jueves, 19 de junio de 2014

ERES AZUL


Eres azul.
Azules tus pasillos interiores
y el aire que cuelga de tus ojos.
Tienes jardines azules
brotándote en la sangre.
Fue azul el beso último
de aquella tarde desnuda,
cuando me indicaste la ruta
que me internaba  en la luna
de tu vientre.
La tejías y destejías
cada noche,
Penélope de piel tu voz
convirtiendo el perfume
en hechura de luz
para deshacerlo
en el beso siguiente.
Te traigo, como entonces,
un ramo de palomas,
un grito sin eco,
azuladamente triste
como el último toque
de tu aliento,
de tus labios entreabiertos.
con el azul del cielo de tu boca
al fondo de ti,
donde nunca terminas.


A LO MEJOR EN EL MAR






Necesito huir, marchar a no sé dónde. Quedarme sin tierra bajo los pies. Huir de mí, de ti, de la luz y el viento.

Se desnudó y se tiró al agua con la elegancia de un ciprés que se acuesta. Se dejó envolver y se hizo líquida su piel, trasparente su piel, tacto de seda su piel.
Dos pirámides  sus pechos, erguidos como torres, empitonando el agua, abriéndola en dos, dividiéndola a su paso. Abrió sus muslos y el agua se enredó en el vello de su pubis, tocó su sexo con la ternura de quien toca una amapola y la penetró invadiendo su interior para habitarla por dentro como un amor indefinido.


No sé si alguna vez salió del agua. Pero he comprobado que cuando me adentro en el mar, la espuma pronuncia un nombre y las caracolas tienen la memoria de su cuerpo. Tal vez un día la encuentre subida en una ola y entonces nos amaremos para siempre.

miércoles, 18 de junio de 2014

HUELE A TI





Huele a ti la tarde
Sabe a ti la tarde.
Se llama como tú la hierba
y la luz.
Me responde el río si te nombro.
Toco tu piel si toco el viento.
Nada existe. Sólo tú.
Es apariencia el mundo,
una exigencia para permanecer de pie,
para creer en el tiempo,
en la niebla,
en la duda,
en la provisionalidad de la certeza.
Huele a ti.
Sabe a ti.

Eres el nombre de todo.

lunes, 16 de junio de 2014

ESPERARTE


No sé si esperarte a la salida del tiempo
y hacer juntos la ruta de la muerte.
No sé si estás dispuesta
a vestirme el sudario
y perfumar mi ausencia
No sé si prefieres quedarte haciendo guardia
por si vuelvo a la vida
y no  encuentro el camino de tu alma.
No habrá a quién preguntar si no estás tú
y se me estropea el regreso
porque no sabe estar a la intemperie.
No sé si esperarte a la salida del tiempo,
a la hora en punto en que se acaban los relojes
y ya nada es nada,
locas las manecillas
escarbando la tierra.
No sé si esperarte.
Te quedan besos suficientes,
y risas suficientes,
y piel suficiente
para abrazarte al mundo
y gemir con tu luna entreabierta
para que te penetre el mar como en noches antiguas
cuando tú y yo rodábamos
por las cuestas abiertas de tu espalda.
No sé si esperarte.
He firmado mi marcha ante notario
y he pagado al contado una cruz y una frase,
una enorme mentira en vuestros labios:

“Los tuyos no te olvidan”

domingo, 15 de junio de 2014

¿QUE PIENSA FELIPE VI?



La abdicación de Juan Carlos Primero y la llegada al trono de su hijo Felipe VI, ha levantado una oleada de opiniones y ha puesto sobre el mantel de la historia la necesidad o la posibilidad al menos de una consulta al pueblo sobre sus convicciones monárquicas o republicanas. Y se han oído argumentos para todos los gustos, porque unos y otros necesitan defender sus posturas. Y sobre todo los monárquicos han esgrimido razones no siempre fundamentadas. No es el momento. La monarquía aporta un elemento de estabilidad. Los años más tranquilos han tenido como protagonista a la monarquía. La Constitución avala una jefatura del Estado residente en un rey. Para cambiar la situación actual hay que hacer un planteamiento que sólo puede llevar a cabo una mayoría votada en las urnas. Nada puede depender de lo que se pida en la calle porque la soberanía reside en el Congreso de los Diputados (afirmación claramente anticonstitucional), etc.  En definitiva, no se ha entendido la voz de ciertos sectores ciudadanos que exigen un referéndum, no para cambiar la jefatura del estado, sino sólo para saber si se prefiere una monarquía o una república. Y una vez manifestada la opinión de los ciudadanos, todos se someterían a la elección mayoritaria. Por tanto, no es un cambio lo que se ha pedido, sino una consulta para conocer el deseo del pueblo que es el auténtico dueño de la democracia. Pero esta postura o no se ha sabido entender o no se ha querido tener en cuenta.

