lunes, 18 de enero de 2010

MITRAS PUNZANTES

La muerte es la nada cerrada sobre sí misma. Los números no tienen capacidad de cuantificarla, porque la muerte trasciende toda mensurabilidad. Cada hombre, con su muerte emanada de su historia, no cabe en la pobre matemática que todo lo simplifica.

¿Haití ha muerto? ¿O más bien ha sido asesinada por las leyes del mercado, del olvido como método, del abandono como instrumento ejercido para que los pobres alcancen el punto álgido de la pobreza? Allá los analistas económicos. Hoy todos sentimos la sangre estremecida ante el horror de esa tremenda herida que nos ha surgido y que no se sabe si algún día cicatrizará. Porque todos somos conscientes de que lo que nos sobrecoge en el presente se olvida cuando las imágenes televisivas vuelvan a la rutina de anunciarnos sartenes Belén Esteban o amoríos de la Duquesa de Alba. Entonces seguirán muriendo al ritmo que marquen los despachos de los poderosos, al compás del liberalismo del mercado. Cuando los calendarios vuelvan a su rutina, nadie se acordará de la blasfemia vomitiva de Mons. Munilla: “Deberíamos llorar por nosotros, por nuestra pobre situación espiritual, por nuestra concepción materialista de la vida porque quizás es un mal más grande el que nosotros padecemos que el que sufren esos inocentes”

No se han oído voces episcopales denunciando la intrínseca maldad de estas afirmaciones. ¿Dónde están Martínez Camino, Rouco Varela, Cañizares? ¿Dónde anda El Papa Benedicto? Un episcopado tan unido (¿o uniformado?) frente al gobierno o las decisiones del Parlamento español, pero que no muestra su rechazo a la postura de Munilla o del Arzobispo de Granada, es un episcopado cómplice, que justifica el desprecio a los pobres para siempre horizontales, con la muerte incubada en fosas anónimas. Las mitras se vuelven lanzas y se clavan como rejones definitivos. Cualquier muerto merece una oración, cualquier muerto menos estos haitianos sobre los que sólo recae el vómito caliente de un obispo blasfemo y de un episcopado copartícipe.

Del episcopado hablo, no de los cristianos. Porque allí, junto al olvido de los olvidados, hombro a hombro con la pobreza de los más pobres, había hombres y mujeres comprometidos con la redención de los estómagos, con la resurrección de la dignidad humana, con la miseria última de los que no tienen futuro.

Aquí permanecemos los defensores de los valores cristianos de occidente, luchadores contra mezquitas que pueden desequilibrar nuestra cultura de santiago matamoros, cruzados contra medias lunas inmigrantes, constructores de muros contra pateras destructoras de cristianismos hipócritas, legalistas, donde el derecho canónico aplasta el amor porque es más cómoda la ley que la entrega.

Del episcopado hablo, insultando diariamente a la mujer, proclamando que el hombre tiene derecho a abusar de ella puesto que ella aborta (lo ha dicho Javier Martínez, Arzobispo de Granada), incubando dictaduras, condenando el amor homosexual, la investigación que alivia el dolor humano, despreciando la dignidad de una muerte decidida como un acto más de la vida.

Voy a sentarme en la Cibeles a ver pasar al episcopado manifestándose contra sí mismo.






sábado, 16 de enero de 2010

JOSE ANTONIO LABORDETA

Labordeta se va del Parlamento. Decidido a cuidar amaneceres. A pasear caminos del brazo de la luna. Ya sembraba esperanzas cuando la esperanza estaba prohibida y construía utopías cuando la utopía era fusilada. Labordeta sabía del futuro cuando el futuro era un túnel cerrado sobre sí mismo. “Habrá un día en que todos al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad.”


José Antonio es un viejo compañero de camino. Machado de posguerra, con penas calientes y estómagos vacíos. Traje los domingos y alpargatas de lunes hasta siempre. Le cabía, nos cabía, todo el país en la mochila, porque alguien empequeñecía España y la reducía a la medida de su pisada, de su bota capaz de aplastar las rosas de todos los caminos. Compañero de alegrías diminutas, de lutos interiores, de corazones perdidos en las cunetas y en las tapias blancas de los cementerios.

Se va del parlamento. La edad, dice, Los surcos de una vida entregada a la palabra, digo. El cansancio blanqueando las venas del alma, la ilusión de los nietos columpiados en la rosaleda grande de la libertad soñada. Justifico a José Antonio, machado de posguerra.

