz el amor con ella. Estoy seguro que resucitaré, que volveré a ser amanecer, a ser luz descansada. Andaré nuevamente por las ramas de tu cuerpo, abrazado a tu tronco, incorporado a tu estatura, como yedra ascendente.

Soy de nuevo. Porque me haces, porque me creas, porque no permites que me canse de vivir.

Buenos días, amor.


NO SUPE BESARTE


No supe besarte aquella tarde. Anduvimos despacio. Manos entrelazadas. Conscientes de que a cada paso esas manos rozaban las ingles y ese roce tenía eco en la primavera más íntima de nuestros cuerpos. Recuerdo tu mirada y tu sonrisa y tus ojos entreabiertos cuando conseguiste llegar hasta mi arboleda vertical. ¿Recuerdas mi mirada, mi sonrisa, mis ojos entreabiertos cuando logré acercarme hasta la cumbre de tu cuerpo?

Pero no supe besarte aquella tarde. Llovía. Estabas triste. Llevabas recuerdos en el bolso y un fular de nostalgias en el cuello. Bajo un paraguas están más cerca los labios, los besos se miran y miden en centímetros el deseo de las bocas. Aceleramos el paso porque nos perseguía el deseo como una tormenta entre las piernas. Abrevió el ascensor el tiempo de contacto. Tras la puerta nos arrancamos la ropa y los dos tocamos huellas de manos anteriores. A otras manos me sabían tus pechos. Otras manos cercaban mi cintura.

No sé si fueron los celos. No sé si extrañamos la piel. No sé si había otros sueños en las sábanas. No sé si otras lenguas en tu luna. No sé si otros ritmos en la música de la entrega. No supe. No supiste nunca. No lo sabremos.

Me puse despacio la corbata. Fue un rito abrochar el sujetador. Colgaste tu ropa interior como quien viste al viento. Sacaste la tristeza de tu bolso. Enredaste tu cuello en el fular de nostalgia y nos dijimos adiós.

No supe besarte aquella tarde, pero tengo los labios llenos de ti. Lleno de ti mi vientre. Lleno de ti mi espalda.


No supe besarte aquella tarde. Pregunto por tus labios, tu vientre, tu espalda. Necesitamos otra tarde de lluvias, de tristeza, de nostalgia. Entonces, tal vez entonces, sepamos besarnos para siempre.

viernes, 4 de julio de 2014

DESNUDE LA PALABRA

Desnudé la palabra.
Estabas tú debajo de la voz.
Estabas hecha de silencio,
hueso limpio,
tuétano brillante.
No busco acostumbrarme
a la forma de tus manos.
Soy consciente,
dependo de tu aliento,
soy barro informe.
Tu boca delimita
mi estilo de existencia.
No me crea tu palabra.
Tu saliva contribuye
a la textura de mi piel
y a la sonrisa.
Soy lo que decides
si me instalas en tu luna
y permites el olvido
y me haces caminos por tu sangre.
Manos bajo la desnudez de la palabra
para tocar tu desnudez
y ser pez navegando
por los mares de espuma de tus ingles.
Te hago sin voz.
Sin voz me haces.
Existimos en el cuerpo del silencio astral,

instalado en el cielo de tu boca.

martes, 1 de julio de 2014

NO SE SI BRINDAR



No sé si brindar con ese vino amargo
que rezuma tu boca
las noches de lunas desangradas.
Tienen todos los árboles
sus copas levantadas
esperando la lluvia de tu carne,
la brisa de tu sexo
para romper la piel de la alegría
y poner caracolas en el vientre del mar.
No sé si llenar las grietas hasta el borde
donde todo limita con lo que nunca fue,
con lo que imaginó la distancia
cuando no era  distancia
y pudimos mirarnos
como mira el agua al agua.
No sé si brindar
con el cuenco de las manos
llenos de ti, de mí,
de labios reconstruidos,
de pechos recién hechos
para que la noche pueda
desnudarse como una amante
entre sábanas de miel.
Pero brindo, libre del miedo de otros ojos
que no entenderán nunca
la altura de tu mano
sosteniendo el vino amargo

de lunas desangradas.
AQUELLA MONARQUIA




Era una viñeta de la sabia Mafalda: en el 78 –decía- admitimos la monarquía para obviar los sables y las pistolas. En 2.014 tenemos monarquía porque la votamos en el 78. Y hacemos de la historia esa serpiente que se enrosca sobre sí misma, que justifica el hoy porque se justificó un ayer. Caracolea la historia en su concepción griega y la despojamos de su linealidad. La encerramos en su propio círculo y le evitamos (nos evitamos) el esfuerzo de seguir creando porque tenemos la tranquilidad anquilosada de que todo está hecho. Es frecuente esta aseveración entre café y café: Toda la vida se ha hecho así. Y por eso el futuro se convierte en mero porvenir, en tiempo que llegará por la inercia de los relojes de salón.