Nuestra democracia no sólo es representativa, sino que es y debe ser sobre todo participativa. Esta participación, esta necesidad de tener en cuenta de forma constante la opinión del pueblo, es la auténtica democracia donde todos nos sentimos implicados y responsables de la marcha del país y de la hechura de la historia. Pero hay demasiados intereses en afincarse en la representación excluyendo la participación. Los elegidos en las urnas no pueden apropiarse la esencia democrática. A ellos les hemos entregado nuestra representación, pero los ciudadanos seguimos siendo los dueños de la democracia. Y los que subordinan esa participación a la representación exhalan un tufillo sospechoso de estar al servicio de los políticos de turno por extrañas motivaciones.

Y aquí está Felipe VI. Más joven que su padre (evidente), mejor salud que su padre, no puesto por Franco, como su padre, mejor preparado que su padre y muchas coordenadas que lo diferencia en positivo con su padre. Estos son argumentos que proponen los monárquicos y que reconocen seguramente también los republicanos. La evidencia nadie la discute.

Pero la monarquía parlamentaria me sabe a presencia desnatada, sin conservantes ni colorantes. Es una asepsia que no infecta, pero que tampoco le dice nada al paladar. Un monarca parlamentario es un portavoz del gobierno de turno. Un ente sin posibilidad de opinión siempre está por debajo de un ciudadano a quien nadie le puede negar su capacidad de discernimiento. La sangre azul revierte en añil aguado incapaz de despertar la visión hermosa de un color brillante. Y Felipe VI no debe opinar sobre el paro, el hambre, los desahucios, la educación, la sanidad. Le está prohibido. Cuando en los servicios informativos de radios y televisiones se afirma que el rey se hizo eco de la economía del país, de las necesidades del país, del presente o futuro del país, están diciendo en realidad que el gobierno le ha entregado unos folios para que revele lo que el gobierno piensa sobre esos temas. Toda la magnífica preparación del rey queda reducida a un servicio al gobierno que tiene detrás. Y sin que lo siguiente signifique ninguna falta de respeto a quien ostenta la jefatura del estado, me atrevería a decir que es un locutor que narra lo que se cuece en la Moncloa.

A estas alturas alguien me puede argumentar que un presidente de república desempeñaría también un papel similar al del rey. No es del todo exacto, pero lo admito. No obstante, me parece fundamental que confesemos que el presidente de la república es fruto de una elección libérrima de la ciudadanía, mientras que un rey es la consecuencia de un óvulo y un esperma coronados, de una cama enamorada donde se han amado Sofía y Juan Carlos. Y algunos ya empiezan a pensar en la preparación  militar e intelectual de una niña de 9 años, Leonor, que proviene de Felipe rey y de una periodista hermosa como una brisa, nieta de un taxista (despreciada por serlo), que estudió periodismo, presentó telediarios, se casó, se divorció, dejó colgado a un novio televisivo y viste vaqueros con la misma elegancia que un modelo de algún modisto español.


Si damos al rey lo que dicen que es del rey, a lo mejor le estamos usurpando al pueblo lo que sin duda es del pueblo.

jueves, 12 de junio de 2014

PROXIMA ESTACION



Cuando se sacraliza la historia, la convertimos simplemente en pasado y en consecuencia la despojamos de contenido. Nunca deberíamos confundir historia y pasado. El tiempo es mera quietud. La historia encierra un dinamismo en sí misma y convierte el quehacer humano en devenir continuo, fuera de toda cosificación, destruyendo el atractivo morboso de la estatua de sal, inmóvil, la cómoda quietud de quien se desentiende del futuro convirtiéndolo en porvenir.

Cuando este artículo vea la luz, tendremos un rey como feje del Estado español que reinará con el nombre de Felipe VI. Nació con una corona entre las ingles y brotó de otras ingles coronadas. Y de la corona de su entrepierna nació otra niña con una corona coronando su monte de venus.

Creo que fue sobre el 69. Franco, nada adicto a ciertos números cargados de genitalidad, pero adicto a la testosterona de sus pistolas, engendró a Juan Carlos como sucesor. Y aquel día, Franco se sintió Carlos Primero de España y Quinto de Alemania, y Felipe Segundo y se construyó un Monasterios de El Escorial hortera y lo llamó Valle de los Caídos. Lo nombró sucesor suyo como si la historia hubiera nacido un 18 de Julio del 36. Y con todo atado y bien atado se murió un noviembre cualquiera, con España entubada y un trombo corneándole la femoral.

