jueves, 5 de junio de 2014

RENACER



Porque tal vez ya no soy,
porque estoy diluido en una nada,
porque ni me acuerdo de qué lado
late la entraña del amor.
Perdí la existencia,
olvidé la temporalidad,
la finitud que me aboca
a la certidumbre oscura de la muerte.
De repente fue,
sin previo aviso,
sin una despedida
que permitiera llorarme,
decirle adiós
a mi carne de barro.
Soy una distancia de mí mismo,
una lejanía.
Difícil tarea esta de encontrarme,
de rehacerme,
de dibujar la calle de regreso.
No soy la consecuencia de mí mismo.
Soy el fruto de ti.
Búscame en el líquido amniótico de tu alma,
instalado en el calor de tus besos,
en la soledad tibia de tus lunas.
Aprendí el camino de tu sangre
Y llegué hasta tus manos.
Modélame con tus dedos,
infúndeme el alma con tu aliento.
Ayúdame a desprenderme de tu cintura
en este paritorio de ríos y de juncos.
Entrégame a tus brazos
porque serás madre y amante.
De ti para ti nacido.
Quiero penetrar tu amor,
ser en tu vientre un hijo enamorado
creado y creador
y que me nombres como se nombra a un hijo
y a un amor prohibido.



miércoles, 4 de junio de 2014

EL MUNDO NACE





Quiero que el mundo nazca de tu aliento,
de ese soplo que  brota de tu vientre.
Dios te quiero y te nombro
para que hagas el mundo
a imagen y semejanza de tu cuerpo.
De ti, sólo de ti puede nacer,
del útero de barro de tus ingles
donde se funda el tiempo,
donde pernocta el último capítulo
de una eternidad enamorada.
Los árboles allí,
donde tu luna,
donde se piensa el mar,
donde se aman a sí mismos los ríos
donde se encuentran los labios con los labios
y se hace el beso como un eco
de tus pechos de espuma.
Allí la primavera
enraizada en tu sangre,
cimientos de carne primitiva,
original de tu boca mordiendo
mi piel de manzana recobrada.
Allí existo.
Tú me haces.
Me creas.
Agua y tierra en ti.

Existo porque tú me nombras y me besas.
AGILIDAD DEMOCRATÍCA


Creo que fue Santiago Carrillo que el acuñó aquel axioma que tranquilizaba su  conciencia antimonárquica con su adhesión a la monarquía posfranquista: “No soy monárquico, soy juancarlista” Y desde entonces son muchos los que resguardan su sentido republicano en una personalización del monarca que acaba de renunciar al trono para colocar en él a su hijo Felipe.

La transición inaugurada a la muerte del dictador creo que no merece el desprecio al que se le somete desde la perspectiva del dos mil catorce. Hoy los militares están sometidos al poder civil, los que añoran El Pardo como faro iluminador de los destinos patrios son minoría, disfrutamos de una libertad casi impensable en aquellos momentos y, pese a todas las trabas a nuestros derechos, somos capaces de exigir sin miedo a represalias los que hemos conseguido en treinta y tantos años de democracia. Pero en aquellos momentos había demasiadas garras aferradas a un pasado donde una minoría ostentaba un poder omnímodo frente a una mayoría silenciada. Poderes fácticos le llamaban. Poderes militares e Iglesia.

Franco nos incrustó un monarca que juró su cargo ante los santos evangelios, prometiendo cumplir los principios fundamentales del movimiento, es decir, comprometiéndose a una continuidad del régimen dictatorial. El pueblo no estaba por el continuismo. Pero a muchos no les convenía la ruptura con aquel pasado surgido de un golpe de estado y lucharon por su perpetuación sin fisuras. Y entonces se hizo lo que se pudo hacer. Por eso creo que pecamos de injustos si aplicamos criterios de presente a lo que fue un pasado angustioso, hilvanado con el miedo en las costuras.

Las fuerzas políticas de aquel momento tenían sus propias características históricas. Y entre ellas su republicanismo o su adhesión a una monarquía impuesta, pero que respondía al anhelo de que fuera un rey quien presidiera el estado. Y los partidos con corazón republicano aceptaron la monarquía, no en cuanto sistema, sino en cuanto encarnada en una persona concreta, Juan Carlos de Borbón. De ahí la renuncia de Santiago Carrillo a su republicanismo en tanto en cuanto él preveía que la monarquía sería una etapa breve y se terminaría en ese juancarlismo aceptado.

Treinta y tantos años ya. Y la monarquía empieza un nuevo caminar. Termina la etapa de Juan Carlos y los partidos mayoritarios se apresuran a colocar a Felipe VI. La cúpula del PSOE afirma que tiene un corazón republicano, pero se niega a romper el pacto constitucional. A esa cúpula se le ha parado el dinamismo histórico, se ha quedado sin sístole y diástole y tal vez por eso da la impresión de que está tan anclada en el ayer, en viejos parámetros, que se nos ha muerto entre las manos y  carece de fuerza vital para aspirar a un nuevo gobierno. Le chorrean los votos, se desangra, y las encuestas proclaman su agonía. Y cuando la historia les brinda la posibilidad de resucitar su corazón republicano, esa cúpula se empeña en acallar su latido y convertirlo en estatua de sal. Felipe, Zapatero, Rubalcaba se niegan a debatir un cambio y lo imponen a sus bases. Se han instalado en la comodidad de la inercia y se han vuelto incapaces de hacer historia de futuro, hundidos la historia ya hecha.