Franco no hizo historia. Hizo tiempo, como hacemos tiempo cualquiera de nosotros a la espera de algo que ocurrirá, de algo venidero. Y entre tantos cadáveres de tapias blancas y de amaneceres de paseíllo, Franco tuvo un muerto condecorado de botas, prohibiciones, galones y tiros en la nuca. Franco mató el tiempo y creyó que podía enterrarlo en Cuelgamuros. Y con el tiempo enterrado, puso un sucesor para que siguiera sorprendiendo a la historia por la espalda y haciendo de ella simplemente tiempo muerto.

Y tuvimos un rey inaugurado como un pantano por el gesto y la voz aflautada de un general bajito, con la estatura miope de quien se ve a sí mismo como fundador del mundo. Y la promesa coronada nos ha durado (no confundir durar con vivir) casi cuarenta años. Y Juan Carlos Primero se estaba acabando a sí mismo, se situó a finales de su historia personal condecorado de 23-F, de Corinas, Urdangarines, Cristinas y caderas metálicas. Se retiró de su propio precipicio y apoyado en jeques y elefantes se sentó en una trinchera cualquiera para ver de lejos a Letizia en el telediario más importante de su vida. Por fin terminaba lo que llamaron transición y podíamos esperar una hechura nueva, un estreno de futuro, un mañana no atado y bien atado al ayer de un difunto Franco.

Y casi sin darnos cuenta, y por supuesto sin darnos ni tiempo ni voz, nos encontramos con un Felipe VI parido en las ingles de su padre, engendrado en un bajar y subir de cremallera real, de bragueta coronada. Muchos quisieron aplaudir la inauguración de una historia nueva. Pero como diría Mafalda, correspondía tener una monarquía en el 2.014 porque fue imprescindible aprobarla en 1.978. Y volvíamos a parar los relojes para que lo que entonces pareció una necesidad,  hoy nos siga pareciendo una urgencia de estabilidad. Y hacemos hoy lo que hicimos  porque no supimos o no pudimos hacer otra cosa. Lo grave es que seguimos sin poder o saber hacerlo. Nos repetimos hasta el hastío.

Hace tiempo que el país tiene ganas de expresar su deseo sobre la jefatura de estado detentada por un rey o un presidente de república. República o monarquía son los polos entre los que oscila la voluntad popular. No se trata de arrebatar una forma de gobierno para instaurar una distinta, que también.  Ante todo se trata –cosa que algunos no consiguen entender- de permitir que la voz del pueblo se oiga y que esa voz manifieste de forma inequívoca cuál es el estilo de gobierno que desea. Tengo muy claro el que personalmente me parece más razonable, tengo argumentos suficientes para defender esa opción y creo que son más atractivas las consecuencias de mi elección. Y cada cual tendrá bases para mostrar su postura. Por eso no debería haber miedo alguno a reconocer que siendo el pueblo el depositario de la democracia, fuera el pueblo el que tuviera la oportunidad de pronunciarse. ¿Qué para ello hay que cambiar la Constitución? Cámbiese. Que hay que tener imaginación para tomar nuevos derroteros? Ténganse. Seamos conscientes que la historia es siempre lo que está por delante, que lo ya sucedido es un prólogo de lo que hay que alcanzar y sobre todo que nunca hay que tener miedo a la libre elección ciudadana.

Le diría a los cobardes que no se trata de cambiar necesariamente el modelo de estado. Que se trata de permitir que el pueblo diga su palabra con la confianza de  que después todos sabremos, ciertamente, ser consecuentes con la mayoría expresada. Los monárquicos deben apearse de su inmovilismo y los republicanos deben emprender su nuevo camino con la debida comprensión para un momento, la transición, que fue como fue porque tal vez no pudo ser de otra manera. Pero cansa y resulta agotador escuchar que tal o cual partido político tienen un corazón históricamente republicano, pero que se siente cómodo con el presente monárquico. Y hay que repudiar a los que teniendo un talante se conforman con la ya probado por la incapacidad de ser  consecuentes y por el miedo a estrenar formas nuevas.  Quien no tenga ánimo suficiente para roturar nuevos horizontes que se separe de la orilla y deje que sean otros los que desbrocen la historia.