Y Juan Carlos Primero juró los principios del Movimiento y los españoles nos echamos a la calle con la democracia entre los dientes, borrachos de libertad, hambrientos de futuro. Y todos nos esforzamos en conseguir la democracia. Y todos nos olvidamos de las ataduras enterradas en la sierra madrileña y empezamos el camino. Y derribamos la inmovilidad de aquellos principios del movimiento y nos dedicamos a ejercer la responsabilidad de sentirnos responsable de la ruta. No era olvido. Era superación. Implicaba colocarnos por encima de la predeterminación franquista de que el Rey era un mero sucesor y le exigimos una universalidad que abarcara a toda la nación. Eso hicieron los padres de la Constitución. Se apearon de sus diferencias, esquivaron los sables, ahuyentaron las pistolas relucientes, superaron sus egoísmos y entre todos empujamos para parir esa libertad que a veces se nos estropea por el polvo del camino.

Años después, la democracia se nos ha oxidado, está llena de adherencias, con parasitosis en las tripas. Y vivimos el descontento, la desvergüenza de la corrupción que abarca desde la corona inguinal hasta el último político que levanta la mano en el Congreso y evita que se investigue la podredumbre imperante.

Se va el rey de los principios fundamentales. Y cuando los viajeros nos preguntamos por la próxima estación, van las ingles e imponen su ley genital. Y vienes Felipe, guapo él, preparado él, alto y rubio como le cerveza de Concha Piquer. Y el pueblo se pregunta quién es este hombre de cuarenta y tantos, casado con una periodista, delgada como el tallo de una flor, elegante como la espalda de una brisa. Y algunos, no me importa si muchos o pocos, se interroga si es posible la palabra, ese útero fecundo donde nace la democracia. Y pretenden decir que quieren un rey o una república. No son insurrectos, ni radicales, ni filoetarras, ni republicanos socialistas de la unión soviética. Son ciudadanos de mono-albañil, de corbata-oficina, mujeres-de lavadora-honrada o despacho-directivo.

Y aparecen los republicanos de siempre proclamando su adhesión inquebrantable a la corona. Extraño, pero real. Y el socialismo lo pospone todo porque no hay incompatibilidad entre monarquía y república. Porque se detuvieron en el 78, porque la estabilidad, porque han ensordecido y no perciben la voz del siglo XXI. Y condenan por apóstatas a todos los que quieren pronunciar su palabra, a todos los que pretenden simplemente preguntar sin imponer, a todos los que hacen de su libertad una bandera blanca sin clavar brazaletes de otros tiempos, los que quieren depositar sobre la tumba la herencia coronada recibida.

No es el momento. Hay que esperar a la próxima estación. Prohibido bajarse en marcha. Una gran mayoría del Parlamento se ha convertido en jefe de ferrocarriles y prohíbe el arranque del tren. No es el momento. Como si los momentos acontecieran o crecieran como claveles espontáneos. Los momentos hay que hacerlos. Con riesgo, con sudor, con dolor. No vienen solos. Hay que parirlos sin epidural, desde el vértigo de una creación que siempre tiene doble filo. Hay que ir hacia ellos. Las estaciones están quietas. Somos nosotros los que tenemos que avanzar hacia ellas. Cuando uno se limita a esperarlas, resulta imposible el encuentro.

Exijo el reconocimiento de ese dinamismo histórico. Es urgente que nos pongamos en  marcha para que la democracia siga viva. Corremos el peligro de ahogarnos en una esterilidad adquirida. 

Existir no es una costumbre, es una provisionalidad que se encamina hacia una plenitud.



HAY CALLE


Todavía hay calle
para andarnos,
para hacernos camino.
Tú de mí,
yo de ti.
Todavía hay luz
para mirarnos los labios,
para tapar el frío
y encender los candiles
de los pechos.
Todavía hay palomas
debajo de la piel
para cuajar caracolas
y regalarte el mar.
Todavía tenemos
lo que perdimos
aquella tarde
de gemidos.
Todavía podemos
lo que no pudimos.
Todavía es entonces,
ayer,
cuando éramos  palabra,
ecos de silencio,
todo y nada,
pero sabíamos
permanecer en el beso.
Venimos
desde donde no viene nadie.
Y estamos aquí
como un viento perdido
que busca su nombre
en los árboles últimos
de cualquier invierno.