Ahora es columnista, compañero de palabra virtual, creadora de conciencia, constructora de otro futuro porque el futuro no está nunca conseguido, porque siempre es utopía, verdad prematura. Y hay que lucharlo para luego suplantarlo como provisionalidad gozosa pero efímera. El hombre siempre es mañana, nunca hoy definitivo.

Labordeta, compañero de entonces. Compañero ahora desde las páginas hermosas de un periódico cuajado de esperanza, florecido de libertad, de quehacer diario, libre de pistolas negras, de correajes negros, de charoles perseguidores de Torres Heredia, hijo y nieto de Camborio, de estrellas de ocho puntas estrelladas contra la opacidad.

Voz rural y libertaria, fundadora de promesas entonces, de realidades caminantes ahora hacia el después definitivo del gesto supremo, de la suprema elegancia de uno mismo, hasta que la muerte nos una definitivamente en el amor absoluto. Compañero ayer. Hoy compañero. Hacedor humilde de palabra que desatasca la historia de trombos moribundos y construye caminos para el hombre hermano, para los nietos de todos, con la mochila llena de país y de nostalgia cuando la voz era rural y libertaria. Labordeta, compañero. Machado de posguerra.

sábado, 9 de enero de 2010

LOS CALZONCILLOS DEL MUNDO

Eran tiempos distintos. Vividos por muchos de los que hoy llevamos sabor de sangre en la garganta. Guerra fría, le llamaban. Maletines nucleares. Teléfonos rojos. Armas de destrucción masiva vigilando espacios aéreos. Sobresalto de supervivencia revoloteando en las cúpulas de los árboles. Jruchev taconeando bancadas de la O.N.U. Y se ofrecía la mano con una pistola apretada entre los dedos.


Guerra fría le llamaban. Pero subías al avión con la ensaimada mallorquina o llevabas a Buenos Aires una empanada para caldear la morriña. El vientre de aquella guerra se abrió de par en par. Y se alegró el mundo. Como quien recibe el alta después de una larga enfermedad. Ya no hay guerra fría. Caliente es ahora: IraK, Oriente Medio, Afganistán, Pakistán. Los 11-S. Los 11-M. Los Julios londinenses. Guerras africanas de sangre negra. Guerras sin titulares periodísticos. Guerras sin interés, como de barrio, sin muertos importantes. Sin nombrar el hambre, que sólo se extinguirá con la revolución de los pobres. Los ricos hacen las guerras. Los pobres siguen pendientes de su revolución siempre pendiente. Se cuartea el planeta. Los mandatarios multinacionales no saben qué hacer con la destrucción del mundo porque gracias a ella construyen capital y miseria enriquecedora. Saben que un día se acabará todo: habremos fusilados los mares, descuartizado los ríos, los árboles serán una hemorragia de pájaros. Pero para entonces, se habrán muerto los analfabetos, los hambrientos, los que ya carecen de agua, de sanidad, de escuela. Sólo entonces nos vendrá la muerte a los poderosos, a los civilizados, a los de los valores cristianos de occidente. Embalsamaremos el planeta y meteremos dentro un poco de petróleo envuelto en el orgullo de haber asistido a la conversión del mundo en recuerdo de la nada.

Mientras tanto, ya no podemos viajar con la ensaimada mallorquina o la empanada gallega. El hombre es ya una sospecha para el hombre. Peor que el hombre lobo para el hombre. No nos queda ni esa elegancia animal. Sospecha somos. Sólo sospecha. Camisa Emidio Tucci fuera. Cinturón, pantalones, blusas insinuantes de hermosura, faldas frutales. Permanecían los kalvin klein de Beckham como tierra prometida de adolescentes y bragas-Andrés-Sardá-Eva-Mendes-diseño.

Nuestro envoltorio de celofán en los pies. Un scanner sin sexo nos despoja de todo aquello que desnudábamos poco a poco, como descubriendo el mundo del otro, la sorpresa del otro, la donación amorosa del otro. Nos sobran las manos indagadoras del misterio, la luciérnaga minera que avanzaba hacia la tierra virgen, las selvas vírgenes, las oquedades vírgenes mientras la sangre se hacía filigrana temblorosa.

El mundo es un paquete explosivo en los calzoncillos de un negro de Detroit. Buscando la seguridad, nos hemos instalado en el miedo. Un miedo paralizante, con hombres liofilizados, libertad desnatada, descafeinado el riesgo. El sida mata, el fumar mata, el cáncer mata, el enfisema mata. Y ahora nos matan los calzoncillos.