Ignoro si los que exigen un cambio en la jefatura del estado son mayoría o minoría. Creo que el factor numérico carece de importancia. Lo realmente definitorio es el derecho de elección. La democracia consiste en los resultados, no en cifras preconcebidas. Si una vez preguntados los ciudadanos por sus gustos resulta una opción u otra, todos deberán someterse a la elección de la mayoría. Pero no se puede negar de antemano el derecho a esa elección por la presumible estadística de que corresponde a una minoría el deseo del cambio. Las mayoría brota de las urnas, no de apreciaciones preelectorales ni de sondeos de intenciones.

Son muchos los que están cosificando la democracia. Y una democracia quieta, estática, a la que se le niega su carácter dinámico es una democracia muerta a manos de los que se proclaman demócratas. Y esto es un crimen terrible. Malo es que a la democracia la mate un golpe militar. Peor es que la destrocen los propios demócratas.

Esta quietud complaciente de quienes se niegan a someter a la decisión ciudadana un elemento clave de la democracia, se alimenta de la distancia del pueblo que es en definitiva su auténtico propietario. A los políticos les entregamos el poder, pero la democracia está siempre en manos del pueblo. Y cuando los cabecillas de los partidos se la apropian están atentando contra ella, tal vez no con tiros en la nuca, pero sí con sables de plásticos pobres pero dañinos comparados en una tienda de los chinos.

La democracia no es, se hace día  a día. Y quien pretenda amputarle su agilidad está colaborando a su muerte.


martes, 3 de junio de 2014

HIERBA



Siento una extraña llamada de la hierba.
Desde abajo,
su voz nombrándome.
La sangre de la hierba
con ríos veniales en las venas
pronunciando mi nombre,
soportando las sílabas oscuras
de mi sombra.
Cuando tú me llamas
me suena a hierba tu voz,
a ternura entre los dientes,
a piel entre los labios,
al íntimo jardín donde me pierdo
y encuentro la hierba verde de tus besos.
Una extraña llamada de la hierba,
de tu luz entallada,
de tu boca amapola,
de tu campo infinito.


lunes, 2 de junio de 2014

¿EROTICA O AMBICION?


Fue por el ochenta y tantos. Felipe González era Presidente. Se llamaba  sencillamente Felipe. El González se le ha añadido después, cuando se convirtió en ex, cuando ha llegado a consejero, cuando asesora como sabio a Europa, cuando reclama un orden de cosas para la correcta organización del país, cuando parece que le asustan las listas abiertas, cuando la pana se ha cambiado por traje a medida, cuando no está de acuerdo con el empuje juvenil de nuevos valores democráticos y sostiene la monarquía como portadora de valores eternos. Antes de toda esta metamorfosis, allá por el ochenta y tantos, Felipe era sólo Felipe. Lo de González le sobrevino después como una corona de esas que coloca la historia sobre un coche fúnebre.

Suárez había guardado su perfil elegante, su rostro que enamoraba cuando llegó a la presidencia. Ocultaba ahora su inconfundible forma de bajar las escaleras para que nadie le viera las cicatrices que le provocaban sus correligionarios de la UCD.

Y entonces apareció ilusionante Felipe. Creando puestos de trabajo, negándose a la OTAN, resucitando la alegría de la democracia joven y hermosa. Y alguien acuñó aquello de la “erótica del poder”  Y gustó. Y se inventó la sanidad universal, las pensiones, las autovías modernizadoras, y la entrada en Europa. Y disfrutábamos erecciones oníricas porque la libertad nos permitía la desnudez alegre de la vida. Y cuando Felipe era Felipe, antes de ser González, y prolongaba sus mandatos, los ciudadanos empezaron a sospechar que también la presidencia de un gobierno debía incluirse en esa erótica del poder, ese estremecimiento de militares cuadrados ante un presidente civil, ese abrirse camino en un atasco con sirenas motorizadas, ese entrar en la Zarzuela y que el Rey te abrace como a una amigo de siempre.

Franco nos había arrancado la política de las entrañas. La democracia nos devolvió nuestra categoría de ciudadanos y ejercíamos el derecho a elegir y concebir a los políticos como servidores del pueblo, con el pueblo y para el pueblo. Presidir la cosa pública consistía en permanecer las 24 horas de guardia a su servicio. Misión grande, desinteresada, hermosa. Gastar todas las energías en empujar a un país para que el bienestar fuera un patrimonio común, la igualdad una meta y la fraternidad se uniera a esa santa trinidad.

“Y ya pasaron los años…”  Y se va produciendo una deflación incompatible con esa erótica del poder. A Felipe le hemos añadido el González. Y Evo Morales o Chaves se salen de sus esquemas de consejero del gas o de la luz o de estas tinieblas democráticas de la desafección, la abstención o el repudio de la política. UCD le partió a Suárez su hermosura y sólo la ha recobrado cuando la muerte lo hundió en el alzheimer más absoluto y radical y le hemos dedicado un aeropuerto para que los aviones le traigan los recuerdos de aquella democracia inaugurada por entonces.

Y tengo la impresión de que ya nada es servicio ciudadano en esta democracia de desengaños y despechos. Ni siquiera se mantiene la erótica porque ella conlleva la sublime excitación ante la piel, el beso o la mirada. Y se ha sustituido por la ambición, ese sentimiento rastrero de mercadillo barato. Cuando un partido político se ve envuelto en la más repugnante corrupción saca la cabeza y argumenta que esa corrupción es transparente y que los propios corruptos se ofrecen para entregarse a la transparencia más veraz. Y cuando un partido se descuelga de las urnas porque los votantes necesitan voces claras que inyecten vida nueva, aparecen los puñales brillantes de quienes están dispuestos a buscar corazones amigos a quien matar con tal de ser proclamado líder de la renovación. Y rodeado de cadáveres sonrientes, afirma con la boca llena de victoria que sus compañeros le eligieron en un ejercicio de libertad democrática y en el alarde de su voto soberano.

Ya nadie hace referencia a la erótica de aquellos tiempos. Nadie pide una viagra por amor de dios. Todos se han acostumbrado a una abstinencia genital y  se sienten definidos farisaicamente por una ambición de servicio, que es sólo ambición sin vocación alguna de servicio.

Lo estamos viviendo estos días de elecciones, de congresos, de listas abiertas o cerradas, de aspirantes con cuchillos de pedrería, pero cuchillos al fin y al cabo.

Pero el pueblo está ahí. Vigilante. Sorprendido. Exigente. Sabiendo lo que quiere porque la democracia es decisión propia, propia responsabilidad y conoce el camino. Y ama la palabra clara, la esperanza clara, el camino abierto del mañana que nadie puede cerrar.


Estoy contento. Alguien me ha regalado la esperanza del futuro.

domingo, 1 de junio de 2014

DE REPENTE



Alguien debería darse cuenta
que los olvidos nacen de repente.
Que de repente aparecen
en una esquina de la memoria.
No son previsibles.
Un tiro a bocajarro
en el vientre de la nuca
y se desangra la memoria
y empapa de olvidos las aceras.
Agua, serrín y una escoba
y la calle regresa
a la normalidad sacrílega
porque nada ha pasado.
A los ocho días
nadie reconoce
el perfil de la muerte
en la acera de enfrente.
Alguien debería recordar
que los olvidos nacen de repente.


CICATRICES



Desde la orilla se veían las cicatrices del agua. Nunca pensé en su sufrimiento. Bordes sangrantes algunos. Curados otros, pero presentes como testimonios del ayer, de cuando alguien le abrió su carne, de cuando alguien rasgó su piel. Sabe el río de puñales de luna, de traiciones de árboles, de silencios clavados por la espalda. Sabe de dolores el agua.

Le dije mi nombre al río. Una presentación breve. Suficiente para quedar en vernos otra tarde cualquiera. Ha sido hoy. La primavera se instalaba en los árboles. El agua estaba desnuda. Hermosa. Lubricada. Excitante. Como tú el día aquel que nos conocimos. Dejé la ropa en la orilla y me sumergí desnudo. No bajó los ojos. Creo que me deseaba como tú la tarde de nuestro encuentro.

Me sentí envuelto entre sus piernas. No sé si querido. Tal vez sólo ansiado. Pero envuelto y galopando sobre sus muslos juncales. Hasta que el silencio fue silencio y entonces hablamos como  dos viejos amantes. Como tú y yo aquel entonces

-También tienes cicatrices, me dijo, con la misma sorpresa con que yo descubría las suyas.

-Todos tenemos cicatrices. Con ellas nos identifican apenas nacidos. Nos cortan el cordón umbilical para marcarnos con el dolor para siempre. Uno se acostumbra y hasta son hermosas, clavadas en el centro de un vientre de piel y enredadera. Pero es una cicatriz. Y hay más. El olvido, la distancia, la indiferencia. Y a veces esa necesidad de la muerte como desmemoria definitiva.

-Os parecéis al agua. Las piedras de los niños, los árboles que se suicidan , el criminal que ahoga a su enemigo, la pistola abandonada en el fondo para que nadie descubra al asesino, los soles arrepentidos de serlos, las lunas despechadas. Los ríos son historia de heridas. De cicatrices por tanto. De coágulos espesos. De hemoptisis que van a dar a la mar que es el morir, que dijo un Manrique vuestro.

Nos despedimos como viejos amigos. Nos dimos la espalda y nos echamos a andar. Y fue el adiós un par de cicatrices repartidas al cincuenta por ciento.