Hubo un tiempo con espías hermosas. Las jefaturas enemigas caían entre los pechos de una espía. Muslos lorquianos y guerreras entorchadas revolcaban los imperios. Ellos eran rubios, fumaban aromas orientales y las emperatrices se perdían entre las piernas de pantalones con raya recién planchada.

El mundo se ha vuelto terriblemente vulgar. Somos sólo un scanner. Nos hemos desmoronado en los calzoncillos de un negro de Detroit.





domingo, 3 de enero de 2010

LOS REYES MAGOS

Una mañana fría en Alemania. Catedral de Colonia. Fuera, sus torres sujetando el aire. Dentro, la urna donde, según la tradición, reposan los cuerpos de los Reyes Magos. Tan increíble todo, pero tan hermoso. A veces no importa la verdad. Nos basta con la belleza. Y algo es verdad sencillamente porque es bello. Y surge entonces la poesía como creación, la vida como aventura, el amor como utopía.


Contemplé largamente aquella urna. El oro lo recubría todo. En el interior, una monarquía de lunas, incienso y mirra. Todo estaba allí acabado, perfecto, sin línea sucesoria. La ilusión se cerraba sobre sí misma y construía un mundo de estrellas interiores, preñado de luces verticales y niños de futuro. Era como el punto de encuentro de todas las aspiraciones humanas, un mitin de ideales, una manifestación de todas las alegrías. Y aquella urna, como un vientre fecundo, nos iba pariendo a todos.

Después vendrían los herodes de la historia, empeñados en degollar los besos recién nacidos, dispuestos a segar los tallos de la esperanza, a sajar la sombra de quienes puedan hacerle sombra. Aquí, ante esta urna que es verdad sencillamente porque es bella, que contiene porque así lo necesitamos, una dinastía universal y equilibradora, traía yo a los verdugos del mundo, a los fabricantes de pobreza, a los diseñadores del hambre. Frente a esa urna colocaba a todos los dictadores, a los dibujantes de fronteras entre blancos y negros, a los albañiles de los muros que dividen. A todos los destructores profesionales de horizontes que nos obligan a tener más para conseguir que seamos menos.

A lo mejor el mundo se guarda en una urna que contiene los restos de los Reyes Magos. A lo mejor sólo es necesario sacar los zapatos a la ventana de la vida, poner agua para los camellos y dejarnos querer por quien nos quiera querer, recibiéndolo todo como un regalo de quien ama a los niños buenos.

El hombre es un niño maduro como el pan es un trigal con amapolas. El hombre es lo que ama como la luz es una luna repartida.

Salí a la mañana fría, muy fría, de Colonia. Allí estaba la Catedral y sus torres imponentes apenas visibles entre una niebla gótica. Y aquel día tomé una decisión: en adelante dejaría los pragmatismos, renunciaría a la necesidad de tocar para creer, preferiría lo utópico a lo empírico. La vida es verdad porque alguien la ha soñado, y quien ha dejado de perseguir un sueño se ha suicidado. A veces no nos morimos. Simplemente nos vamos alejando por las cunetas del tiempo. Dejamos atrás la urna, tan increíble pero tan bella, que guarda los restos de los Reyes Magos. Qué pena los matemáticos que olvidaron la magia, los científicos que rechazaron la sorpresa, los acomodados que prescindieron del asombro.

sábado, 19 de diciembre de 2009

LA NIÑA ALEGRIA

 Con el cariño de hoy y desde la honradez de la palabra,

                                        a los seguidores de mi blog.




Hay que cuidar la alegría. Como hay que cuidar los geranios, la nostalgia, o el amor encontrado de repente en los labios calientes de la vida. Ahora la venden envuelta en celofán, elegante como un río diminuto, envasada al vacío, pura, sin conservantes ni colorantes. Así está en las tiendas de lujo, en los escaparates soberbios del consumo. Alegría a granel, por encargo, alta de precio, que bajará en enero, porque en enero ya no será última moda.


En diciembre se impone la alegría. Se iluminan las noches de los pueblos. Luces breves en cestitos pequeños, como si la gente llevara un amanecer entre las manos. Las grandes ciudades, no. Ellas necesitan demostrar su prepotencia. La luz chorrea desde los árboles, por las paredes. Hay aceras de luz, asfalto de luz, tejados de luz. Se diferencia el centro urbano de los suburbios de chabolas. La luz es patrimonio de los ricos, de las clases medias altas, nunca de los pobres. Los pobres tienen sólo derecho a la oscuridad, a enganchar la pena al generador de penas grandes, sin que se entere la guardia civil, porque a los pobres se les multa incluso por tener penas.

Hay que cuidar la alegría. Caduca pronto. “Consumir preferentemente antes del seis de enero”. Después intoxica, amarga. Se mueren los ángeles que lleva dentro. Y una alegría sin ángeles es como un puñado de jazmines sin tuétanos de aroma. Qué triste la alegría. Tan deseada. Tan manoseada. Tan impuesta. Tan prostituida. Con la fecha de su muerte ciñéndole la cintura. Cinta negra en el pelo de la alegría.

Hay que cuidar la alegría. Como a una especie protegida. Pero sólo en diciembre. Lo ordena un real decreto de las estrellas. Firmado por Belén. Ternura de niño testigo. Pastores. Camellos. Vírgenes azules y trabajadores de garlopa. Asombro de Reyes Magos. Pudor de mujer parida. Primeriza. Con cruces pequeñitas por la sangre. Ríos papel cobrizo. Plateros humildes por los caminos de corcho. Vacas chorreando cariño caliente. Gitanitos paseando las noches, noches nocheras.

Pero a nadie le importa el misterio del hombre. Sólo la alegría. Porque se acaba pronto. Seis de enero. Caballitos de cartón y pelotas de plástico en el chabolerío del suburbio. Trenes electrónicos, universo digital por Gran Vía y Velázquez. Porque la alegría no es igual a la alegría. No confundir el barrio de Salamanca con el cartón piedra de las afueras.

Navidad es el hombre. Naciendo de sí mismo. Creándose. Proyectando futuro. El hombre inaugurando su propia humanidad. Poeta de día séptimo. Sin descanso. Abriendo el vientre de la luz. Indagando la propia identidad para poseerse y entregarse. Dándole a cada hombre su ración de hombre. Dignidad igualada. Sin primacía posible. Creyendo en el tú adorable, en el belén del otro. Dólares al margen, guantánamos clausurados, petróleos blancos de azucenas, entrega de cuerpos abrazados. Crucecitas cicatrizadas en las venas de la virgen primeriza. Madera honrada para la gubia de tanto josé obrero.

Porque Navidad es el hombre, hay que cuidar la alegría. Que no se acabe en enero. Hay que ponerle pañales de mugidos tibios y burritos pequeños y peludos.








sábado, 12 de diciembre de 2009

LAS ROSAS TAMBIEN SE PUDREN

Mediante la palabra, el hombre saca fuera de sí toda su verdad para que pueda ser acogida por el otro en su plenitud. La palabra es ex-posición. El ser humano se entrega en la palabra, se hace donación gratuita, regalo dialogal. En esa entrega va comprometida toda la autenticidad que se alberga en los adentros.


Si lo anterior es verdad, deberíamos preguntarnos qué significa la palabra cuando la pronuncia un político. ¿Por qué cuando el político habla prometiendo, criticando, aportando, no compromete su intimidad? Puede mentir, falsear la realidad, disfrazarla sin que vuelque sobre ella el más mínimo rasgo identitario. Lo expresado por un político y por alguien ajeno al quehacer público cobra distinta dimensión. Al segundo no le permitiríamos ciertas manifestaciones en nuestra presencia. Al primero lo comprendemos porque habla desde una ideología que aspira al poder o a mantenerse en él. La palabra se desconecta del que la pronuncia y nada tiene que ver con su dimensión personal. Se la descoyunta, se la fusila y ninguna responsabilidad recae sobre quien dispara el tiro de gracia.

Más grave es aún el tema de la corrupción. Un político es corrupto sólo cuando se apropia del dinero que nos pertenece a todos o malversa un patrimonio que a todos nos atañe. Luis Roldán fue un corrupto, nadie lo niega. Aznar es un honorable ex presidente, aunque nos mintió sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Uno se llevó dinero. Otro destruye la palabra. Roldán ha estado o está en la cárcel. Aznar se pasea dando lecciones magistrales por el mundo. Nos duele el euro más que la palabra. Esta inversión de valores desquicia la vida y destroza el quehacer humano.

Según María Dolores de Cospedal "la falta de una posición coherente, fuerte y firme, en muchos temas, quizás induce a pensar a algunas organizaciones terroristas que podemos ser presa fácil". Por su parte Esperanza Aguirre dogmatiza: “La política exterior del Gobierno de España desde que la preside Zapatero hace que nos tomen por el pito del sereno. Los piratas somalíes, los cooperantes catalanes secuestrados en Mauritania. Aminatou Haidar venía de los Estados Unidos. Se le debería haber devuelto allí, y en vez de eso nos la mandan a España”

Cospedal y Aguirre, corrompiendo la palabra, andan sueltas sin orden alguna de búsqueda y captura. Para destrozar a un gobierno no les importa, como no le importa a Aznar, destrozar, humillar, criticar a España. Tan nacionalistas ellos, tan patriotas, tan defensores de la unidad inquebrantable de la patria.

¿Respetables opiniones políticas? Las actitudes miserables nunca son respetables. La democracia, la libertad de expresión son algo más que la impunidad destructiva de ciertas posiciones. Nada tiene que ver con lo que afirmábamos en el principio de este artículo. Los políticos tienen que ser honestos en cuanto al dinero. Pero sobre todo hay que exigirles honradez en cuanto a sus palabras. Atribuir a Al Qaeda la perspicacia de secuestrar a unos constructores de la humanidad culpando a un gobierno de las consecuencias de un secuestro es una actitud miserable.

Y Mariano Rajoy, como siempre: sin inmutarse. Anestesiado con el hedor de ciertas rosas podridas.



sábado, 5 de diciembre de 2009

FUIMOS NIÑOS

Fuimos niños de posguerra. Cartilla de racionamiento. Chocolate de arena con pan duro. Primeros viernes y sábados marianos. Cruzados eucarísticos y luises virginales. Monaguillos rojo y blanco. Escolanías blancas de alabanzas al dios-niño, al dios-doliente, al dios-milagro, nunca al dios-resucitado. Se gestionaba mejor el dolor que la alegría. Doctrina cristiana los domingos. Mandamientos de la Ley de Dios musicados como la tabla de multiplicar del siete. Primera comunión de marinerito o almirante entorchado si eras rico. Pomanlloanmilipapá, nemotecnia de bienaventuranzas anestesiantes, válidas para un reino de consolación, ultramundano, nunca de energía profética. Los pobres, los que lloran, los que sufren son los cumplidores de la voluntad de Dios. Eran más dichosos en este mundo los ricos, los poderosos, los que olían a heno de pravia y varón dandy. Bienhechores perpetuos regalando fincas a monjas pedigüeñas, erigiendo monumentos a Franco y al sagrado Corazón, condecorando Macarenas y Trianas morenas de verde luna.


Niños de posguerra fuimos. Niños-pecado. Con amistades particulares peligrosas de homosexualidad incipiente. Niños-pecado que miraban el jersey de quince años con imaginadas palomas interiores.

-Padre, me gusta una vecina.

-No digas eso, hijo. Las mujeres están puestas en el mundo para hacernos pecar. Sucedió con Eva y ella fue la culpable de la muerte de Cristo. Si es necesario, arráncate los ojos, porque más vale entrar ciego en el reino de los cielos que…

-Padre, a veces me acaricio el alma.

-Eso es un pecado terrible. Haces llorar lágrimas de sangre al Sagrado Corazón y matas nuevamente a Cristo. Jesús vuelve a sufrir toda la pasión por tu culpa. Además debes saber que ese pecado de la carne hace que se reblandezca tu médula espinal y podrías llegar a quedarte paralítico y afecta a tus meninges y te volverías tontito para toda tu vida.

Y uno se marchaba atormentado, con miedo a mirarle la cintura a la Giralda. ¿Era aquello cristianismo o sólo adoctrinamiento sectario, obscurantista? El dios-hombre-del-saco, el dios-látigo, nunca la visión liberadora de un mensaje creador.

Lo que de verdad preocupa al Arzobispado de Madrid es la posibilidad de que el Ejecutivo implante “de forma obligatoria en todos los centros escolares” una asignatura sobre educación afectivo-sexual. “La mal llamada educación afectivo sexual ni educa ni trata de los afectos, aunque sí tiene tal carga sexual que roza la perversión de menores”. “Del amor y los afectos ni palabra. Quizá fuese más propio empezar a utilizar la expresión educación pervertido-sexual”, insiste la publicación Alfa y Omega del Cardenal Rouco.

La Jerarquía aboga por un derecho a la educación religiosa en todos los niveles, pero nunca por una educación sexual. El sexo –se deduce- no pertenece ni al ámbito religioso ni siquiera al humano. Sólo está presente entre las ingles de los cerebros episcopales. Los Obispos –sólo ellos- tienen la capacidad para salvar y condenar al prójimo en base al principal y casi único pecado existente: el relativo al sexo. El Cardenal Javier Lozano Barragán ha llegado a afirmar que los homosexuales y transexuales no entrarán en el reino de los cielos.

¿Pueden los Obispos seguir hablando de adoctrinamiento?